10 años en Chile, ¿y he sido feliz?

Texto escrito en junio de 2010, al cumplir la primera década de inmigrante en Chile.

Uno no emigra para buscar la felicidad. Sería un objetivo demasiado ingenuo. Cuando salimos de nuestros países lo hacemos, por lo general, ya adultos con capacidad como para analizar y, finalmente, tomar una decisión tan drástica como cambiarse de casa, de vecindad, de ciudad, de sociedad, de cultura, de clima, de sistema económico… Cuando emigramos ya hemos vivido, nos hemos caído varias veces y vuelto a levantar; ya hemos aprendido que la felicidad no es un estado perenne y, por tanto, no nos vamos para encontrárnosla en otro lugar dispuesta a recibirnos y acompañarnos eternamente.

Nos vamos para ayudar a nuestras familias y para ayudarnos nosotros mismos a hacer menos cíclico, lo más estable posible, ese estado momentáneo. O para alargarlo cuando se nos aparezca una sonrisa, una personas que nos la provoque, una ciudad que nos evoque, un libro prohibido que nos libere, una canción que nos ate, un político que nos haga cambiar la mirada, un pan que nos alcance, un pantalón que no haya que mendigar, una enfermedad que curar, un dolor que superar, una militancia que no sea impuesta, una opinión que sea escuchada, un debate que sea autorizado, un sueño que nos ayude a ir tranquilos a la cama y despertar con la convicción de que depende de nosotros y que las vallas que tengamos que saltar son las que nos hemos impuesto y no aquellas decretadas por quienes, equivocada o utópicamente, nos arrendaron la felicidad.

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