Abuelo y su derecho ganado a vivir en paz

Cinco años después de haber escrito esta crónica, Abuelo salió al encuentro de su negra. (José Álvarez Calazán. 27 de agosto de 1925-31 de enero de 2021) ✝️

La gente intachable, por lo general, resulta ser muy aburrida. No creo que Abuelo haya sido una persona intachable. Y creo también que siempre ha estado consciente de ello. Por eso, tal vez, en lugar de ver la paja en el ojo ajeno, como siempre hacemos los seres humanos, Abuelo prefirió soplarse la suya en solitario y no cuestionar a los otros por sus faltas.

Abuelo en su último cumpleaños (95), 5 meses antes de partir.
Abuelo en su último cumpleaños (95), 5 meses antes de partir.

Si algo tuviera que decir de este viejo, y así trascenderá en mi vida, es que ha sido un ser humano excepcionalmente conciliador que, consciente de que todos tenemos virtudes y defectos, se sentaba a la mesa para unir y no para acrecentar diferencias. Algo que tal vez no todos en la familia supimos, o quisimos, aprender de él. Más de alguna vez, incluso, lo escuché –casi en susurro- lamentarse por algunas de las discordias que le rondaban.

Nunca se lo he preguntado, pero no lo necesito. Estoy seguro de que Abuelo ha querido toda la vida vivir en un entorno de paz y rodeado de personas felices. Cuando hilvano cada escena a su lado, esa es la palabra con la que mi recuerdo se antoja en identificarlo: paz.

El binomio Abuelo-Abuela

Por lo general, y ha sido también mi estilo, uno escribe las cosas, remembranzas y nostalgias cuando las personas que amamos se nos van. Cuando Abuela murió, y comencé a escribir sobre ella, mucho me cuestioné si era el momento adecuado. Estoy seguro cuánto le hubiera gustado leer y escuchar todo lo simbólico, lo afectivo y lo trascendente que ella había dejado en mí. Desde entonces, he comenzado a liberar mis memorias, aprovechando que la gente que uno quiere está, lejos o cerca, aún entre nosotros. Por eso, cuando sigue vigoroso y con las mismas ganas de vivir que le conocí, –y a pocos días de que celebrara su cumpleaños noventa- quiero contar lo importante que ha sido Abuelo para mí.

Junto a mi abuelo José y abuela Aleida. Reencuentro en La Habana, 2009.

Secretos, sonrisas, paseos, consejos, sobrevivencia, incertidumbres y silencios me relacionan con mi abuelo, con ese viejo nonagenario que sigue siendo parte activa de mi vida.

De él, otras veces ya he hablado aunque no lo haya personalizado. Muchas de las cosas que he dicho en estos años en ausencia de Abuela, bien pudieran ahora adquirir el plural, porque cuando pienso en Abuela no puedo pensar nada más que en ella. Abuela y Abuelo no sólo fue un matrimonio que logró vencer cada obstáculo, impuesto por la vida o provocado por ellos mismos, y cumplir la cada vez más escasa promesa de “hasta que la muerte nos separe”. Abuelo y Abuela fueron una misma cosa para mí, un binomio inseparable, una muestra diaria de amor incondicional, de lealtad que no es lo mismo, pero quizás más importante, que la fidelidad.

La vida que no conozco

Cuando yo nací y me convertí en su primer nieto, Abuelo era un trabajador de la industria del azúcar que, entre capataz y especialista en ingenios heredados del capitalismo, forjó su fama en el barrio. En Bayate, entonces provincia de Pinar del Río, todos conocían a José y Aleida. De niño, recuerdo que me contaban historias y me mostraban las casas donde vivieron. El chalet al lado del río, España Republicana, la casona a la entrada de la carretera a El Corojal, la casa de Candelaria y la de El Segundo Bayate donde alcancé a vivir los primeros nueve meses de mi vida.

Recuerdo, de niño, andar de la mano de mi madre cuando saludaba a personas para mí desconocidas y me decía “él es amigo de tu abuelo” o “ella quería mucho a tus abuelos”. Siempre me preguntaban “y tú abuelo qué ha sido de él, por dónde está José, hace tanto tiempo que no viene por acá”. Y yo creo nunca haber disimulado el orgullo que sentía de tener un abuelo al que casi todos parecían conocer.

Pero antes que esos escenarios, Abuelo siempre hablaba de Matanzas, la provincia de donde llegaron y del pueblo de Amarillas, donde creo que se enamoró de Abuela.

Este diciembre, entre las muchas satisfacciones que siempre da un viaje a donde los tuyos, casi como un regalo (llegó a ser un verdadero regalo) acompañé a mi padre en un viaje por carretera al centro del país. Por primera vez, supe dónde estuvo enclavada la casa en la que Abuela vivió su adolescencia y donde Abuelo la conquistó. Papá me mostró, incluso, la línea del tren a donde ellos se escapaban a noviar. Así empecé a construir el mapa que no conocía, la vida que escuchaba en historias pero que no viví. Y la nostalgia fue tanta, como si yo hubiera estado en cada uno de esos momentos, en cada uno de esos caminos, y como si esos lugares también me pertenecieran.

Las historias de infancia

Hace algunos meses, con uno de mis cambios de casa –algo heredado sin dudas de Abuelo y Abuela- encontré dentro de un libro una fotografía que les robé hace muchos años. Ya está color sepia, y desgastada, como siempre vemos las fotografías de los padres pero como pocas veces llegamos a imaginar las nuestras. Fue en el Parque de La Fraternidad, al lado del capitolio. Un pedazo de pañuelo de Abuela ya no se ve y hay una mancha en el pantalón de Abuelo. Entre los dos, largo y flaco y con 10 o 12 años estoy yo. Al lado, más pequeño, mi primo Yusnelito, con quien compartimos tantas vacaciones de verano en La Habana de los abuelos. El día de la foto, habíamos ido al Museo de Ciencias. Fue una de los pocos paseos que recuerdo de los cuatro juntos, excepto los viajes al Cotorro para ver a la familia. Y creo que me robé aquella foto no tanto por quedarme con el recuerdo del paseo, sino por la admiración que me provocaban de niño los fotógrafos callejeros de la antigua Habana, cuando un señor metía su cabeza en una caja con un trapo negro que, ya para entonces, era una técnica anticuada.

Como esta, hay muchas historias y pasajes que, a veces desordenados o con un orden antojadizo, acomodo –como retratos en una gaveta, para que no se me estropeen, se manchen o desordenen.

La jaba de viandas: Un niño se ríe de cosas que para los adultos no suelen ser tan simpáticas. Y si yo tuviera que recordar la escena con la que más me he reído junto a mi abuelo, y que ahora puedo sospechar que para él fue una gran vergüenza, sin dudas tendría que contar el regreso un sábado o domingo del mercado agropecuario de La Palma. Aquel sitio ochentero proveía a los habaneros de los municipios de Arroyo Naranjo y 10 de Octubre de frutas, viandas y vegetales producidos por los campesinos.

Acompañé a Abuelo a La Palma. De allí salían casi siempre los ingredientes de los mejores ajiacos de mi vida, los que hacía Abuela los fines de semana de vacaciones. Nunca he podido olvidar el comino entero y los plátanos tostones como parte del condimento. Sin ahora poderlo asegurar, ese día Abuela tendría que haber ordenado compra de viandas para su ajiaco. Una gran jaba cubana, hecha de saco de nylon, era el recipiente. En el mercado lo llenamos de todo lo que Abuelo encontró necesario y salimos a la calzada para tomar la guagua de regreso. En esos años, aún se podía tomar una guagua y encontrar asientos disponibles. Nos fuimos al fondo. Allí nos sentamos y abuelo puso entre sus piernas la gran jaba llena de productos del agro. En un frenazo, la inercia hizo de las suyas y limones, yucas y malangas comenzaron a rodar por el piso de la guagua. Abuelo en cuatro patas se metía debajo de los asientos tratando de recoger toda la compra. Yo no podré olvidar jamás el ataque de risas que me provocaba aquella escena, al punto de que jamás se me ha borrado.

El avión que se fue a la laguna: Alguna vez, pensando en Abuela escribí lo emocionante que era para un niño campesino como yo, verlos bajar de una ruta de Artemisa con un cake o un juguete en la mano. Entre las cosas que una vez me trajeron de regalo, estaba un avión hecho de placas de rayos X que los merolicos vendían en la Terminal de El Lido. El avión tenía un hilo para moverlo y provocar que las hélices se activaran con la fuerza del viento. Yo, emocionado seguramente comencé a jugar y un mal movimiento me provocó una herida en unos de los párpados. El cargo de conciencia o la culpabilidad de ellos debió ser tanta que, mientras yo lloraba, el avión desapareció.

Tal vez el pretexto no lo inventó él. Pero la única cara que recuerdo diciéndome que el avión se asustó y se fue a la laguna es la de Abuelo. Recuerdo tres cosas de ese día, el avión hecho con placas moradas, la historia con la que lo hicieron desaparecer y la sonrisa de abuelo cuando me explicaba por qué no habría más avión. La laguna estaba al lado de mi casa y nos separaba de la familia de los Caraveos.

La mente en blanco: Un fin de semana –tras la muerte de mi padrastro en un accidente de tránsito- los dos viajaron para acompañar a mi madre que, por segunda vez y a muy poco andar de su matrimonio, quedaba sola y en ambas ocasiones con un hijo chico. Yo tendría 12 años, acaso. Abuelo se acostó plácidamente en una cama y, cuando mi madre fue a llevarle -en cosa de segundos- un vaso de leche, ya roncaba. Abuela dijo que él se acostaba y se quedaba dormido al tiro. Aquello me quedó tan pegado que yo quise aprender cómo dormir tan rápido. Y aunque sea difícil de creer, cuando tengo trastornos del sueño y alguna preocupación no me deja dormir, yo pienso en Abuelo y lo envidio. Con los años concluí con certeza que eso es algo que puede hacer alguien que se va a la cama tranquilo consigo mismo. Y tal vez por eso Abuelo –como pocos- podía dormir tan fácilmente sin preocupaciones.

Del azúcar a la gastronomía

Abuelo disfrutando su vejez en Miami, donde se estableció en 1994, junto a Abuela; tras la reconciliación con los hermanos que abandonaron el país en las olas migratorias de 1961 y 1980.

Con la mudanza de Bayate a la calle Salud, en Centro Habana, Abuelo comenzó su carrera gastronómica, de la que en otras ocasiones también he hablado. Agradezco que haya sepultado su pasado azucarero y me haya hecho descubrir las cartas y los menús que en el terraplén donde viví nunca existieron. Y, por sobre todo, que me haya hecho descubrir los frijolitos chinos, sin los cuales un arroz frito jamás hubiera quedado igual.

Si el plato de comida con el que identifico a mi abuela es el ajiaco, no hay definitivamente otro para mi abuelo que no sea el arroz frito. Y eso quizás se lo debe al cambio de casa y de pueblo.

Aquel placer que de niño me creó sentado en los asientos verdes de vinil del How Yueng, en la calle Infanta, nunca me ha abandonado. Cada vez que me daba alguna pataleta para comer arroz frito, y no podían o no querían llevarme al restaurante en horario de trabajo, Abuelo lo cocinaba con sus propias manos, el sábado en la casa de la Calzada del 10 de Octubre. Sin embargo, la experiencia de estar en un restaurante habanero, para un provinciano como yo, y encontrarse con famosos de la televisión era algo supremo. Muy cerca de Infanta y San Lázaro estaban los estudios de Mazón y San Miguel y al local donde trabajaba mi abuelo llegaban muchos actores a comer o tomarse unas cervezas.

De corredor de permutas a vendedor de libros

La crisis económica que el sistema disfrazó con el antológico nombre de Período Especial comenzó a hacer de las suyas. Trabajar en un restaurante comenzaba a ser dantesco. ¿Qué hacer en un restaurante sin comida y sin clientes? Entonces, tuvo que convertirse en emprendedor. Y sin importar los años, tuvo la fuerza para convertir La Habana toda en su centro de trabajo y en sus clientes a todos aquellos que quisieran cambiar de casa. Todos. Incluso para aquellos cambios de casa “más complicados”.

Mi abuelo ejerció un trabajo no reconocido oficialmente en la Cuba de entonces. O sea, un oficio ilegal. Se hizo Corredor de Permutas. Fue la vía de escape que encontró para sobrevivir en una ciudad en la que se descubrió, de repente, sin ver el fruto de tantos años de trabajo; y para proveer lo necesario en su casa.

Jamás podré olvidar las eternas caminatas por La Habana, acompañando al viejo. A él le debo conocer tantos sitios de la ciudad. Cuando mis compañeros de Universidad preguntaban por alguna dirección, yo casi siempre sabía dónde estaba y cómo llegar, a pesar de venir de Pinar del Río. Horas enteras bajo el sol habanero y al ritmo del caminar de Abuelo: ese era el motivo de tanto saber andar La Habana.

De cómo un día el local de las reuniones del CDR, en 10 de Octubre con Luz Oeste, se convirtió en su librería personal, no tengo idea. Sólo sé que el mismo sitio donde la vieja Mercedes realizaba las reuniones con los vecinos dejó de ser de la comunidad. Junto con la desaparición de las reuniones (la gente andaba preocupada de su subsistencia y no de la guardia del comité), aparecieron cientos de libros y un viejo negro y cojo que se convirtió en el socio de abuelo.

Con el lento Ferrer, mi abuelo se hizo librero. Me imagino que junto a sus recorridos y sus negociados de permutas más de alguna vez le habrá tocado como pago la biblioteca de algún habanero desesperado. Tiene que haber sido así, aunque nunca pregunte sobre los orígenes ni los proveedores de aquel negocio.

Allí encontré libros maravillosos que yo le compraba a Ferrer para que abuelo no me los diera gratis. A aquel portal de la Calzada de 10 de Octubre llegaron parte de los libros que alguna vez pertenecieron al escritor cubano Enrique Serpa, miembro del famoso Grupo Minorista sobre el que por esos días quizás hablábamos en las clases de Cultura Cubana. Yo no sé si habré compartido con mi abuelo mi descubrimiento, pero ¿los libros de Enrique Serpa a dos o tres pesos cubanos? Un timbre negro y en letra cursiva así lo confirmaban. ¿Algún heredero de Serpa los habría vendido? ¿Alguien necesitado los habría llevado hasta allí sin saber su valor? Cualquier respuesta era probable. Yo traté de llevar conmigo la mayor cantidad de esos libros. Y comencé a averiguar mucho más sobre la historia de Serpa y hasta casualidades encontré en aquella historia. Serpa – como mi abuelo – había nacido en Matanzas, ejerció muchos oficios y estuvo vinculado al trabajo de los ingenios y la caña de azúcar.

Pudiera seguir contando cosas de abuelo, pero todas están vívidas en mí y –sé- no se van a borrar jamás. El shampoo o preparado que usaba para ocultar las canas y que dejaba las fundas blancas manchadas para trabajo de mi abuela, el primer viaje a los Estados Unidos y la repartición de la primera pacotilla familiar; los recibimientos en el aeropuerto de La Habana a donde llegaba forrado de ropa y con 3 o 4 sombreros –uno dentro del otro- para poder entrar más cosas para su familia; el día que nos salvó de una estafa de juego en Lacret; los murmullos en cada amanecer donde leía la biblia junto a abuela; los ejercicios que hacía antes de meterse al baño matinal; y su rechazo constante a que una voz estuviera más alta que la otra, preocupado siempre por la armonía.

Abuelo y abuela (a la izquierda) durante un reencuentro familiar en La Habana, 2009.

Lo que debemos hacer en el tiempo que queda

Abuelo, y eso sí lo sé, calló sus propias molestias, sospechas y decepciones políticas por respetar la militancia de sus hijos. Por autoridad, por jerarquía, por código familiar hubiera podido imponer su visión y limpiarse el culo con cientos de panfletos en un país escaso de papel sanitario. Pero no lo hizo porque pensó en la felicidad del otro. Y eso para él era más importante.

Abuelo aceptó perder, y nunca se lamentó cuando para evitar conflictos con terceros tuvo que perder una silla o una cama. Pensó en el descanso de quien la iba a recibir y no en su pérdida material de un mueble.

Abuelo miró con tristeza a veces el modo inestable de vivir de otros, quizás los aconsejó para que lo pensaran o hicieran distinto, pero no los ofendió, no les dio vuelta a la espalda, no se restó nunca del espacio de su familia. Y fue parte de los cambios de la gente que quería, si esos cambios los hacían felices. A él le hubiera encantado que sus seres queridos hubieran sido –quizás- diferente a lo que fueron o hicieron en muchas experiencias de vida, pero no impuso lo que él quería.

A todos sin embargo, alguna vez no ha faltado esa grandeza. Todos generalmente pensamos en lo que queremos y en lo que nos molesta, alejados de total empatía con “el otro”.

El mejor regalo para mi abuelo, en su cumpleaños 90, 91, 92, 93… no será una torta de cumpleaños, ni una foto, ni un beso, ni un cántico. El mejor regalo que podemos darle, y estamos a tiempo en los años que le faltan por vivir, no es el regalo que cada uno quisiera hacerle sino el que a él le gustaría y que hoy -aunque quizás no quiera pedirlo (porque nunca lo recuerdo pidiendo algo para él)- está esperando.

Sería muy digno, sería enaltecedor para todos. Verlo sonreír con lo que él quiere. No tratar de que sonría con lo que cada uno quiere.

Es sumarse, no restarse. Es estar presentes en sus espacios. Juntos. Y no compararse. Este no es un mensaje para uno u otro. Es un mensaje para todos. Porque todos somos distintos. Porque no podemos pedirle al otro que sea como queremos. Con ese pequeño cambio de actitud, cuando le llegue el momento, mi abuelo se irá feliz al lugar donde se encontrará con Abuela, para volver con amor infinito a decirle “Negra, te quiero”. Después buscará los momentos para escaparse y visitar a alguna otra vieja, pero siempre volverá donde la suya. ¿Cierto, Abuelo?

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