En todas partes

Porque estás en cada aterrizaje en La Habana, donde no tienes ausencia.

Porque esta ciudad de la que me enamoraste, nos pertenece a ti y a mí.                                                                                                                  A pesar de que esta es la primera vez que vuelvo sin que tú existas, Abuela.

                                                                                                             

Este es nuestro julio de resurrección. Esta es la historia construida por nuestra propia historia. Burlando la muerte, el verano de 2013 me situó en las mismas esquinas y calles de cuando los hechos reales sucedían sin que yo hubiera podido imaginarme una Habana sin mi abuela.

Ciudad de edificios grandes, de semáforos que asustaban,  de tránsito inesperado, de vacaciones repetidas, de zoológicos con el mismo elefante de toda la vida,de circos con acróbatas rusos, de restaurantes y servilletas, de escaleras eléctricas, de tiendas donde parecía haber de todo, de pizzerías y piopíos, de montañas rusas y africanas, de bombones y tazas voladoras.

Entonces La Habana era todo eso y abuela su protagonista, con sus rolos y pañuelo ajustado, con su humildad y su amor desbordante (pocas veces yo he podido estar seguro de que alguien me amaba desbordantemente) por la segunda generación de hijos que me tocó estrenar.

Es julio de sol intenso, como aquellos julios y agostos, donde abuela era mi madre y mi heroína de todos los años. Es julio y esa ciudad de infancia y adolescencia, resucita en la maravilla de una abuela que se resiste a olvidarme.

Es mentira que no estés, te encuentro en todos lados.

Escrito en julio de 2013. La Habana, Cuba.

Abuela

Crónica escrita, tras conocer la noticia de la muerte de mi abuela, en el año 2013.

Hace dos febrero, después de casi 10 años sin vernos, nos pusimos de acuerdo para un reencuentro en La Habana. Abuelo y abuela llamaban continuamente para verificar fechas. Descubrí en ellos su nerviosismo y sus enormes deseos de verme, cuando cada noche me hacían las mismas preguntas. Cambiamos nuestros días de viaje, una y otra vez hasta hacer coincidir los trámites del norte con los del sur. Llegaron a Cuba una noche antes que yo.

El día de mi arribo, junto a toda la familia, estaban ellos en primera fila. Mi madre, fracasada nuera que la quiso siempre como si fuera su suegra, me contaría después del nerviosismo de Abuela. Creía verme a los lejos, cada rato. Y cuando mi cabeza asomó definitivamente tras el vidrio de la puerta del terminal, le dijo ansiosa a mi madre: “¡Qué caray!, yo voy a correr si ese es tan hijo mío como tuyo”; y arrancaron cruzando las cintas que delimitaban el acceso.

Foto tomada en el aeropuerto de La Habana.

Estaba hermosa, como siempre; presumida, como nunca dejó de serlo. La besé y la colmé de abrazos fuertes y reiterados. Le dije. “pero, abuela, usted está igualita”. ¿Tú crees, mi´jo? – dijo y rió. Aunque siempre supimos que amaba ser elogiada por su belleza, lo dije convencido. No parecía que le hubiera pasado una década por encima. Estaba vital, sonriente, habladora, pendiente de todo detalle… como la conocí eternamente. Y respiré feliz de haberla reencontrada tan vívida cuando ese arribo implicaba también una visita sin los otros abuelos, los maternos.

Los días de vacaciones pasaron muy rápido, como siempre ocurre cuando estamos de vuelta entre los nuestros. Poco tiempo, mucha familia, muchos amigos, muchos lugares,…

La última noche juntos un apagón habanero ayudó infinitamente en la despedida. Creo que nunca me había sentido tan a gusto en medio de la oscuridad forzada. A la luz de las velas, mi abuela Aleida se acostó en un sofá donde yo estaba sentado. Le pasé las manos por las piernas, le hice masaje en la planta de los pies y la colmé de cariño, sin decir una palabra y sin sentir el tiempo pasar. Ella, como pocas veces la vi, estuvo tranquila y en silencio todo el rato. Yo la miraba y trataba de sacarme de la cabeza aquella peregrina idea, pero no pude desprenderme del convencimiento de que estábamos disfrutando de nuestra última noche; fue un silencioso adiós. Creo que ella también lo sabía y por eso aceptó ser cómplice de aquella angustia que, disfrazada de cariño, se me colaba por dentro. Después de eso, cada uno tomaría sus respectivos aviones, en direcciones opuestas. Yo me había despedido de mi abuela y nadie nunca lo supo.

La Decisión

17 años atrás – y después de haber esperado más de cuatro décadas para tomar la decisión – mis abuelos se radicaron en los Estados Unidos de Norteamérica. Las razones fueron varias. Ya habían pasado los tiempos más duros e intolerantes del discurso oficial contra quienes emigraban al país del norte. Ya sus hijos habían crecido recibiendo todos los respetos posibles a sus respectivas militancias, y alguno ya había comenzado – incluso –  a cuestionarse. Ya irse a la península de La Florida incluía, previa evaluación, el “derecho” para retornar de visita a su propia casa. Ya vivir en La Habana se hacía insoportable para dos viejos que debían – casi por sí solos – sobrevivir a las batallas domésticas de cada día. Ya se habían reconciliado, por las décadas de silencio y distancia, con los hermanos y hermanas que decidieron marcharse antes, en las olas migratorias de los 60 (post declaración del carácter socialista de Cuba) y los 80 (el Puerto de El Mariel).

Abuela Aleida y abuelo José.

Yo tenía 20 años; ha pasado el tiempo pero nunca he podido deshacerme del dolor de esa despedida. En el camino entre la barriada de Santos Suárez y el Aeropuerto José Martí de La Habana no pronuncié palabra alguna. El futuro – ahora vida y pasado – era sólo incertidumbre. ¿Cuándo los volvería a ver? ¿Podrían regresar? ¿Se iban a morir lejos de sus hijos y nietos? En la medida en que nos acercábamos al terminal aéreo, mi estómago se revolvía más y más y el pecho se apretaba. Alcancé a concluir entonces algo que muchas otras veces he repetido a amigos y a mí mismo: no hay otra calle en Cuba que duela tanto como la Avenida de Rancho Boyeros.

En esos kilómetros de calle hacia la despedida, quedaban años de amor, de hermosos momentos, de sublimes recuerdos, de emociones, de tristezas, de descubrimientos, de desafíos, de sueños,… Se iban para siempre aquellos señores que se inventaban ocasiones para viajar de La Habana a  Pinar del Río. ¿Cómo olvidarme a mí mismo, corriendo por la Carretera Central, al verlos descender de un ruta 35 con un dulce comprado en el Súper Cake de la calle Zanja? ¿Cómo deshacerme de esos recuerdos cuando llegaba de sorpresa a mi barrio con las manos llenas de regalos y juguetes? Cómo olvidar aquellas vacaciones donde siempre mi abuela estaba enferma pero donde siempre se recuperaba para llevarme a descubrir un mundo oculto para quienes nos criamos rodeados de almendros y mangos, con un río a un lado y una laguna al otro.

En estas casi dos décadas, la distancia se hizo mayor cuando yo decidí tomar mi propia decisión y arrancar al sur del mundo. Sin embargo, las llamadas y preocupaciones siempre estuvieron. Mi madre nunca se entera de mis enfermedades o angustias, siempre trato de evitarle penas; pero mis abuelos con teléfono en mano fueron mis cuidadores de cabecera. Insistieron varias veces en que nos reencontráramos en Miami. A veces me resistí, a veces dudé… Abuela, sobre todo ella, a veces me decía que no quería morirse sin mí. Y aquella frase, entonada en el desvelo de la lejanía, se me confundía casi con una súplica. Nunca tomé la decisión.

Mi descubridora

Mi abuela me ayudó a descubrir el mundo y encantarme con la vida. Me abrió los ojos más allá de cañaverales y de papayas. Me enseño, estoy seguro que sin proponérselo, mejores modales para sobrevivir entre los demás. De la mano de mi abuela conocí el Zoológico de 26 y el Nacional, recorrí el Parque Lenin y le perdí el miedo a la montaña rusa del Coney Island, me enamoré del Boulevard de Obispo y de San Rafael, me aprendí las calles que juré serían mis calles: Infanta, Belascoaín, Monte, Carlos III, Reina, Galiano, San Lázaro, Zanja, Oquendo, Lacret, Acosta, Santa Catalina… De sus paseos vi nacer las primeras piedras del Hospital Ameijeiras entonces comentado en el barrio de la calle Salud como un nuevo hotel; subí por primera vez las escaleras mecánicas del Ten Cent y salí de compras a la “Casa de los 3 Kilos”; me asusté con los muñecones de los carnavales en el Malecón y también me perdí en más de una ocasión entre el tumulto habanero; recorrí los Sírvase Usted que en los años 70 existieron en La Habana; hice colas kilométricas para comer una Ensalada, una Tres Gracias o una Copa Lolita en la heladería Coppelia, conocí la Plaza de La Catedral, su feria de artesanía, la calle Empedrado, el arroz frito; mi abuela me enseñó cómo comer pizzas con mi incultura provinciana y me prohibió tomar agua en la calle haciéndome ver cómo se lavaban los vasos en los restaurantes habaneros;  me recordó en cada sentada a la mesa que en el mundo existían servilletas y que yo no las tuviera no era pretexto para justificar limpiarme la boca con la esquina del mantel…

Mi abuela fue maestra en explicarme la vida habanera en sus más diversos escenarios, sin querer dar clases y sin intención didáctica alguna. Con ella y el querido abuelo José conocí los solares desde aquel de Salud, entre Oquendo y Marqués González, donde un baño colectivo le arrancaba más llantos que dolores de estómagos; supe de la buena vecindad y de la amistad a través de los amores de aquella vieja Guillermina o de la vecina Alejandra; descubrí su pánico por las arañas peludas que rodeaban la casita de El Cotorro y que obligaron a que abuelo la sacara de allí, aún teniendo al lado aquella mata de guayabas rojas que de recordarlas me hacen la boca agua; supe de la invención de la mujer común para tener una casa hermosa y de la prístina humildad con que cada pedazo de mueble se convertía en un gran tesoro, la vi armar y desarmar  – ¿cuántas veces?, no recuerdo –  aquel nuevo departamento de la avenida del 10 de Octubre, entregado tras la ida en los 80 de sus antiguos moradores.

Asumió como una obligación que lo escaso no la rondara y la vi hacerse experta en coser para la calle, en fabricar ropas con sacos de harina de pan, pintar vestidos en una olla de presión propinándole a la tela raros arabescos con el cloro. Inventó mis primeros zapatos universitarios, en aquel desastroso año 90 en el que yo me estrenaba como Estudiante de Periodismo y la vida me prometía dejar los pies – literalmente – en las calles de mi Habana de grande.

Yo no hubiera sido el mismo sin los abuelos que tuve. No hubiera aprendido de la vida sin el amor de esta abuela que ahora se nos escapa. Quizás, hubiera cambiado de país, cansado del día a día, pero directo: del campo y del corral de puercos al yate ilegal. Gracias a ella, y a mi abuelo José, cumplí ciclos que agradezco infinitamente; haber conquistado primero mi ciudad, conocer los rincones, describir su cultura, leer sus libros, aplaudir sus obras, tocar sus columnas, recorrer sus adoquines…

La Habana fue nuestra ciudad, la de ella y la mía. De la que me ayudó a enamorar y en la que heredé minúsculas fortunas que dejó tras su partida a Miami en el año 1994. Ella vivió junto a mí durante todos los años que pasaron hasta que llegó mi propio viaje. Su refrigerador, sus platos, sus vasos, sus copas, sus sillas, el chiforrober, el radio Vef, una bufanda, algún álbum de fotos y el televisorcito plástico de pared de donde jamás quitó mi foto de niño. Televisor y foto que me traje, para recordarla cada día, al Chile donde vivo.

Mi abuela se ha ido, después de terribles meses de una enfermedad que le exprimió la carne y el respiro.  Y aunque su oído falte, su alma escuchará convencida algo que ella sabe, pero que quiero recordárselo: Lo hiciste muy bien, abuela.

Y nuevamente La Habana y el amor

No es cosa de la edad. Son regalos o mezquindades de los sitios que creamos, de los lugares que habitamos. Desde que la juventud se burló de aquella sensación de eternidad con la que vivimos los veintes años, con aquella grata e indiferente idea de que éramos tan dueños del tiempo como de nosotros mismos, pensaba yo que el amor era cosa de las edades, del tiempo temprano, de estrenos de los órganos vitales, de la curiosidad convertida en pasiones de 24 horas. Pero no, cada vez que llego a esta ciudad, mis teorías y yo entramos en crisis.

La Habana me desmiente. Y hasta me halaga, mostrando que, a pesar de las décadas el amor aún aparece, incluso, oculto en la necesidad, en la burla de la mentira, en las tarifas para los nuevo sueños, en el desnudo de Los Nuevos. Aun con el riesgo de convertirme en un insensato, en esta ciudad nacen y mueren las energías, en cada palabra dicha y repetida, en medio de cada noche incierta, en el desafío del año menos vivido. El amor sigue estando en el mismo lugar donde lo descubrí, en el mismo sitio donde sobreviven mis historias y mis afectos, aunque los protagonistas ya no estén, aunque yo entre y salga como si no estuviera.

Todos los años digo cosas parecidas y no me canso. La Habana es el escenario, el único el escenario donde hasta en la mejor actuación se puede descubrir la sinceridad de un abrazo, el ruego de una mirada, la desesperación de una lágrima. Y recordar los amores todos y volver a vivirlos todos.

La Habana hoy te hace desconfiar de un «te quiero» antes de que te lo digan; sin embargo, es el único lugar donde a pesar de las edades, los gustos y disgustos, el amor me pone de pie.

De cómo cualquier cosa te recuerda la familia y la ciudad

Anoche estuve en un bar de Santiago. Don Rodrigo se llama y está incluido en las listas de las llamadas picadas de la capital chilena. Es el sitio a donde siempre voy para tomarme un Pisco Sour, de los más sabrosos y de los más baratos (CH. $1.260 ahora/ hace unos meses sólo por $ 990). También por cercanía, a sólo dos cuadras de mi departamento en el Barrio de Bellas Artes, tan moda por estos días.

Sin embargo, ni el típico trago chileno, ni las rebosantes empanadas de queso, ni las crujientes papas fritas de su menú son motivo para este recuento. El sitio me remonta en cada visita a esos lugares de décadas atrás. Don Rodrigo no tiene la estética vanguardista del hormigón y del ladrillo a medio terminar, ni los papeles murales que publicitan en Vivienda y Decoración. El lugar conserva el encanto de sus maderas caobas, de sus vidrios cubriendo columnas cuadradas y de la tela para acolchonar paredes.

Los mozos que atienden están entrados en años. Pertenecen, tal vez, a la escuela gastronómica de los 50. Llevan humita al cuello como parte del impecable uniforme blanco y negro, que al tocar la madrugada ya muestra los síntomas del exceso de humo (local para fumadores) y las arrugas en las largas mangas de tanta bandeja en brazos de 90 grados.

La música viene de la mano de boleros y canciones cebollas con pianista – intérprete en vivo. El señor de unos 70 años ha querido modernizarse y a veces desentona cuando salta del teclado tradicional al de un sintetizador que ha agregado. Más que algún salto por el cambio de sonido y de algunas carcajadas de quienes disfrutan el lugar no causa mayor problema. Al final se agradece tenerlo ahí, en directo, cantándonos como si fuéramos enamorados, aunque en realidad sean muy pocas las parejas que se ven.

El bar es colmado por jóvenes de distintas tendencias, vestimentas y gustos. Ese contraste con lo tradicional del lugar y su estética le dan un toque aún más interesante. El de la esquina pide un martini, un grupo de amigos ríen y toman cerveza importada, otros piden unas “chelas” de casa y yo repito con Pisco Sour.

Mientras observo la vista se pierde y un amigo me reclama: ¿y tú en qué mundo andas? Reacciono, pero ya uno se ha acostumbrado a encontrar en el lugar ajeno del país adoptivo un rincón para acomodar las nostalgias del país donde nacimos. Estaba pensando en aquel local de comida china de la calle Infanta, en Centro Habana, donde mi abuelo hizo carrera gastronómica y, ya bastante viejo, mantenía impecable esa hospitalidad para atender a los comensales que iban por preferencia al restaurante How Yuen.

Allí de niño conocí las servilletas que nunca existieron en la mesa de familia. Aprendí a comer con diversidad de cubiertos. Hice mis pataletas por más raciones de arroz frito. Allí conocí clientes fijos de mi abuelo, algunos famosos ya muertos, de los que se enorgullecía atender. Recuerdo particularmente a Carlos Paulín y Orlando Casín.

En ese sitio de La Habana disfruté el andar constante de mi abuelo, entre la cocina y el salón, con sonrisa siempre en los labios, a pesar del cansancio que pueden producir 30 años de servicio. Anoche recordé también ese otro How Yuen, el que quedó a la vuelta de los peores años vividos en la década del 90. Cuando salía de la Universidad o del ICRT, caminaba por Infanta y entraba allí a comprar unas mentitas, por 5 pesos, y me sentaba a tomar una Tucola, mientras me miraba en los vidrios de antaño y recordaba esos asientos, en parejas de frente, forrados en vinil verde. Era añoranza por aquel sitio de la infancia.

Anoche fue extraño, el bar Don Rodrigo me despertó el recuerdo de ese pequeño restaurante donde mi abuelo citaba a su amante y donde mi abuela lo descubrió una tarde en la que me llevó a comer. Años después entendí aquel caminar apresurado, bajando por la calle San Lázaro, de la mano de mi abuela, quien no dijo una palabra ante mi pregunta de por qué nos íbamos sin comer arroz frito.

Tú y mi ciudad se desploman

En una ciudad que pierde y recobra sus pasos
con la misma facilidad con que un caminante
se pierde y se redescubre,
aparecen y se desaparecen sus amantes.

Habana pródiga en deseos.
Ciudad Ruina convertida en eterna promesa.
País Cadáver a la espera de sus inminentes derrumbes.
Arquitectónicos y sentimentales.
Habana, sin embargo, dispuesta a reinventarse y sorprender.

Habana sorpresa.
Ciudad regalo.
País ajeno.
De tan nuestro convertido en ajeno.
Habana viva.

¿Cómo puede vivir una Habana que fallece cada día?
¿Cómo es capaz una Ciudad en Ruina prometer cemento y cal (
Con una mano de cemento y cal yo me recompongo
es cosa sólo de la poeta) si los cimientos ya no resisten?
¿Cómo puede un País regalar su gente al mejor postor o a la mejor moneda?
¿Cómo puede vivir La Habana entre marcas falsificadas e inventos de
cabeza, corazón y estómago.

Esta Habana es tan inexplicable como este poema mismo
Esta Ciudad se alumbra sin luces en las noches,
se resguarda de la próxima lluvia en paraderos sin techos.
se despide cada día por aire y por mar
se llora desde la distancia, se odia desde sus entrañas
se quiere desde cualquier parte y a cualquier hora.
Nunca indiferente. Siempre incierta. A pesar de que los años se mueren y ella sigue en pie. Idéntica.

¿Cómo sentir placer de andar las calles de una ciudad que recita los discursos que ya se olvidaron,
que canta las canciones que ya no venden
que prohibe canciones, que autoriza canciones
después de todo un país que canta tiene esperanza
que selecciona presidentes, que santifica presidentes, que no elige presidente
que oculta escritores, que publica escritores, que selecciona fragmentos de lo que publican escritores
que establece límites, dentro – fuera, sin decir cuál es el límite
que prohibe monedas, que liberaliza monedas, que fabrica monedas, que impone gravamen para monedas
que compra y no vende; que se exporta pero no se vende, que se transfiere
?

¿Cómo sentir placer en redescubrir los recorridos de una ciudad inmóvil?
(Debe ser que las guaguas de La Habana me llevan todos los días a los sitios a donde nunca llega el Metro de Santiago.
Citarse uno mismo es una autoreferencia innecesaria,
pero justificada cuando se trata de relaciones entre autoreferentes)

Yo y mi Ciudad.
Mi Ciudad y Yo.
Tú, mi Ciudad y Yo.
Yo, mi Ciudad y Tú.
Yo y Tú.
Tú.
T
u
´.
.
.

Alguien hará algo para evitar el desplome.

Postdata
(Y es un poema de amor. El autor – Yo – nunca tuvo intención de escribir un texto político y antiacadémico.

Mutación religiosa

A todos mis cubanos, de aquí y de allá. Del mar y de la tierra. Con una simple inyección hubiéramos podido volar sin ahogarnos.

Como comiendo comida
Como comiendo inventos
Invento la comida que como
Y como mi propia suerte.

Un injerto en cruce de pez nació
en las oficinas centrales de la nación,
la economía ordenó carnes con espinas
y liberar el pescado porque
¡quién ha visto una isla con menués sin pescados!
La dirección económica liberó animales con branqueas;
las branqueas se trastocaron en bronquios
la respiración natural del agua mutó a la tierra
y la cadena alimenticia entró en riesgo universal.

Como comiendo comida
Como comiendo inventos
Invento la comida que como
Y como mi propia suerte.

La dirección de científicos alimentó cerebros,
cerebros capaces de inventar comidas para las almas
porque en estos tiempos estómagos y almas se confunden
porque en estos tiempos el caballo, la vacuno, el ovejo,…
son convites exclusivos para personas exclusivas.
Pero…
una gran confusión comenzó en las horas de recreo
y los cerebros alimentadores equivocaron el cálculo.
Alarmante juego genético, inyección para modificar a de enes,
Mapas genéticos para inventar bestias exclusivas
para bestias ordinarias.

Un biólogo marino alertó de la hazaña convertida en en riesgo
El pez que debía dar comida
Vive comiendo comida:
el pollo del patio,
la rana del charco,
la rata lectospiróstica,
la largartija que camina por el tronco.

El ser cubano
El ser humano tiene temor de descubrirse devorado
por la boca y los bigotes del pez que debía ser gato
y se convirtió en Claria
robando bigotes,
robando alimentos,
robando hábitats,
robando sistemas locomotores,
robando sistemas respiratorios;
y neutralizando sistemas nerviosos.

Un pueblo sin nervios se convierte en un pueblo feliz
porque a fin de cuentas el pescado volvió
El pescado liberó la comida y lo demás será problema de la geografía,
o de la biologìa o de quien le importe el ecosistema.
Por acá y por ahora solo importa el Eco del Sistema.

Como comiendo comida
Como comiendo inventos
Invento la comida que como
Y como mi propia suerte.

Desde otra parte, el mundo con estupor sueña los panoramas
Y la palma real reemplaza sus insectos,
la mariposa aparece corcomida en la oreja de Celia Sánchez,
el arma suicida de Haydeé Santamaría atraganta el cuerpo del pez-reptil
la plaga come los pies a los asesinos del Che,
una abuela es devorada con una olla a presión en su mano;
una parejita, solo una parejita, se escapa a las calles de Caracas,
para compartir con nuestros hermanos la suerte de La Habana.


El tocororo muere olvidado en las reservas científicas.
Las prioridades exigen reemplazos.
Si podemor hacer nadar y caminar para què contentarnos con una sola función.

La sierra ya no sirve, dio los frutos y parió el camino al poder.
En definitiva, cultivar comida para comer en una sierra
siempre ha sido muy costoso,
como costoso fueron los centrales y sus zafras de los 7 millones,
los sistemas de riego Microjet y el plátano aumentado,
la vaca enana para liberar la producción familiar de leche,
el recuerdo de Pijirigua que prohibió al cantor;
El poema mal escrito que encarceló al autor.
La canción susurrada que cercó el patio del trovador.

Ahora importan las llanuras y sus lagos, sus ríos y aguas dulces.
¿Agua dulce?
Y el demonio se empeña en la sal
Y los mares y océanos se recogen
Qué importa el hoyo en la capa de ozono,
el derretimiento de los glaciares
la construcción de hidroeléctricas en parques naturales,
la explotación de yacimientos bajo los hielos milenarios,
la contaminación de las aguas,
el smog sobre nuestras ciudades,
Los autos catalíticos;
Si un nuevo monstruo ha nacido.
Ajeno a las bolsas mundiales,
a los índices bursátiles,
a los interés de los capitales,
a la infamia de los empresarios,
a los horrores del neoliberalismo.
Ajeno a todo, un nuevo monstruo ha nacido

Descreído hasta la muerte
Confesado sólo en moteles de mala muerte
Persignado ante la liberación del condón
Ofensivo ante los violadores de Cristo
Enemigo de la suntuosidad y del silencio de las iglesias
Ferviente admirador de quienes apuestan por repetir la muerte
en los prostíbulos del infierno,
Me descubro pasmadamente inerte
ante la cruz de un cardenal sancionado, de un papa antipático,
de un cura pedófilo, de un monaguillo homosexual,
de una hostia en la fiesta del sacramento.
De rodillas.
Y pido la intervención divina.
Y juro creer en todo lo políticamente correcto.
A cambio sólo le pido, SEÑOR,
Elimine, por favor, el pez inventado, modificado, comido, vendido, liberado, revendido en bolsa negra.
Cantaré todos sus cantos.
Rezaré todos sus rezos.
Compraré todos sus libros.
Escucharé todos sus discursos.
De rodillas se lo pido, SEÑOR, haga desaparecer a Claria.
Si sus facultades ya no alcanzan para tanto.
De rodillas se lo pido, SEÑOR, produzca un nuevo diluvio
Y no permita que NOË salve a la bestia.

Como comiendo comida
Como comiendo inventos
Invento la comida que como
Y como mi propia suerte.