A 20 años del adiós

(27 de junio de 2000 -27 de junio de 2020)

Algunos me recomendaron que no lo hiciera, que tenía una carrera prometedora y que era muy temprano para partir. En mi familia, varios me pidieron que lo pensara bien y mi madre –nunca olvido el momento en que, sentados en los sillones del portal y a punto de caer la tarde, le conté de la decisión final- quedó inmóvil como con los ojos fijos pero perdidos, hasta que frunció el ceño y se mordió los labios. Y, por supuesto, no faltaron los que te dieron una palmada en el hombro y, cual filósofos del sufrir doméstico y la clarividencia popular, te dijeron: haces muy bien, de este país hay que irse.

Fue una lucha inicial conmigo mismo. ¿Estaría haciendo lo correcto? ¿Me arrepentía tarde de la decisión y perdería lo que entonces yo considera una gran ganancia? ¿Qué dirían de mí?, siempre la maldición de sentirse juzgado por derechos que te pertenecen.

La despedida fue larga, porque no hay nada peor que decirse adiós a uno mismo. Y eso es emigrar, desprenderse de lo que eres sin saber en quién te convertirás, pero con la certeza de que estás cambiando de piel, y para siempre. Que incluso, si alguna vez decides retornar, regresará a casa una persona diferente a la que partió.

Nunca volverás a ser aquel tú. Tendrás que dejarte ir para encontrarte. Olvidarás dar las gracias, y definitivamente, por lo que no pediste. Morigerarás el valor del agradecimiento para potenciar tu propio yo, el  Superhéroe convertido en uno mismo. Aquilatarás el verdadero valor de las derrotas y de los éxitos, aprenderás del sabor de las caídas y de las fiestas, al levantarte. Entenderás que nadie podrá traspasar tu propia frontera porque dejaste de tener fronteras. Fueron las tareas que impuso este camino que hubo que recorrer; a veces, a toda velocidad ; a ratos, precavidamente vigilante.

Hace 20 años que dejé de ser, sólo el feliz hijo de Magali, para parirme a mí mismo. No hay parto más doloroso. No habrá, jamás, mejor llanto que aquel que te llevó a entender la vida.

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