Abuela

Crónica escrita, tras conocer la noticia de la muerte de mi abuela, en el año 2013.

Hace dos febrero, después de casi 10 años sin vernos, nos pusimos de acuerdo para un reencuentro en La Habana. Abuelo y abuela llamaban continuamente para verificar fechas. Descubrí en ellos su nerviosismo y sus enormes deseos de verme, cuando cada noche me hacían las mismas preguntas. Cambiamos nuestros días de viaje, una y otra vez hasta hacer coincidir los trámites del norte con los del sur. Llegaron a Cuba una noche antes que yo.

El día de mi arribo, junto a toda la familia, estaban ellos en primera fila. Mi madre, fracasada nuera que la quiso siempre como si fuera su suegra, me contaría después del nerviosismo de Abuela. Creía verme a los lejos, cada rato. Y cuando mi cabeza asomó definitivamente tras el vidrio de la puerta del terminal, le dijo ansiosa a mi madre: “¡Qué caray!, yo voy a correr si ese es tan hijo mío como tuyo”; y arrancaron cruzando las cintas que delimitaban el acceso.

Foto tomada en el aeropuerto de La Habana.

Estaba hermosa, como siempre; presumida, como nunca dejó de serlo. La besé y la colmé de abrazos fuertes y reiterados. Le dije. “pero, abuela, usted está igualita”. ¿Tú crees, mi´jo? – dijo y rió. Aunque siempre supimos que amaba ser elogiada por su belleza, lo dije convencido. No parecía que le hubiera pasado una década por encima. Estaba vital, sonriente, habladora, pendiente de todo detalle… como la conocí eternamente. Y respiré feliz de haberla reencontrada tan vívida cuando ese arribo implicaba también una visita sin los otros abuelos, los maternos.

Los días de vacaciones pasaron muy rápido, como siempre ocurre cuando estamos de vuelta entre los nuestros. Poco tiempo, mucha familia, muchos amigos, muchos lugares,…

La última noche juntos un apagón habanero ayudó infinitamente en la despedida. Creo que nunca me había sentido tan a gusto en medio de la oscuridad forzada. A la luz de las velas, mi abuela Aleida se acostó en un sofá donde yo estaba sentado. Le pasé las manos por las piernas, le hice masaje en la planta de los pies y la colmé de cariño, sin decir una palabra y sin sentir el tiempo pasar. Ella, como pocas veces la vi, estuvo tranquila y en silencio todo el rato. Yo la miraba y trataba de sacarme de la cabeza aquella peregrina idea, pero no pude desprenderme del convencimiento de que estábamos disfrutando de nuestra última noche; fue un silencioso adiós. Creo que ella también lo sabía y por eso aceptó ser cómplice de aquella angustia que, disfrazada de cariño, se me colaba por dentro. Después de eso, cada uno tomaría sus respectivos aviones, en direcciones opuestas. Yo me había despedido de mi abuela y nadie nunca lo supo.

La Decisión

17 años atrás – y después de haber esperado más de cuatro décadas para tomar la decisión – mis abuelos se radicaron en los Estados Unidos de Norteamérica. Las razones fueron varias. Ya habían pasado los tiempos más duros e intolerantes del discurso oficial contra quienes emigraban al país del norte. Ya sus hijos habían crecido recibiendo todos los respetos posibles a sus respectivas militancias, y alguno ya había comenzado – incluso –  a cuestionarse. Ya irse a la península de La Florida incluía, previa evaluación, el “derecho” para retornar de visita a su propia casa. Ya vivir en La Habana se hacía insoportable para dos viejos que debían – casi por sí solos – sobrevivir a las batallas domésticas de cada día. Ya se habían reconciliado, por las décadas de silencio y distancia, con los hermanos y hermanas que decidieron marcharse antes, en las olas migratorias de los 60 (post declaración del carácter socialista de Cuba) y los 80 (el Puerto de El Mariel).

Abuela Aleida y abuelo José.

Yo tenía 20 años; ha pasado el tiempo pero nunca he podido deshacerme del dolor de esa despedida. En el camino entre la barriada de Santos Suárez y el Aeropuerto José Martí de La Habana no pronuncié palabra alguna. El futuro – ahora vida y pasado – era sólo incertidumbre. ¿Cuándo los volvería a ver? ¿Podrían regresar? ¿Se iban a morir lejos de sus hijos y nietos? En la medida en que nos acercábamos al terminal aéreo, mi estómago se revolvía más y más y el pecho se apretaba. Alcancé a concluir entonces algo que muchas otras veces he repetido a amigos y a mí mismo: no hay otra calle en Cuba que duela tanto como la Avenida de Rancho Boyeros.

En esos kilómetros de calle hacia la despedida, quedaban años de amor, de hermosos momentos, de sublimes recuerdos, de emociones, de tristezas, de descubrimientos, de desafíos, de sueños,… Se iban para siempre aquellos señores que se inventaban ocasiones para viajar de La Habana a  Pinar del Río. ¿Cómo olvidarme a mí mismo, corriendo por la Carretera Central, al verlos descender de un ruta 35 con un dulce comprado en el Súper Cake de la calle Zanja? ¿Cómo deshacerme de esos recuerdos cuando llegaba de sorpresa a mi barrio con las manos llenas de regalos y juguetes? Cómo olvidar aquellas vacaciones donde siempre mi abuela estaba enferma pero donde siempre se recuperaba para llevarme a descubrir un mundo oculto para quienes nos criamos rodeados de almendros y mangos, con un río a un lado y una laguna al otro.

En estas casi dos décadas, la distancia se hizo mayor cuando yo decidí tomar mi propia decisión y arrancar al sur del mundo. Sin embargo, las llamadas y preocupaciones siempre estuvieron. Mi madre nunca se entera de mis enfermedades o angustias, siempre trato de evitarle penas; pero mis abuelos con teléfono en mano fueron mis cuidadores de cabecera. Insistieron varias veces en que nos reencontráramos en Miami. A veces me resistí, a veces dudé… Abuela, sobre todo ella, a veces me decía que no quería morirse sin mí. Y aquella frase, entonada en el desvelo de la lejanía, se me confundía casi con una súplica. Nunca tomé la decisión.

Mi descubridora

Mi abuela me ayudó a descubrir el mundo y encantarme con la vida. Me abrió los ojos más allá de cañaverales y de papayas. Me enseño, estoy seguro que sin proponérselo, mejores modales para sobrevivir entre los demás. De la mano de mi abuela conocí el Zoológico de 26 y el Nacional, recorrí el Parque Lenin y le perdí el miedo a la montaña rusa del Coney Island, me enamoré del Boulevard de Obispo y de San Rafael, me aprendí las calles que juré serían mis calles: Infanta, Belascoaín, Monte, Carlos III, Reina, Galiano, San Lázaro, Zanja, Oquendo, Lacret, Acosta, Santa Catalina… De sus paseos vi nacer las primeras piedras del Hospital Ameijeiras entonces comentado en el barrio de la calle Salud como un nuevo hotel; subí por primera vez las escaleras mecánicas del Ten Cent y salí de compras a la “Casa de los 3 Kilos”; me asusté con los muñecones de los carnavales en el Malecón y también me perdí en más de una ocasión entre el tumulto habanero; recorrí los Sírvase Usted que en los años 70 existieron en La Habana; hice colas kilométricas para comer una Ensalada, una Tres Gracias o una Copa Lolita en la heladería Coppelia, conocí la Plaza de La Catedral, su feria de artesanía, la calle Empedrado, el arroz frito; mi abuela me enseñó cómo comer pizzas con mi incultura provinciana y me prohibió tomar agua en la calle haciéndome ver cómo se lavaban los vasos en los restaurantes habaneros;  me recordó en cada sentada a la mesa que en el mundo existían servilletas y que yo no las tuviera no era pretexto para justificar limpiarme la boca con la esquina del mantel…

Mi abuela fue maestra en explicarme la vida habanera en sus más diversos escenarios, sin querer dar clases y sin intención didáctica alguna. Con ella y el querido abuelo José conocí los solares desde aquel de Salud, entre Oquendo y Marqués González, donde un baño colectivo le arrancaba más llantos que dolores de estómagos; supe de la buena vecindad y de la amistad a través de los amores de aquella vieja Guillermina o de la vecina Alejandra; descubrí su pánico por las arañas peludas que rodeaban la casita de El Cotorro y que obligaron a que abuelo la sacara de allí, aún teniendo al lado aquella mata de guayabas rojas que de recordarlas me hacen la boca agua; supe de la invención de la mujer común para tener una casa hermosa y de la prístina humildad con que cada pedazo de mueble se convertía en un gran tesoro, la vi armar y desarmar  – ¿cuántas veces?, no recuerdo –  aquel nuevo departamento de la avenida del 10 de Octubre, entregado tras la ida en los 80 de sus antiguos moradores.

Asumió como una obligación que lo escaso no la rondara y la vi hacerse experta en coser para la calle, en fabricar ropas con sacos de harina de pan, pintar vestidos en una olla de presión propinándole a la tela raros arabescos con el cloro. Inventó mis primeros zapatos universitarios, en aquel desastroso año 90 en el que yo me estrenaba como Estudiante de Periodismo y la vida me prometía dejar los pies – literalmente – en las calles de mi Habana de grande.

Yo no hubiera sido el mismo sin los abuelos que tuve. No hubiera aprendido de la vida sin el amor de esta abuela que ahora se nos escapa. Quizás, hubiera cambiado de país, cansado del día a día, pero directo: del campo y del corral de puercos al yate ilegal. Gracias a ella, y a mi abuelo José, cumplí ciclos que agradezco infinitamente; haber conquistado primero mi ciudad, conocer los rincones, describir su cultura, leer sus libros, aplaudir sus obras, tocar sus columnas, recorrer sus adoquines…

La Habana fue nuestra ciudad, la de ella y la mía. De la que me ayudó a enamorar y en la que heredé minúsculas fortunas que dejó tras su partida a Miami en el año 1994. Ella vivió junto a mí durante todos los años que pasaron hasta que llegó mi propio viaje. Su refrigerador, sus platos, sus vasos, sus copas, sus sillas, el chiforrober, el radio Vef, una bufanda, algún álbum de fotos y el televisorcito plástico de pared de donde jamás quitó mi foto de niño. Televisor y foto que me traje, para recordarla cada día, al Chile donde vivo.

Mi abuela se ha ido, después de terribles meses de una enfermedad que le exprimió la carne y el respiro.  Y aunque su oído falte, su alma escuchará convencida algo que ella sabe, pero que quiero recordárselo: Lo hiciste muy bien, abuela.

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