Y nuevamente la habana y el amor

No es cosa de la edad. Son regalos o mezquindades de los sitios que creamos, de los lugares que habitamos. Desde que la juventud se burló de aquella sensación de eternidad con la que vivimos los veintes años, con aquella grata e indiferente idea de que éramos tan dueños del tiempo como de nosotros mismos, pensaba yo que el amor era cosa de las edades, del tiempo temprano, de estrenos de los órganos vitales, de la curiosidad convertida en pasiones de 24 horas. Pero no, cada vez que llego a esta ciudad, mis teorías y yo entramos en crisis.

La Habana me desmiente. Y hasta me halaga, mostrando que, a pesar de las décadas el amor aún aparece, incluso, oculto en la necesidad, en la burla de la mentira, en las tarifas para los nuevo sueños, en el desnudo de Los Nuevos. Aun con el riesgo de convertirme en un insensato, en esta ciudad nacen y mueren las energías, en cada palabra dicha y repetida, en medio de cada noche incierta, en el desafío del año menos vivido. El amor sigue estando en el mismo lugar donde lo descubrí, en el mismo sitio donde sobreviven mis historias y mis afectos, aunque los protagonistas ya no estén, aunque yo entre y salga como si no estuviera.

Todos los años digo cosas parecidas y no me canso. La Habana es el escenario, el único el escenario donde hasta en la mejor actuación se puede descubrir la sinceridad de un abrazo, el ruego de una mirada, la desesperación de una lágrima. Y recordar los amores todos y volver a vivirlos todos.

La Habana hoy te hace desconfiar de un «te quiero» antes de que te lo digan; sin embargo, es el único lugar donde a pesar de las edades, los gustos y disgustos, el amor me pone de pie.

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