A 20 años del adiós

(27 de junio de 2000 -27 de junio de 2020)

Algunos me recomendaron que no lo hiciera, que tenía una carrera prometedora y que era muy temprano para partir. En mi familia, varios me pidieron que lo pensara bien y mi madre –nunca olvido el momento en que, sentados en los sillones del portal y a punto de caer la tarde, le conté de la decisión final- quedó inmóvil como con los ojos fijos pero perdidos, hasta que frunció el ceño y se mordió los labios. Y, por supuesto, no faltaron los que te dieron una palmada en el hombro y, cual filósofos del sufrir doméstico y la clarividencia popular, te dijeron: haces muy bien, de este país hay que irse.

Fue una lucha inicial conmigo mismo. ¿Estaría haciendo lo correcto? ¿Me arrepentía tarde de la decisión y perdería lo que entonces yo considera una gran ganancia? ¿Qué dirían de mí?, siempre la maldición de sentirse juzgado por derechos que te pertenecen.

La despedida fue larga, porque no hay nada peor que decirse adiós a uno mismo. Y eso es emigrar, desprenderse de lo que eres sin saber en quién te convertirás, pero con la certeza de que estás cambiando de piel, y para siempre. Que incluso, si alguna vez decides retornar, regresará a casa una persona diferente a la que partió.

Nunca volverás a ser aquel tú. Tendrás que dejarte ir para encontrarte. Olvidarás dar las gracias, y definitivamente, por lo que no pediste. Morigerarás el valor del agradecimiento para potenciar tu propio yo, el  Superhéroe convertido en uno mismo. Aquilatarás el verdadero valor de las derrotas y de los éxitos, aprenderás del sabor de las caídas y de las fiestas, al levantarte. Entenderás que nadie podrá traspasar tu propia frontera porque dejaste de tener fronteras. Fueron las tareas que impuso este camino que hubo que recorrer; a veces, a toda velocidad ; a ratos, precavidamente vigilante.

Hace 20 años que dejé de ser, sólo el feliz hijo de Magali, para parirme a mí mismo. No hay parto más doloroso. No habrá, jamás, mejor llanto que aquel que te llevó a entender la vida.

Los remolinos que dejamos atrás

Texto escrito en junio de 2017, al cumplir 17 años de la salida de Cuba.

Fue un 28 de junio del año 2000. El año de las promesas, de los cambios, de la grandeza, de las nuevas generaciones, de los programas de radio que cantaban al mañana… todo eso se hacía presente pero en realidad era un despeñadero. Falsas promesas, pesadillas extendidas, libretos cansados. Fue entonces que decidí liberar mi propio alfabeto sin importarme el de otros.

Hace 17 años salí de Cuba.

Siempre uno piensa en los propios remolinos, los de la cabeza, los de la barriga (guata); pero, ay, los remolinos que provocamos en los otros. Hoy pienso en cómo nuestras decisiones siguen afectando a quienes dejamos atrás. Apenas amaneció, abrí el correo; ahí estaba el mensaje de cada año: «Manito, hoy cumples un nuevo aniversario».

En 3 tiempos: a 15 años de aterrizar en el sur del mundo

Texto escrito en junio de 2015, al cumplir década y media de haber emigrado a Chile. Pocos meses después, me iría a vivir 3 años a Valparaíso.

Financial district in Santiago, Chile

TRABAJAR: He sido locutor, redactor, reportero, editor, director. He sido periodista y profesor. He descubierto el marketing y las comunicaciones corporativas y empíricamente me hice casi experto. He dado clases de temas que tenía que aprender y aprendí temas que nunca recibí en clases. Fui relator de cursos para empresas y tuve mi propia empresa. Pasé por medios de comunicación, por el mercado más rudo, por la consultoría, por la organización de eventos, por la academia, y por lo social. Tuve tiempo para el prójimo y para la beneficencia. Me probé a mí mismo, vencí mis limitaciones y alcancé los desafíos. Fui mucho más de lo que pensé ser y el entorno siempre me hizo creer lo que no sabía de mí y de mis propias capacidades.

AMAR: A veces sí, la mayor parte del tiempo no. Estuvo y se fue. Aparecía y no estaba a gusto. Tuve largos resentimientos con él hasta que definitivamente tuve que reaprenderlo, resignificarlo. Aunque eso no significara aceptarlo. El amor lejos no era el mismo que el amor aprendido. Y conocí de los límites, de las estrategias, de las formas, de la administración de las palabras y de los afectos. Pocas veces, sin embargo, la teoría apareció espontánea en la práctica y la forma original se escapaba y asustaba. Amé pocas veces, creo; pero intensamente, estoy seguro. Perdí grandes amores por no verlos, por no entenderlos. Perdí miles de lágrimas por equivocarme en desamores. Y al final, viví pero no aprendí a amar de otra forma, a hacerlo distinto para que el tiempo dejara de ser una rueda.

VIVIR: Santiago ha sido el hogar, sus calles el pretexto, y sus parques el descanso. En la Alameda comenzó el recorrido hace 15 años. Amplia avenida sin historia, sin significados, llena de comentarios ajenos, de cuentos de amigos, de historia de vencidos y vencedores. Viví por primera vez, las primeras semanas, en el piso 21 de la Torre 1, en la Remodelación San Borja desde donde la ciudad quedaba, abajo, a los pies, enmudecida de tanto ruido, vestida de exceso de smog. Después, la vida se vivía en cualquier lado y ninguno era mejor que el otro ni peor que el anterior. Santa Victoria, Bandera, Ayllavilú, María Luisa Santander, Bilbao, San Ignacio, José Miguel de La Barra, Portugal, Merced, Mackiver, Almirante Barroso, Ismael Valdés Vergara, Santo Domingo, Santa María y Arturo Prat. Entrando y saliendo, subiendo y bajando. Ahí, en sus edificios y sus casas, está la historia de década y media, a medio vivir y a dos veces soñar.

10 años en Chile, ¿y he sido feliz?

Texto escrito en junio de 2010, al cumplir la primera década de inmigrante en Chile.

Uno no emigra para buscar la felicidad. Sería un objetivo demasiado ingenuo. Cuando salimos de nuestros países lo hacemos, por lo general, ya adultos con capacidad como para analizar y, finalmente, tomar una decisión tan drástica como cambiarse de casa, de vecindad, de ciudad, de sociedad, de cultura, de clima, de sistema económico… Cuando emigramos ya hemos vivido, nos hemos caído varias veces y vuelto a levantar; ya hemos aprendido que la felicidad no es un estado perenne y, por tanto, no nos vamos para encontrárnosla en otro lugar dispuesta a recibirnos y acompañarnos eternamente.

Nos vamos para ayudar a nuestras familias y para ayudarnos nosotros mismos a hacer menos cíclico, lo más estable posible, ese estado momentáneo. O para alargarlo cuando se nos aparezca una sonrisa, una personas que nos la provoque, una ciudad que nos evoque, un libro prohibido que nos libere, una canción que nos ate, un político que nos haga cambiar la mirada, un pan que nos alcance, un pantalón que no haya que mendigar, una enfermedad que curar, un dolor que superar, una militancia que no sea impuesta, una opinión que sea escuchada, un debate que sea autorizado, un sueño que nos ayude a ir tranquilos a la cama y despertar con la convicción de que depende de nosotros y que las vallas que tengamos que saltar son las que nos hemos impuesto y no aquellas decretadas por quienes, equivocada o utópicamente, nos arrendaron la felicidad.

Show versus Realidad o mi Abuela versus la Comunicación de Masas

A la memoria de Hilaria Zamora

No ha terminado el reality show. Los restos de mi abuela aún deben estar intactos a la espera de escuchar las lágrimas de aquel niño que corría a sus brazos, esperanzado en salvarse del castigo de una madre adolescente. Es la hora de volver a llorar junto a su abuela maltratada, todo el tiempo, por el verbo duro del abuelo que los bichos se comieron aún viviendo.

Sin embargo, las lágrimas se escondieron ante la noticia distante del fallecimiento. Y las lágrimas no se exigen, no se obligan. No se exprimen como esponja llena de recuerdos, de amores agradecidos y de cariños eternos.

En la hora en que la supuesta normalidad espera escuchar los sollozos del niño crecido, ajeno, ido, lejano, indiferente… las lágrimas se secan antes de ser lágrimas, los ojos apenas se humedecen a escondidas y el pecho se contrae ante la indiferencia del espectáculo que algunos esperan desnudar en público.

¿Cómo no llorar por última vez junto a la abuela que le dio su pan, sin importar el hambre propia; que le calzó los pies, a pesar de andar semidescalza por una vida que la premió con unos eternos pares de zapatos roídos?

El teléfono espera el timbre para un llanto familiar con pasaportes sin visas. Pero tampoco hay lágrimas.

Mi abuela murió en un hospital provinciano. Cuentan que quizás fue la reacción por un medicamento mal suministrado por profesionales de orgullo, en una isla que se fabrica orgullos por doquier, quizás para ocultar sus penas. En una isla donde las penas y los orgullos se administran como el pan y el hambre.

Y aún no me logro explicar por qué ese niño se ha convertido en un viejo ingrato, incapaz de llorar para drogar la desgracia, cuando el show de televisión da su próxima sorpresa. Y ese niño, de repente y sin exigencias, se descubre sólo, adulto, enfermo, bañando con lágrimas el rostro de una vida expuesta a través de un montaje visual. ¿Cómo soy capaz de llorar por el nuevo eliminado de la competencia? Y siento vergüenza de mí mismo por un instante.

Escucho mis propios sollozos, provocados por la mentira escrita en un programa que juran verdad. Y me vuelvo a acordar de mi abuela… y las lágrimas vuelven a desaparecer.

Extraña manera esta de sentir una pena infinita por la ausencia eterna de mi sufrida abuela que encontró en su familia la única razón para inventarse cada día, a pesar de miserias y faltas.

Y debe ser que la pena infinita por la vida borrada de quien te entregó su propia vida se hace imposible, de tan infinita, mostrarse en una pocas lágrimas indefensas que, ante el más mínimo e indetectable viento, son capaces de desaparecer. Las lágrimas son una pocas gotas de agua que corren y se secan en las mejillas. Y el dolor… el dolor es cualquier cosa menos eso.