Franco fue Así

Texto escrito el 5 de agoto de 2015 (Publicado inicialmente como nota en Facebook)
Francisco Rafael Carbón, nació el 4 de octubre de 1935, en Banes, Holguín. Falleció en La Habana, Cuba, el 13 de julio de 2014. Fue uno de los más reconocidos locutores de la radio cubana. dejando su historia frente en los micrófonos de emisoras como Radio Reloj, Radio Liberación y Radio Rebelde, donde quedó catapultado para siempre como la voz de la revista cultural Así.

Dicen que en sus últimos años, Franco cambió. Dicen que los jóvenes de su muerte al parecer no tuvieron el mismo privilegio que los jóvenes de mi generación, para quienes la voz de Así fue maestro, compañero, colega y amigo.

Acostumbrado a lecturas equivocadas (no es la primera vez que lo digo o escribo) en un país de lecturas autorizadas, puedo sospechar que hubo poca capacidad y empatía para entender algunas reacciones no esperadas de la siempre ponderada gloria de la locución cubana.  

Machista, amante de la belleza femenina, extremadamente humano, de risa fácil entre quienes le simpatizaban, bueno para la talla y con un chiste a flor de labios, comprometido con sus pasiones, ponderado, tranquilo a diferencia del ritmo ágil y veloz con el que los cubanos lo identificaron para siempre, cariñoso con quienes le rodeaban…así lo recuerdo.  

Franco Carbón perteneció a una escuela audiovisual que no pudo traicionar. Y cuyos ciertos valores humanos, formales y técnicos le acompañaron toda la vida. Franco vivió y murió convencido –como aprendió en el capitalismo – que los programas eran lo que eran sus voces y rostros. Sabía que la audiencia se construye a través de los vínculos, el verbo, la simpatía… de sus conductores. Y que ellos decidían cuándo un programa moría, aunque esa decisión fuera en sentido contrario a la determinación de un funcionario o directivo del medio.   No lo digo porque tenga yo la capacidad de leer a los muertos. Lo digo porque lo conversamos muchas veces.

Era año 1996, cuando Antonio Moltó me convenció para ser el director artístico de la maquinaria periodística más oficialista de Cuba, Haciendo Radio. Entonces, tuve jornadas vespertinas enteras, sentado a su lado; me colaba en la cabina de transmisiones de Radio Rebelde durante la emisión del programa Así y mientras los oyentes escuchaban música, yo recibía las opiniones y consejos de un viejo hombre entrenado en y para la radio. Había que hacer un programa nuevo aunque no nos dejaran cambiarle el nombre; fue su recomendación. Y coincidimos de que había asumido yo una difícil tarea: rescatar todo un tramo horario identificado con el tono, el ritmo y la novedad del uruguayo Jorge Ibarra y con la sonrisa de Gladys Goizueta.  

No cualquier periodista o locutor podría lograrlo y con uno de los que tendría a cargo, frente al micrófono, la tarea comenzaba muy pesada y cuesta arriba. Entonces, recibí la primera gran lección de Franco Carbón, los programas de radio y televisión deben nacer y morir con su conductor.  

La cultura de la defenestración en primera persona

Estoy convencido de que las cosas que pudo hacer en sus estertores, mi querido maestro, no fueron contra Pedrito. Fue una pelea consigo mismo, con su forma de ver y leer el medio de comunicación por el que vivió; fue una pelea contra una decisión que para él tuvo que ser fuerte, tuvo que ser devastadora, aunque la lógica y la anatomía la exigieran.   No quiero ni saber la forma en la que se hizo esa transición, en la que se le informó que saldría del programa que había construido su imagen y su historial en décadas  a lo largo del país; la forma en la que un funcionario cualquiera desprovisto de sentimiento, amor por la radio, indiferencia ante la historia de vida, ajeno a los esfuerzos y malos momentos a los que tuvo que sobreponerse… le informó.

Quizás con la publicación de esta nota, alguien pueda desmentirme y exponga con claridad los hechos tal y como fueron. Yo hablo de sospechas, a partir del conocimiento que tuve de Franco y de los funcionarios que toman decisiones en los medios de comunicación.   El irrespeto a la trayectoria, el desdén y la indiferencia con la que tratamos a nuestras glorias debe haber golpeado a Franco en su punto más sensible, y aunque debía de haber estado preparado, después de haber visto escenas parecidas tantas veces, nunca es lo mismo cuando lo ves como cuando te toca.

Llegado su momento,  Franco no lo soportó y se fue a la tumba con la sensación de que Cuba (no sólo la radio) lo había declarado inservible y se debe hacer sentido como un guiñapo.   Puedo adivinar su pena; y quizás esa pena lo llevó a decir y hacer cosas que no eran en las que teníamos que haber prestado más atención. Lo importante acá es entender que Franco Carbón se convirtió en la nueva víctima de la cultura de la defenestración.  

Él, mi maestro  

Me resisto a hacer otra lectura del maestro que tuve. Me resisto a dejarlo ir con la idea de que nos quedamos vivos pensando que él fue un hijo de puta con las nuevas generaciones. Franco Carbón nos enseñó a hablar y a leer frente al micrófono a cientos de jóvenes a lo largo de sus años de vida activa en la radio cubana. ¿Cómo podría estar quieto en su tumba con el conventilleo que quedó en los pasillos del edificio de los Mestre?  

Para nadie es un secreto que la radio y televisión están llenos de jóvenes que no saben hablar, pronunciar o usar el aparato respiratorio correctamente mientras se está frente al micrófono. Los periodistas jóvenes que llegaban a Radio Rebelde pasaban siempre por sus clases, clases que hacía gratuitamente, con su amor de tener una radio mejor, pensando en la gente y en sus mismos colegas.  

Lo recuerdo, después de las siete de las tarde, bajando las escaleras al piso 3 del ICRT donde un grupo de reporteros y  periodistas recién egresados lo esperábamos, tras terminar su programa diario. Eran los años en que la pasión valía tanto como el dinero y nada nos importaba salir de noche del lugar donde trabajábamos porque hacíamos lo que nos gustaba. Y allí de noche, jóvenes y él pasábamos una o dos horas juntos.   Yo personalmente descubrí el diafragma como órgano fonatorio en sus clases, donde casi nos ponía a cantar.

Décadas después no olvido sus recomendaciones antes de salir al aire, sus pedidos para que no tomaremos agua fría ni helados antes de trabajar. Le agradezco no haber perdido la voz. A pesar de que ya tenía experiencia frente al micrófono, cuando llegue a Radio Rebelde tomé conciencia de que no sabía hablar. Y esa conciencia fue gracias al diagnóstico de mi maestro Carbón.  

Un año más tarde cuando, de director artístico pasé a ser el conductor de Haciendo Radio, la voz dio su primera alerta. Cuatro horas continuas de noticias era abusivo para un sistema fonatorio mal usado. Quedé afónico a los pocos meses de estar como conductor de noticias y Franco compartió su fonoaudióloga conmigo. Me llevó al Calixto García a conocerla. Gracias a él y a su foniatra pude pasar años frente al micrófono sin perder mis cuerdas vocales, forjadas al calor de las guardarrayas, los cañaverales, los corrales de cochinos y una jauría de primos que hablábamos gritando.  

Él, el maestro. Yo, su director  

A pesar de que nuestra relación, con el paso del tiempo, iba creciendo seguíamos siendo colegas y compañeros de radio. La primera ocasión, sin embargo, que tuve que dirigirlo fue un día de mucha tensión para mí. Creo que la confianza y el cariño que construimos nunca reemplazaron el respeto y la admiración que le tuve. Y así tiene que haber sido, como para que no haya olvidado jamás el primer programa especial que, por un ciclón que azotaría el centro de Cuba, tuvo durante seis horas a Franco Carbón como el locutor y a mí como el director.  

Con ese mismo respeto, nos juntamos un rato antes y le confesé que estaba asustado. Rió  y me dijo “todo saldrá bien”. No me prestó mucha atención y tuve que repetirle que estaba “cagado” del susto. Me dio, entonces, sus recomendaciones de tiempo y forma para darle las instrucciones al aire. En el caso de Franco, había un tema desconocido para la mayoría del pueblo cubano, que hacía más difícil dirigirlo. Franco no veía, por tanto no leía. Era hacer un programa información con un  hombre ciego al micrófono. O sea, no se le podía pasar ningún texto escrito. Todo dependía de la agilidad del director que tenía que decirle todo al oído.

Eso, que se sobre pusiera a eso, que lo convirtiera en su gran ventaja competitiva, que su trabajo fuera de los mejores sin que los oyentes supieran su enfermedad lo hizo un gran hombre de radio. Franco trabajó radio durante décadas con un lazarillo al oído. Todo se le dictaba, y su ritmo y tono al aire nunca lo delataron.   Fue un hombre que daba retroalimentación positiva, cuando alguien -fuera joven o no- lo merecía.

Después de aquellas seis horas, estresantes horas, salió de la cabina y me dio una palmada en el hombro. Muy, muy bien. Te felicito – me dijo ante el resto del equipo satisfecho con la dirección de aquella cobertura especial. Una vez en el pasillo me volvió a hacer sus comentarios, de forma más privada, y yo me emocioné con las palabras que dijo. Como si fuera hoy, recuerdo: “Nunca nadie del área de prensa lo había hecho tan bien. Eres el mejor periodista director que he tenido. Todo salió perfecto. Así que piensa en evaluarte como director”.

Se refería a las categorías profesionales que existen en el medio y que te permiten acceder a determinadas remuneraciones según el nivel que un Comité de Evaluación te otorgue.   Después vinieron otras jornadas y coberturas donde me tocó dirigirlo. Y aunque nunca dejé de estar nervioso, tenía la confianza de que todo saldría bien y de que cada uno estaría preocupado de que el otro lo hiciera bien. Ya tenía la experiencia de saber cómo tratarlo en una transmisión.  

Cuando el respeto es mutuo, las relaciones fluyen. La gente se cuida, se alerta, se ayuda. Y sin que yo estuviera metido en su casa (sólo una vez lo acompañé porque no lo podían ir a buscar a la radio y lo llevé de la mano), en momentos importantes él estaba para mí y yo para él.  

También me ayudó cuando quise inventar un programa de domingo de factura propia en Radio Cadena Habana. Fue mi primer invitado. El programa se llamó Digan lo que Digan y el gran desafío mío era hacer un programa de participación en una radio donde estaba prohibido sacar llamadas telefónicas al aire en vivo. Usé un sistema diferido que parecía que las llamadas estaban en vivo pero, en verdad, la grabábamos unos minutos antes y, en vivo, yo simulaba la llamada y la introducía hasta el saludo. Era un programa de radio a dos estudios y tanto yo, el conductor y director, como el invitado corríamos de un lugar a otro durante dos horas.

Hasta hace un tiempo supe que el programa aún estaba vivo (no murió con la ida de su conductor tampoco) y los que lo hacían estaban ajenos a estas historias que nos hicieron parir proyectos creativos para burlar la censura y las directrices del Partido Comunista.

Franco estuvo en la génesis de ese proyecto y fue el primero al que puse a correr, a pesar de su ceguera.   Fue increíble ese capítulo. La gente tenía que llamar para hablar con Carbón y en el concurso ganaba el que mejor imitara su presentación de Así. “Así es Así, justo a tu gusto, el sonido cultural de Rebelde. Ágil, sagaz, informativo. Así ni resta ni divide, suma y multiplica, la matemática en Así”. Lo vi emocionarse, reír escandalosamente con las cosas que decían los auditores. Y me quedé con un fuerte abrazo de cierre que nos emocionó a ambos.

Franco, como mismo le pasó a Roberto Canela, murió en la indiferencia, a pesar de su Premio Nacional de Radio, su Micrófono de la Radio Cubana y la Distinción por la Cultura Nacional; comenzando por sus pares, los mismos que critican el desdén de un modelo que no les reconoce sus aportes y sus esfuerzos suficientemente, creen que unas cuantas medallas por decreto y unos cuantos diplomas inservibles lo reemplazan todo. Los pares, sin embargo, no hacen nada en el día a día para abrazar o emocionar a sus compañeros, y convencerlos de que son a veces glorias y grandes profesionales.  

Recuerdo esa invitación que le hice a inaugurar un nuevo espacio radial como el regalo de un joven a su maestro, como la manera de decirle: “caramba, no soy sólo yo o un grupo de gente la que te quiere. Tienes un país a tu pies y no eres consciente de ello, los cubanos te aman, conocen tu trabajo, te imitan, te respetan…”. Somos un país tan tacaño en elogios, tenemos una cultura tan conventillera en los ámbitos profesionales que pareciera que cuesta mucho decirle a un colega o a un compañero que es GRANDE.  

Nunca –al menos mientras le conocí- fue engreído ni abusivo,  ni miró por encima del hombro a sus pares. Fue tan humilde que conmigo retrocedió en los tiempos, cuando él y muchos otros no eran las grandes figuras que todos conocimos. Me contó de sus diferencias con el Colegio de Locutores, de lo difícil de sus primeras evaluaciones, incluso de cómo él y otros estuvieron a punto en algunas ocasiones de ser devaluados. Con ello, daba una lección: podemos perfeccionarnos, podemos aprender y podemos llegar a donde queremos llegar si tenemos paciencia y si nos esforzamos.  

Yo renuncio a la idea de que Franco Carbón, con lo que nos entregó –con lo que me entregó personalmente quizás sin que se haya ido totalmente consciente de ello- y con lo que le entregó al país y a su gente, quede en la memoria como un viejo testarudo que ponía traspiés a los jóvenes para que no salieran adelante.

Mentira. No lo acepto porque no pudo haber sido así. Yo lo recordaré como lo que fue, una gloria de la locución cubana, curtido en la vieja escuela y en las Grandes Ligas y del que tuve la suerte de ser alumno, compañero, colega, director y amigo. Aquella misma gloria de Cuba a la que tocábamos el trasero, en la radio, y nos quedábamos quietos para que no supiera quién había sido. Pocas cosas como esta le molestaban tanto.  

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