En todas partes

Porque estás en cada aterrizaje en La Habana, donde no tienes ausencia.

Porque esta ciudad de la que me enamoraste, nos pertenece a ti y a mí.                                                                                                                  A pesar de que esta es la primera vez que vuelvo sin que tú existas, Abuela.

                                                                                                             

Este es nuestro julio de resurrección. Esta es la historia construida por nuestra propia historia. Burlando la muerte, el verano de 2013 me situó en las mismas esquinas y calles de cuando los hechos reales sucedían sin que yo hubiera podido imaginarme una Habana sin mi abuela.

Ciudad de edificios grandes, de semáforos que asustaban,  de tránsito inesperado, de vacaciones repetidas, de zoológicos con el mismo elefante de toda la vida,de circos con acróbatas rusos, de restaurantes y servilletas, de escaleras eléctricas, de tiendas donde parecía haber de todo, de pizzerías y piopíos, de montañas rusas y africanas, de bombones y tazas voladoras.

Entonces La Habana era todo eso y abuela su protagonista, con sus rolos y pañuelo ajustado, con su humildad y su amor desbordante (pocas veces yo he podido estar seguro de que alguien me amaba desbordantemente) por la segunda generación de hijos que me tocó estrenar.

Es julio de sol intenso, como aquellos julios y agostos, donde abuela era mi madre y mi heroína de todos los años. Es julio y esa ciudad de infancia y adolescencia, resucita en la maravilla de una abuela que se resiste a olvidarme.

Es mentira que no estés, te encuentro en todos lados.

Escrito en julio de 2013. La Habana, Cuba.

Abuela

Crónica escrita, tras conocer la noticia de la muerte de mi abuela, en el año 2013.

Hace dos febrero, después de casi 10 años sin vernos, nos pusimos de acuerdo para un reencuentro en La Habana. Abuelo y abuela llamaban continuamente para verificar fechas. Descubrí en ellos su nerviosismo y sus enormes deseos de verme, cuando cada noche me hacían las mismas preguntas. Cambiamos nuestros días de viaje, una y otra vez hasta hacer coincidir los trámites del norte con los del sur. Llegaron a Cuba una noche antes que yo.

El día de mi arribo, junto a toda la familia, estaban ellos en primera fila. Mi madre, fracasada nuera que la quiso siempre como si fuera su suegra, me contaría después del nerviosismo de Abuela. Creía verme a los lejos, cada rato. Y cuando mi cabeza asomó definitivamente tras el vidrio de la puerta del terminal, le dijo ansiosa a mi madre: “¡Qué caray!, yo voy a correr si ese es tan hijo mío como tuyo”; y arrancaron cruzando las cintas que delimitaban el acceso.

Foto tomada en el aeropuerto de La Habana.

Estaba hermosa, como siempre; presumida, como nunca dejó de serlo. La besé y la colmé de abrazos fuertes y reiterados. Le dije. “pero, abuela, usted está igualita”. ¿Tú crees, mi´jo? – dijo y rió. Aunque siempre supimos que amaba ser elogiada por su belleza, lo dije convencido. No parecía que le hubiera pasado una década por encima. Estaba vital, sonriente, habladora, pendiente de todo detalle… como la conocí eternamente. Y respiré feliz de haberla reencontrada tan vívida cuando ese arribo implicaba también una visita sin los otros abuelos, los maternos.

Los días de vacaciones pasaron muy rápido, como siempre ocurre cuando estamos de vuelta entre los nuestros. Poco tiempo, mucha familia, muchos amigos, muchos lugares,…

La última noche juntos un apagón habanero ayudó infinitamente en la despedida. Creo que nunca me había sentido tan a gusto en medio de la oscuridad forzada. A la luz de las velas, mi abuela Aleida se acostó en un sofá donde yo estaba sentado. Le pasé las manos por las piernas, le hice masaje en la planta de los pies y la colmé de cariño, sin decir una palabra y sin sentir el tiempo pasar. Ella, como pocas veces la vi, estuvo tranquila y en silencio todo el rato. Yo la miraba y trataba de sacarme de la cabeza aquella peregrina idea, pero no pude desprenderme del convencimiento de que estábamos disfrutando de nuestra última noche; fue un silencioso adiós. Creo que ella también lo sabía y por eso aceptó ser cómplice de aquella angustia que, disfrazada de cariño, se me colaba por dentro. Después de eso, cada uno tomaría sus respectivos aviones, en direcciones opuestas. Yo me había despedido de mi abuela y nadie nunca lo supo.

La Decisión

17 años atrás – y después de haber esperado más de cuatro décadas para tomar la decisión – mis abuelos se radicaron en los Estados Unidos de Norteamérica. Las razones fueron varias. Ya habían pasado los tiempos más duros e intolerantes del discurso oficial contra quienes emigraban al país del norte. Ya sus hijos habían crecido recibiendo todos los respetos posibles a sus respectivas militancias, y alguno ya había comenzado – incluso –  a cuestionarse. Ya irse a la península de La Florida incluía, previa evaluación, el “derecho” para retornar de visita a su propia casa. Ya vivir en La Habana se hacía insoportable para dos viejos que debían – casi por sí solos – sobrevivir a las batallas domésticas de cada día. Ya se habían reconciliado, por las décadas de silencio y distancia, con los hermanos y hermanas que decidieron marcharse antes, en las olas migratorias de los 60 (post declaración del carácter socialista de Cuba) y los 80 (el Puerto de El Mariel).

Abuela Aleida y abuelo José.

Yo tenía 20 años; ha pasado el tiempo pero nunca he podido deshacerme del dolor de esa despedida. En el camino entre la barriada de Santos Suárez y el Aeropuerto José Martí de La Habana no pronuncié palabra alguna. El futuro – ahora vida y pasado – era sólo incertidumbre. ¿Cuándo los volvería a ver? ¿Podrían regresar? ¿Se iban a morir lejos de sus hijos y nietos? En la medida en que nos acercábamos al terminal aéreo, mi estómago se revolvía más y más y el pecho se apretaba. Alcancé a concluir entonces algo que muchas otras veces he repetido a amigos y a mí mismo: no hay otra calle en Cuba que duela tanto como la Avenida de Rancho Boyeros.

En esos kilómetros de calle hacia la despedida, quedaban años de amor, de hermosos momentos, de sublimes recuerdos, de emociones, de tristezas, de descubrimientos, de desafíos, de sueños,… Se iban para siempre aquellos señores que se inventaban ocasiones para viajar de La Habana a  Pinar del Río. ¿Cómo olvidarme a mí mismo, corriendo por la Carretera Central, al verlos descender de un ruta 35 con un dulce comprado en el Súper Cake de la calle Zanja? ¿Cómo deshacerme de esos recuerdos cuando llegaba de sorpresa a mi barrio con las manos llenas de regalos y juguetes? Cómo olvidar aquellas vacaciones donde siempre mi abuela estaba enferma pero donde siempre se recuperaba para llevarme a descubrir un mundo oculto para quienes nos criamos rodeados de almendros y mangos, con un río a un lado y una laguna al otro.

En estas casi dos décadas, la distancia se hizo mayor cuando yo decidí tomar mi propia decisión y arrancar al sur del mundo. Sin embargo, las llamadas y preocupaciones siempre estuvieron. Mi madre nunca se entera de mis enfermedades o angustias, siempre trato de evitarle penas; pero mis abuelos con teléfono en mano fueron mis cuidadores de cabecera. Insistieron varias veces en que nos reencontráramos en Miami. A veces me resistí, a veces dudé… Abuela, sobre todo ella, a veces me decía que no quería morirse sin mí. Y aquella frase, entonada en el desvelo de la lejanía, se me confundía casi con una súplica. Nunca tomé la decisión.

Mi descubridora

Mi abuela me ayudó a descubrir el mundo y encantarme con la vida. Me abrió los ojos más allá de cañaverales y de papayas. Me enseño, estoy seguro que sin proponérselo, mejores modales para sobrevivir entre los demás. De la mano de mi abuela conocí el Zoológico de 26 y el Nacional, recorrí el Parque Lenin y le perdí el miedo a la montaña rusa del Coney Island, me enamoré del Boulevard de Obispo y de San Rafael, me aprendí las calles que juré serían mis calles: Infanta, Belascoaín, Monte, Carlos III, Reina, Galiano, San Lázaro, Zanja, Oquendo, Lacret, Acosta, Santa Catalina… De sus paseos vi nacer las primeras piedras del Hospital Ameijeiras entonces comentado en el barrio de la calle Salud como un nuevo hotel; subí por primera vez las escaleras mecánicas del Ten Cent y salí de compras a la “Casa de los 3 Kilos”; me asusté con los muñecones de los carnavales en el Malecón y también me perdí en más de una ocasión entre el tumulto habanero; recorrí los Sírvase Usted que en los años 70 existieron en La Habana; hice colas kilométricas para comer una Ensalada, una Tres Gracias o una Copa Lolita en la heladería Coppelia, conocí la Plaza de La Catedral, su feria de artesanía, la calle Empedrado, el arroz frito; mi abuela me enseñó cómo comer pizzas con mi incultura provinciana y me prohibió tomar agua en la calle haciéndome ver cómo se lavaban los vasos en los restaurantes habaneros;  me recordó en cada sentada a la mesa que en el mundo existían servilletas y que yo no las tuviera no era pretexto para justificar limpiarme la boca con la esquina del mantel…

Mi abuela fue maestra en explicarme la vida habanera en sus más diversos escenarios, sin querer dar clases y sin intención didáctica alguna. Con ella y el querido abuelo José conocí los solares desde aquel de Salud, entre Oquendo y Marqués González, donde un baño colectivo le arrancaba más llantos que dolores de estómagos; supe de la buena vecindad y de la amistad a través de los amores de aquella vieja Guillermina o de la vecina Alejandra; descubrí su pánico por las arañas peludas que rodeaban la casita de El Cotorro y que obligaron a que abuelo la sacara de allí, aún teniendo al lado aquella mata de guayabas rojas que de recordarlas me hacen la boca agua; supe de la invención de la mujer común para tener una casa hermosa y de la prístina humildad con que cada pedazo de mueble se convertía en un gran tesoro, la vi armar y desarmar  – ¿cuántas veces?, no recuerdo –  aquel nuevo departamento de la avenida del 10 de Octubre, entregado tras la ida en los 80 de sus antiguos moradores.

Asumió como una obligación que lo escaso no la rondara y la vi hacerse experta en coser para la calle, en fabricar ropas con sacos de harina de pan, pintar vestidos en una olla de presión propinándole a la tela raros arabescos con el cloro. Inventó mis primeros zapatos universitarios, en aquel desastroso año 90 en el que yo me estrenaba como Estudiante de Periodismo y la vida me prometía dejar los pies – literalmente – en las calles de mi Habana de grande.

Yo no hubiera sido el mismo sin los abuelos que tuve. No hubiera aprendido de la vida sin el amor de esta abuela que ahora se nos escapa. Quizás, hubiera cambiado de país, cansado del día a día, pero directo: del campo y del corral de puercos al yate ilegal. Gracias a ella, y a mi abuelo José, cumplí ciclos que agradezco infinitamente; haber conquistado primero mi ciudad, conocer los rincones, describir su cultura, leer sus libros, aplaudir sus obras, tocar sus columnas, recorrer sus adoquines…

La Habana fue nuestra ciudad, la de ella y la mía. De la que me ayudó a enamorar y en la que heredé minúsculas fortunas que dejó tras su partida a Miami en el año 1994. Ella vivió junto a mí durante todos los años que pasaron hasta que llegó mi propio viaje. Su refrigerador, sus platos, sus vasos, sus copas, sus sillas, el chiforrober, el radio Vef, una bufanda, algún álbum de fotos y el televisorcito plástico de pared de donde jamás quitó mi foto de niño. Televisor y foto que me traje, para recordarla cada día, al Chile donde vivo.

Mi abuela se ha ido, después de terribles meses de una enfermedad que le exprimió la carne y el respiro.  Y aunque su oído falte, su alma escuchará convencida algo que ella sabe, pero que quiero recordárselo: Lo hiciste muy bien, abuela.

Radio Ciudad de La Habana: nota reescrita (colaborativa) para un doble homenaje

A la memoria de Sigfredo Ariel y de la Radio Ciudad de La Habana que yo conocí

(2020)

Sigfredo me corrigió apenas publiqué la nota en Facebook “Radio Ciudad, una historia que contar”. Hace exactamente una década. Por el uso del “usted”, me quedé con la sensación de que no le gustó mucho que me hiciera eco de los rumores relacionados con la muerte de María Gregoria.

Estimado Álvaro: Algún día se hará la historia de esa estación, a la que alguna vez llamamos «la diferencia», que no es exactamente como usted la ha narrado en su apasionado artículo. Gracias por recordar a Maritza, Federico, Gladys, D’Pérez, y a los queridísimos Robert y María que EPD. Esta última no falleció por la causa que Ud. supone, fue un horrible accidente doméstico, justo en los días en que algunos de sus amigos intentábamos que regresara al micrófono. Le reitero mi agradecimiento por recordar los nombres de algunos compañeros de RCH, y me permito sumar otros, algunos de ellos en FB: María Luisa Morales, Danilo José, Viñoly, Jaime Almirall, Jaime Jr., Xavier Rodríguez, Cary Otero, Marcos Castillo, Iván Latour, Lupe, Albertico Rodríguez Tosca, Ramoncito, José Luis Bergantiños y Azucena Leal, entre otros. Muchas gracias. Sigfredo Ariel”.  El poeta y realizador aprovechó el mismo hilo del post, para referirse a una nota que días previos había escrito yo para recordar una emisión del programa “La Banda Sonora de la Mañana” donde Miriam Ramos, de quien era muy cercano, estuvo como invitada: «Le hice llegar ayer su artículo anterior a Miriam Ramos”.

El artículo escrito, con la pasión que Sigfredo le conocía a quienes hacen radio, generó comentarios que son parte del sentido y ánimo colaborativo de las redes sociales. Las opiniones que aparecieron aportaron a lo que yo había pensado, desde mi vivencia personal, era un homenaje a uno de los proyectos radiofónicos más notables que haya tenido la radio cubana en Revolución. Por eso me permito, incluir algunos testimonios para reescribir y revivenciar esa publicación en un día triste para la radio en cuestión, para la literatura cubana y nuestra cultura. El día en que el cáncer se llevó a uno de los prolíficos protagonistas de esta historia que, seguramente conté con las traiciones de una memoria selectiva y una experiencia más corta que la de otros muchos. Los comentarios aportaron nombres que, con el poco rigor de la red, se me habían olvidado injustificadamente.

“¡Qué memoria Álvaro! Coincido contigo. Radio Ciudad fue, por esos años mozos, una escuela de jóvenes realizadores. El talento florecía en aquellos estudios. Compartí con Camilo Egaña, Sigfredo Ariel, Joel Valdés, Frank Delgado, Alberto Rodríguez Tosca, entre otros. Formé parte del quehacer de la Radio Joven cuando Edelsa Palacios me sumó al equipo. Sí, aunque por esos años formaba parte de la plantilla de Radio Rebelde, tuve la oportunidad de que me contrataran en su noticiero, del cual soy fundador. En Pulso 15 rompimos, hasta donde se pudo, los viejos esquemas. El equipo de jóvenes periodistas como María Emilia Michelena, Juan Carlos Pérez e Ileana Ortega, entre otros, propiciaron un cambio en el mensaje y la forma de contar la noticia. Aunque muchas veces navegábamos en contra la corriente, Pulso 15 fue la nave que se mantuvo a flote gracias al empeño de ellos y otros colegas que se propusieron hacer un noticiero que no desentonara con el estilo de aquellos programas que forman parte de la memoria colectiva y son una referencia para una generación de cubanos que valoró la buena radio”, comentó el periodista y realizador Juan Carlos Roque quien dice, de manera delicada, acerca de la preocupación del equipo de la radio para que los programas informativos se sumaran dignamente a la transgresión de estilo y búsquedas de nuevas formas que allí se generó.

Alejandro Pérez Pozo, un joven realizador que llegaba entonces desde la radio de la Isla de la Juventud, se incorporó cuando Radio Ciudad ya tenía ganado su prestigio y había probado exitosamente sus “fórmulas mágicas”. “Mil gracias por tus excelentes memorias.
Tuve el privilegio de trabajar un par de años en Ciudad y reconozco que fue la escuela necesaria. Lázaro Sarmiento, Carlo Figueroa, Espí y muchos otros me hicieron escuchar la música cubana de otra forma, me ayudaron a reconocerla. También me siento feliz por haber trabajado con gente muy profesional y de los que guardo recuerdos especiales. Gracias de veras por insistir en que no queden en el olvido tantos años de buena radio
”, escribió.

Un eslabón entre aquella generación fundadora y quienes hoy le ponen voces y alma a una emisora que nunca más he escuchado es el premiado y muy intelectual radialista Lázaro Sarmiento, cuya experiencia, memoria y sensibilidad para narrar es siempre un aporte. De manera indirecta, y como él sabe hacerlo, notó que mi remembranza había olvidado, imperdonablemente, mencionar el Programa de Ramón: “Hace unos días, Ramón Fernández Larrea, el creador de uno de los grandes sucesos de la radio en los ochentas, El Programa de Ramón (otro título abrepuertas de Radio Ciudad) me decía que ese programa tenía una magia añadida: unir gente a través de la memoria. Yo le había comentado antes que mucha gente en la actualidad en La Habana continúa recordando ese espacio. Una magia similar reúne a personas en esta sorprendente matrix de Facebook, como diría Federico Wilkins, las cuales en diferentes épocas estuvieron vinculadas a “la emisora joven de la capital”. Wilkins descubrió a Roilé y transformó Actividad Laboral gracias a la formula de los programas musicales de éxito. Estas crónicas de Álvaro alimentan una nostalgia que parece enriquecerse a medida que maduramos. Ahora mismo estoy recordando los días de Musicalísimo, con María Gregoria y Danilo José (nunca he sabido del destino de este “guajiro” talentoso), a Joel Valdés, entrañable en mi memoria, con el que disfruté muchísimo haciendo la Banda Sonora de la Mañana, que casi improvisábamos al aire…los tiempos de Radio Futuro, realizado entre José Hugo, Sigfredo Ariel y yo, y su Señor Memoria, El Viajero Valiente y Gladys Roque, Alberto D Pérez, Robert Martín y otra vez Danilo…luego Café Ciudad con Gladys Roque, Frank Alemán y más tarde Carlo Figueroa… Si hiciéramos un blog sobre Radio Ciudad, como proponía Alexis Núñez Oliva hace un par de años, no sé lo que sucedería. En todo caso, lo importante es que la nostalgia siga siendo lo que era antes”.

(2010) La nota escrita Radio Ciudad, una historia que contar

¡Qué bueno , una radio para jóvenes¡ – dijo Fidel Castro el día de la inauguración, tras escuchar aquel slogan inicial de la radio joven de la capital. Algunos de los presentes se encogieron de hombros y aceptaron el nuevo desafío de complacer al jefe, o al menos de no contradecir públicamente su errónea interpretación. Radio Ciudad NO nació como una radio para los jóvenes de la capital de país. Lo de la frase se refería exclusivamente a que era la emisora más nueva que aparecía en el espectro de La Habana. Sin embargo, su inauguración el 26 de Julio de 1978, en medio de las celebraciones del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, no hizo más que acrecentar la duda hasta el punto de que hoy el discurso jura que es una radio para la juventud. La misma página oficial de la frecuencia así lo dice.

Me lo contó con detalles María Gregoria, un día en que sentados en un escritorio del edificio N de El Vedado – a donde se fueron los estudios definitivamente – repasamos su vida como la voz que identificó la emisora; una voz que a pesar de que hace 10 años no escucho resuena en mis oídos con una dulzura infinita, y hasta con añoranza. Ya no la volveremos a escuchar, sino en grabaciones. María Gregoria murió inexplicablemente, dicen que de locura. La noticia me llegó desde lejos hace unos años y me apretó el pecho. Fueron muchos años teniéndola, primero, en mi equipo receptor; después, en los pasillos de la emisora o en los estudios de grabaciones. Cuando la recuerdo creo escuchar su voz, repitiéndomelo: la radio joven de la capital.

María Gregoria, junto a Robert Martin, fueron las voces que han identificado a Radio Ciudad de La Habana. A ellos dos se sumaba Gladys Roque, que hoy vive fuera de Cuba pero que la recuerdo con un timbre y tono demasiado exclusivos como para que nunca encontremos ninguna otra voz parecida. Los tres poseían la experiencia, la técnica, la escuela y la disciplina adquirida con tantos años de radio en el cuerpo. Y con un entusiasmo pocas veces visto en el medio, pusieron su profesionalismo y credibilidad al servicio de las nuevas ideas.

Recuerdo a Robert, canoso, yendo a grabar con puntualidad inglesa y paso lento, de tono fuerte pero encantador. Identifico su voz con el rescate de los valores del patrimonio musical cubano que le tocó protagonizar en los estudios de Ciudad. De presentar en Radio Progreso, quizás, a Alfredito Rodríguez o algún timbal de moda, llegaba a recordarnos a los grandes con las voces y en los escenarios de antaño. Muchos desconocidos, muchas glorias en los tiempos del olvido, muchos muertos, incluso exiliados, desfilaron en las producciones musicales de programas como El Fonógrafo de Robert (quizás entonces uno de los pocos programas que recuerdo con el nombre de su figura principal, algo que el sistema mediático cubano miraba entonces con pavor). A la experiencia de estas voces, se unieron las ganas y el talento de una generación de artistas e intelectuales.

Mientras los realizadores radiales del país sufrían por los porcentajes y se las ingeniaban para burlar la política de difusión para artistas y discos internacionales, un grupo de talentosos jóvenes decidieron que brindar por lo nuestro no era una obligación sino un gusto que tenían que compartir con todos. Y lo hicieron con placer y ganas, lo que se tradujo en excelentes e inolvidables programas que no venían con la factura tradicional de la fábrica cubana. Quizás ese fue el mayor plus de la programación que, durante varios años, la emisora puso en antena como un verdadero regalo para sus oyentes, para la historia de la radio cubana y para nuestra cultura.

Y no exagero. Algunos eran poetas o escritores devenidos guionistas para la radio. Otros cinéfilos, músicos o musicólogos, balletómanos,… Casi todos tenían algo que decir o, al menos, sabían lo que querían decir. Otra gran diferencia con el panorama tradicional que exhibía el poderío de un colegio de locutores, técnico y conservador, más interesado en la forma engolada y en el texto políticamente correcto para repetir con puntos y comas que en el efecto real de la comunicación y la recepción del mensaje. En vez de “aprender” nos enseñaron a “hacer” una radio más real, más natural e indiscutiblemente de un nivel cultural como ninguna otra emisora de programación variada, de todas las existentes en Cuba. Radio Ciudad durante mucho tiempo no hizo concesiones.

Recuerdo un punto de giro que entonces consideré lamentable. Creí que proyectos musicales populares como Disco Fiesta 98, venían a “ensuciar” la impecable parrilla programática, aunque en aras de la nobleza lo que salía al aire en ese horario ya no aportaba nada y merecía ser reemplazado por cualquier otro programa.  Hoy tengo una opinión mucho más moderada –al menos en lo que respecta a la radio- y menos elitista que entonces. Entonces aquella cierta vulgaridad que yo encontraba en Roilé Rodríguez –a veces escandalosa– fue un aporte para la radio, en general.

Si bien la música bailable era patrimonio de Luis Ríos Vega, Ramón Espigul (Radio Rebelde) o de María Antonia Álvarez (Radio Progreso), con cierta ascendencia monopólica sobre los músicos de moda y su poder, muchos de ellos también se fueron con sus discos a una radio que no era de cobertura nacional. ¿Por qué los salseros, soneros y cumbieros cubanos comenzaron a mirar con buenos ojos una pequeña radio hecha por y para gente elitista, y a veces –hay que decirlo– medio engreída? Antes de que los tradicionales programadores de música, Federico Wilkins, Lázaro Sarmiento y Roilé Rodríguez (quien debe haber sobrevivido a varias sanciones) probaron fórmulas inconcebibles entonces en la radio local y que pertenecían más al terreno de la publicidad y el marketing.

El día que escuché por primera vez la misma canción repetida pensé que era un error. Nunca lo fue. Es una fórmula que hoy usa la publicidad en todo el mundo en sus tandas comerciales para asegurar el recuerdo de marca. Y ese método lo conocí hace 15 años en Radio Ciudad de La Habana cuando, como en el lenguaje publicitario, intentaban hacernos repetir y pegar el disco quizás más conveniente.

Más allá de las confusiones, concesiones o definiciones, Radio Ciudad fue una escuela en la formación de los gustos estéticos y musicales de toda una generación, dentro la que me cuento. En sus programas aprendí a escuchar a Sindo Garay, Bola de Nieva, Barbarito Diez o María Teresa Vera. Hay espacios que quedaron para siempre en mi memoria, algunos de los cuales imagino que aún se escuchan, aunque no sea con los protagonistas originales: Los Grandes Todos, Brindis por lo Nuestro, El Complot de los Compactos, El Show de la Nostalgia,… Pero la parrilla también fue dadivosa en estilos y gustos musicales, Giros, Pizarra Azul, Rapsodia Latina, Melomanía, Musicalísimo, Disco Ciudad o Terapia.

Hubo programas de compañía que pertenecen a mi memoria y de los cuales debe haberme quedado algo de conocimiento: Palabras contra el olvido (increíble y recordada siempre Albis Torres), Una historia que contar, Cambiando de Tema (con Lupe María Romero), Hablar de Poesía o Café Ciudad. Además de los programas y de los nombres que ya he mencionado, hay otros que suenan como si estuviéramos en una sesión de entonces: Danilo José (recuerdo que a inicios de los 90 desapareció sin que nadie supiera donde estaba y un día lo vi de vuelta. Seguro andaba de parranda), Maritza Isla, Braulio Cancio, Edda Esquivel, Gladys Wilson, Joel Valdés, Xavier Rodríguez, Armantina Almiñaque, Juanito Camacho, Luis Margarita, (faltan muchos). Federico Wilkins, a quien me he encontrado por estos días en Facebook, fue mi primer director en Ciudad. Lo conocí cuando con 17 años la periodista Mariela Díaz me llevó con él para que participáramos en un programa que se llamaba Rienda Suelta. Maritza Isla conducía ese programa de Wilkins. Ella vivía en Alamar y las guaguas… ya sabes de esos años. Tiempo después, no llegó a tiempo e Ivón Liantaud (que entonces, y no puedo recordar bien el ciclo de sucesión en los programas, lo dirigía) me lanzó al aire. Era 1991 y yo conducía mi primer programa de radio en toda mi vida, y era justo en Radio Ciudad de La Habana. El primer tema que presenté era Sol y Lluvia, de Charly García.

Ivón dirigió también a Camilo Egaña en Buenas Noches, Ciudad o El Sonido de la Ciudad. Recuerdo que muchas veces me quedaba en el estudio, después de Rienda Suelta, para disfrutar de Camilo en aquellas noches y aquella radio donde se ganó el apelativo de Infante Terrible de la radio cubana. El capítulo Valdés-Egaña es memorable en la historia de esa radio. Ellos intentaron, en un dueto increíble, hacer un aporte en donde no había llegado el talento creativo de los realizadores: los programas del área de prensa.

La parte informativa fue siempre la menos feliz de Radio Ciudad de La Habana, tenía el mismo diagnóstico, o la misma enfermedad, que el resto de nuestra programación informativa. No obstante, recuerdo ejercicios importantes o experimentos para lograr sacar de aquella inmovilidad el desfile de noticias y de cintas intrascendentes.

La emisora quiso colocar sus talentosos realizadores, conductores y guionistas para mejorar la programación informativa.… Hicieron desfilar por sus programas de noticias a importantes voces y rostros de la radio y televisión nacional. Recuerdo a Joel Valdés relanzando un alicaído De todo, tras años de mortandad que quedó tras el paso de Alberto De Pérez y los mejores tiempos del programa. Joel llevó a Rosalía Arnáez y después Castillo, incorporó a Jossie Jiménez. Recuerdo aquel programa local dando estados del tiempo, como loco, de montones ciudades del mundo, como si fuera un programa de señal internacional. En esos días compartí lectura de noticias con Betty Ferrer y Omi Soria, una muchacha entonces con una energía y ganas de vivir increíbles.

Recuerdo también a José Hugo Fernández tratando de hacer maravillas en Pulso 15, un noticiario que después se convirtió en Diario Hablado, pero que de la mano de José Hugo se ganó varios premios en festivales radiales.

Mencioné a Betty Ferrer y la recuerdo, además de por sus hermosos ojos verdes, por su tono y su técnica. Hace poco le dije, al encontrarla en las redes sociales, que ella fue una apuesta en silencio que me hice a mí mismo al escucharla. Era una de las grandes promesas informativas de nuestro medio. Hoy vive fuera del país y quizás la radio no sea motivo de su vida, pero existe una oportunidad sería excelente un retorno al medio; juventud y talento tiene.

Quizás el programa más logrado, entre todos los que tenían noticias y entrevistas, era Hoy; exclusivo para temas artísticos de actualidad. En mis años de universitario era infaltable escuchar “El Cartel Cultural de la Ciudad”, para ver a qué rincón irnos a enajenar con un poco de cultura. Por allí pasaron muchos; creo que María Gregoria lo hizo al inicio, pero mis recuerdos están en el Hoy, de Alfredo Balmaceda; después pasaron Carlos Figueroa y Abel Álvarez,…

Otro de los logros de ciudad fue haber tenido el ingenio de hacer sus propios dramatizados y programas infantiles. Mientras Radio Arte repartía con su industria de telenovelas capítulos a todas las emisoras del país, recuerdo en que en los estudios de Radio Ciudad, los locutores, directores, y hasta músicos, se convertían en actores de guiones y realizaciones propias. Lo mismo en el área infantil donde recuerdo especialmente Quiero Hablar Contigo, del talentoso poeta Sigfredo Ariel. Más tarde, -creo que fue Joel Valdés– crearía el Buenos Días, Personita que hizo la niña Alejandra. Con ella y su madre, me tocaría trabajar cuando me hice cargo a finales de los 90 de la Banda Sonora de la Mañana.

Si bien mi carrera se caracterizó por hacer una radio informativa, en mis gustos e intereses personales Radio Ciudad fue “la radio”. Y sus nombres fueron parte del círculo de esos amigos imaginarios que quienes estamos en la comunicación sabemos que no alcanzan siempre a formar parte de nuestros amigos reales.

En 1996, Radio Rebelde me entregó una hora del domingo, 12.00 Meridiano, para hacer un programa a mi pinta. Así nació Pretextos para un domingo. A la asesora en ese entonces le fascinó el proyecto y lo sacamos adelante. Betsy Acosta fue la locutora que escogí, amiga y excelente profesional de la radio. Fue una gran fiesta que ella aceptara y disfrutar hacer esa hora de radio. La crítica que recibí de vuelta fue: “Este no es un programa para Radio Rebelde, es un programa para Radio Ciudad”. De todas formas, demoraron años en sacarlo del aire y con él me di otro de mis grandes caprichos en la radio. En 1998 ganamos el Primer Premio del Concurso Anual de Periodismo de la UPEC, a pesar de la presión del área de programación porque no parecía “radio nacional”. El capítulo premiado fue una emisión donde conversábamos con Polito Ibáñez, otro artista que conocí en Ciudad.

No importa si hoy Radio Ciudad de La Habana es o no esa emisora de antes; creo que lo importante es rescatar la experiencia y los momentos que regaló como no lo hizo otra estación cubana. Y que para muchos fue una escuela que no se olvida porque, tal como he dicho en otras ocasiones, fue –  quizás- uno de los pocos experimentos comunicacionales que asumidos, bajo el modelo de control y centralismo del Partido Comunista, tuvo resultados.

Diáspora Radio conversa con comunicadores cubanos en el exilio

El exilio -a veces desde el resentimiento o el dolor; en muchas ocasiones, desde el silencio- ha sido el lugar para crecer, esperar, vivir o morir. El destino cubano. Y no sólo en la Península de La Florida. ¡Dónde fuera posible, a dónde pudiéramos llegar!

¿Qué ha sido de voces y rostros que, habiendo sido protagonistas de la comunicación cubana de las últimas décadas, escaparon para refugiarse en sí mismos? ¿Dónde están? ¿A qué sueños renunciaron a cambio de tomar las riendas de su destino? ¿Cuáles son sus penas y cuántas las alegrías que construyeron? ¿A qué se dedican? ¿Armaron ya el camino definitivo o existe espacio para sorpresas, cambios, desafíos, sueños…? Locutores, periodistas, realizadores, directores, sonidistas, editores… forman la diáspora de la comunicación en Cuba. Iremos a su encuentro, cada jueves, a las 19 horas de Chile Continental y Miami, desde mi cuenta de Instagram: @alvarodealvarez.

Será la oportunidad para reencontrarnos con protagonistas que torcieron su camino, pero que están en la memoria afectiva de una, dos, tres generaciones. También, desconocidos para los más jóvenes que no han escuchado hablar de ellos en las cátedras, en las aulas, en los periódicos, en los programas de radio y televisión.

Los invito a que se preparen para el re/encuentro con parte de la historia de la radio cubana del último medio siglo.

De Canela en rama a Canela en polvo

Me acuerdo de él todos los días de mi vida. Apenas llego a la radio, invoco su figura y le pido ayuda. Es que Roberto Canela descubrió lo peor de mí. Viejo de mierda, me sacaste la foto desde el primer día– a veces he llegado a enojarme porque siento que me vigila, que me juzga; que se me va a aparecer por detrás y en una frase seca, grave, desprovista de aparente afecto me dirá: lo hiciste de nuevo. Y es verdad, lo sigo haciendo y, aunque me esfuerce en evitarlo, lo vuelvo a hacer.

Cada vez que estoy al aire en la dirección de un programa de radio La voz de la noticia en Cuba me pena. Debe ser que nunca aprendí la mejor lección que recibí de él y de su experiencia. No, definitivamente no la aprendí.

Había pasado, si acaso, una semana de haber aceptado la dirección artística de Haciendo Radio, cuando Canela me llamó al pasillo. Para dirigir este programa hay que tener paciencia y control– algo parecido dijo, sin que pueda asegurar ahora la exacta textualidad. Con frases parecidas, siempre me alertaba o me confrontaba. Y estoy seguro que lo decía sin ánimo de hacer daño, aunque yo lo tomaba como una bofetada. ¿Tenía razón Roberto Canela? Toda. Descubrió mi genio de guajiro, mi carácter explosivo, la facilidad con que cualquier «malo» me hacía reaccionar y decirle «malo». Aquella transparencia del campesino pinareño que fui (y acaso sigo siendo), dicha en voz alta -sin filtro, sin pensar en consecuencias- en medio de la locura de producción y dirección en vivo, fue detectada por un experto que quizás nunca leyó a Sócrates, pero al que mejor le cabía aquello de «conócete a ti mismo«.

Roberto Canela no fue lo que en el medio llamamos hombre-radio. Fue una gran voz, sí;  un excelente lector, un personaje imbatible en la locución; pero no fue un profesional capaz de hacer cualquier cosa dentro de un estudio. Sabía sus limitaciones y sus talentos como nadie. Evitaba a toda costa exponer sus debilidades, rechazando asumir roles donde no se sentía cómodo; y, por el contrario, disfrutando orgásmicamente aquello que emocionaba al resto. Leer. Convencer.

Con el tiempo he pensado que un hombre que fue severo consigo mismo, que se autoimponía límites, estaba entrenado en detectar límites ajenos. Y los míos, los visualizó tan tempranamente que me hizo pelear contra ellos. Sin resultados, ciertamente; pero el diagnóstico siempre es fundamental. Y si bien mi explosivo y caricaturesco genio en la dirección de equipos me ha acompañado en todos estos años, sé cuándo detenerme y cuándo me corresponde ceder. El susurro fantasmagórico de Canela me obliga.

Haciendo Radio era una maquina demoledora; en realidad, era un lugar para profesionales con autocontrol y «operado de los nervios». Y dirigirlo, llevaba implícito terminar cada mañana con alteraciones fisiológicas producto del estrés que generaba exponerse a la diversidad de caracteres de decenas de periodistas y otros profesionales; todos en vivo. Y agrego, siempre y cuando vibraras con tu trabajo, siempre que estuvieras ahí por pasión y no por cumplir funciones de un cargo de trabajo asignado.

Quién fue Canela

Busco en Ecured con el ánimo de encontrarlo. Imagino que los creadores de la enciclopedia digital cubana ya han tenido algunos años para ir incorporando información pendiente, pero… no. El perfil de Roberto Canela no existe en la categoría de locutores cubanos: “Relación de nombres y trayectorias profesionales de locutores cubanos de todos los tiempos. Aquí están incluidos además de los más consagrados, los profesionales noveles que merecen este espacio por su trabajo diario para la televisión, la radio u otros espacios”. Imposible.

Pero no quiero culpar sólo a un compendio de biografías y resúmenes de tal desconocimiento, las mismas fuentes vivas no pueden decir mucho de él. Sus compañeros de generación fueron muriendo o escapando, de su trabajo poco o nada se escribió en los libros de historia radial, las estrellas fueron olvidadas y los más jóvenes lo conocieron en el declive de su carrera y de su vida, cuando Roberto Canela cumplía sus funciones con total hermetismo. No sé si siempre fue tan celoso de su vida; pero al final del andar, ya era difícil arrancarle cualquier historia.

Si bien murió siendo conocido como La Voz de la Noticia en Cuba, rol que cumplió cada madrugada y mañana, de lunes a sábado, durante más de 17 años, Roberto Canela fue actor, narrador de novelas, narrador deportivo y locutor informativo y, lo que pocos conocen, fundador de la televisión cubana.

Eran los años 40, cuando se estrenó en la radio CMJK La Voz del Camagüeyano, de su provincia natal. Allí fue locutor y parte del cuadro dramático. Para hablar de su ingenio y creatividad, se rememora siempre, por esos lados, cuando le tocó hacer una lectura política, junto a la figura local Deogracia “Nino” Moncada. Trataron de simular un duelo, y recurrieron a algunos recursos dramatúrgicos. Fue tanta la fuerza que Canela colocó en la ocasión que la herramienta de carpintería que tenía en su mano, para lograr efectos sonoros, fue a parar a la frente de su colega, provocándole un alarido que sólo podía ocurrir en la radio de entonces: ¡Cojoyo, compadre, me has mata´o!

A los pocos años de sus inicios, Canela decide probar suerte en la capital y se traslada a La Habana, donde se convierte en locutor de importantes cadenas nacionales de radio. Llegó a ser profesional de planta de la codiciada Unión Radio, convirtiéndose en uno de los protagonistas del estilo moderno de las transmisiones deportivas en la radiodifusión cubana.

En su blog, Carlos Bua cuenta que «hasta 1949 las transmisiones de eventos deportivos consistían en describir el evento y ofrecer anuncios comerciales, que eran incluidos durante la transmisión, pero fue precisamente en la temporada de pelota profesional de ese año que la emisora Unión Radio, inauguró la era del narrador y comentarista”.

Canela formó parte de ese novedoso equipo que renovaba el formato de las emisiones de béisbol en vivo y que incluía al periodista René Molina, en los comentarios; y a Felo Ramírez, en la narración. Cuando en 2017, Felo -convertido en la voz de los Marlins y en un referente de la narración pelotera del continente- falleció en los Estados Unidos, en algunas reseñas apareció el nombre de Canela.

Ecured lo menciona cuando se refiere a la historia de Unión Radio: “En los inicios la programación tuvo inicialmente un marcado carácter informativo y por ello agrupó entre los fundadores a quienes posteriormente serían destacadas personalidades de la radio y del periodismo cubano como Juan Emilio Friguls Ferrer, Evelio Tellería y Juan González Ramos, algunos de los cuales le acompañarían posteriormente en sus disímiles empeños televisivos, entre los locutores estaban Roberto Canela, Adolfo Piñeiro y Díaz del Castillo”.

Los conocedores de los medios de información en Cuba saben de la importancia y el papel que jugó Unión Radio en el mercado de las comunicaciones y de cómo su dueño Gaspar Pumarejo golpeó a los Mestre con la primera transmisión televisiva de Cuba.  Roberto Canela fue parte del equipo fundador de la televisión cubana. El día antes del estreno recibió de manos de Pumarejo una carta que éste entregó a todos los empleados: “Agradezco anticipadamente desde lo más profundo de mi alma, la cooperación que me brinden mañana, día señaladísimo en los anales no sólo de la historia de Unión Radio y Unión Radio Televisión, sino en la historia de Cuba, ya que nos cabe la gloria de haber sido los primeros en incorporar nuestra patria al más moderno invento de nuestra época”. La fallecida publicista y propagandista cubana Mirta Muñiz, parte de aquella arrancada, ratificó en una entrevista con Paquita Armas Fonseca en 2010 que “nombres de actrices como Raquel Revuelta, periodistas como Juan Emilio Friguls, locutores como Roberto Canela () son realmente los verdaderos fundadores de la televisión en Cuba«.

Conoció muy bien la casa de los suegros de Pumarejo, ubicada en Mazón y San Miguel. Como si no, si allí se instaló el primer set del nuevo canal de televisión y participó en las primeras transmisiones en exteriores, desde el Estadio El Cerro.

Con los cambios generados en 1959, Canela se mantuvo en la radio nacional. Primero, en Radio Liberación y después en Radio Rebelde donde acompañó a los oyentes, prácticamente, hasta el momento de su muerte. Tras los años como lector de noticias, en el informativo matinal de su última estación radial, la audiencia se despidió para siempre de él como La voz de la noticia en Cuba.

El Roberto Canela de Haciendo Radio

Parte de lo que he contado sale de la necesidad de reconstruir su legado, sin que me hubiera tocado vivirlo; y otra parte, de confesiones que alguna vez logré. Pero hay un Canela más real para mí, más cercano; ese que me regañaba, que me alertaba; el personaje y la personalidad que tuve la suerte de tener como colega y compañero de equipo.

En la foto, agachado junto a Roberto Canela y otros compañeros del equipo del programa Haciendo Radio (1998).

¿Cuántos muchachos con ganas de comerse el mundo habría visto pasar por su lado?- me pregunto a veces. ¿Cuántos de ellos, sin embargo, se habrán sentido en deuda con él y con la historia de la radio cubana?- la respuesta que tengo me apena.

Fui distante al conocerlo. Era serio, parco, observador; poco expresivo, excepto cuando se enojaba. Su rol, además, era justamente informar seriamente lo que seriamente se podía informar.

Había sólo dos maneras de sacarlo de su compostura, al aire. Una, con las muchachitas. Las muchachitas” le llamábamos a un gingle fundador del programa donde unas vocalistas preguntaban en tono de burla “qué hora dijo” y soltaban las tremendas carcajadas. Al inicio pensé que se había fabricado un personaje. Cuando decía la hora, y le lanzábamos sorpresivamente a “las muchachitas”, se ponía furioso, y decía al aire el primer improperio que se le venía a la mente.

Él mismo me lo confesó en medio de una estresante madrugada del primero de enero -creo- que de 1997. El auto que trasladaba a los conductores principales, y que llegaba poco antes de la partida del programa a las 5 de la madrugada, se había roto. Los conductores no llegarían esa mañana que, por ser Radio Rebelde, no era cualquier mañana para nosotros. Además, la invitada principal al programa sería Vilma Espín, una de las mujeres principales del relato revolucionario cubano, dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas  y esposa de Raúl Castro. Quién llegara a conducir el programa, ante el imprevisto, tendría que asumir la entrevista.

Yo dirigía Haciendo Radio. Miré alrededor, vi que entre todos los que ya estábamos en la emisora, él era el único locutor. Me acerqué y le dije: te toca. Olvídalo, soltó gruñonamente y me dio la espalda. Insistí, pero jamás salió del No. Sí, Roberto Canela se insubordinó; pero muy escuetamente explicó sus razones, que lo no lo haría bien, que no improvisaba porque no le gustaba ni tenía el oficio y que no haría el ridículo. Si bien, no tenía muchas alternativas, valoré su confesión y su humildad. “Hazlo tú, tú puedes hacerlo”, me recomendó entre enojado e indiferente. Y así tuve que hacer, porque el jamás permitió que lo sacara de su rol.

Después de aquella conversación, yo miraba más atentamente su reacción cuando “las muchachitas” lo sorprendían. Y empecé a dudar del personaje. No se enojaba para seguir el juego dramatúrgico. En verdad, no lo disfrutaba, porque lo obligaba a viajar a un formato distendido y de reacción improvisada. Muchos oyentes, sin embargo, comentaban cómo se divertían con la escena radiofónica.

Otra manera de sacarlo de su rutina lectora era con el fragmento de una canción que usábamos también en formato de gingle. “Canela en rama, canela en polvo”, decía la letra del estribillo que aludía a las distintas formas de usar la corteza del árbol del Canelo, pero mientras sonaba la canción uno de los conductores se dedicaba a aclarar que Canela estaba hecho polvo. Y, pensándolo bien, era un pésimo bulling, era una gran crueldal porque no sólo estaba viejo biológicamente, él se sentía viejo. Pero debo decir que siempre las intenciones del equipo fueron sacarle una de sus escasas sonrisas.  

Roberto Canela murió como quiso. Hasta que pudo frente al micrófono. Debo aceptar que todavía hoy – aún habiéndolo dicho hasta el cansancio durante años – me erizo al acordarme de su música característica y decir bien rimbombante “Con ustedes la voz de la noticia en Cuba”.

Los editoriales

Creo que después de la década del 60, el Partido Comunista de Cuba nunca redactó tantos editoriales seguidos como en la primera parte de los 90, cuando hubo que ir contándole a la gente las miserias económicas y humanas que se avecinaban. Para ello, estuvo siempre Roberto Canela.

Aquellos editoriales que hablaban de la escasez de arroz, de los problemas de la zafra azucarera, del inicio del cobro de espectáculos deportivos, de la exclusión de los cigarros del subsidio estatal, junto a las peroratas para intentar que la gente no se derrumbara, se sostuvo en la fuerza, en el acento, en el ritmo, en las transiciones y en la entonación de la voz de la noticia.

Casi todos eran extensos y tediosos editoriales que, una vez aparecidos en Granma, debíamos reproducir íntegramente. Y muchas veces lo hicimos de mala gana. En otras ocasiones, consideramos que eran importantes porque -limpiando la paja- lo que allí se contaban eran cambios importantes para la vida doméstica de los cubanos y evidenciaban la gravedad de la crisis que vivíamos en el llamado Período Espacial.

La lectura de uno de esos textos oficiales podría durar perfectamente 15 minutos y, a veces, mucho más. Canela solía hacerlo en vivo. Le gustaba hacerlo en vivo. Aunque ya supiéramos lo que allí se decía, parte del equipo se paraba frente a él, detrás del vidrio, y seguía su lectura que, muchas veces, terminó en cerrado aplauso de sus compañeros de radio.  Ponía su alma al servicio de la palabra. Después por instrucción oficial, los editoriales debían repetirse en otro horario del programa y lo convencimos para grabarlos, cuando eran muy largos. A veces, grabamos su primera lectura en vivo; en ocasiones, él mismo decidía bajar al piso 2 del ICRT donde teníamos un pequeño estudio de grabación. Llegaba con su “obra” lista, en una vieja cinta magnetofónica.

Desde que lo conocí me maravilló ver cómo ese hombre podía convertir en algo “escuchable” un editorial o una intrascendente nota de papas y caña. Le dedicó toda su vida a la comunicación de los cubanos. En la última parte de su camino, fue utilizado para manipular la opinión pública y supo hacerlo y ganarse el cariño de los oyentes que, más que por las cifras de emulación que le contábamos, se nos hacían amigos por el estilo, por el dinamismo del programa y por las horas en que le acompañábamos.

Siempre encontré algo enigmático en Roberto Canela. Me llamaba la atención que no había historias, ni susurradas ni en voz alta, en torno a su figura. Y eso era muy raro en los pasillos de la radio y televisión criollas.

Por ese tiempo, yo sacaba al aire un nuevo programa de entrevistas: Pretextos para un domingo. Andaba a la siga de protagonistas diferentes que tuvieran cosas novedosas que contar. No había mejor manera para conocer de él, que él mismo. Le propuse entrevistarlo. Para variar, se negó; pero esa vez sí logré convencerlo. Hacía décadas nadie lo entrevistaba. Él decía que no se dejaba entrevistar porque su vida era muy aburrida y no era de los que gozaban figurando. Descubrí que era mentira. Ese día de 1999, poco antes de mi salida de Cuba, Canela habló, casi sin pausas, sobre su vida profesional. Y lo tenía frente a mí para descubrirle cada emoción, en los gestos de su rostro, en las sonrisas que se le escaparon, en los ojos que se pusieron vidriosos.

Estoy orgulloso de esa entrevista que salió sin cortes al aire, y donde supe por primera vez una parte del recurrido profesional que aquí he contado. Aquella entrevista quedó en un cajón de la oficina, en el momento en que abandoné el país. Nadie se preocupó de salvarla. Y los entiendo. En las cintas del Departamento de Prensa de Radio Rebelde, generalmente, había contenido informativo trivial y, en el fondo, la mayoría estábamos conscientes de que casi nada era rescatable. Mi error fue dejar los trabajos sin respaldo. Estoy seguro que no hay otro material en la radio y televisión cubanas donde Roberto Canela cuente, durante 60 minutos, la historia de su vida en los medios de comunicación del país.

Debo confesar también que cuando conduje y dirigí Haciendo Radio me confabulé para mandarlo a descansar a su casa. Operación sin resultado. A Canela se le caía la plancha de dientes leyendo noticias y algunos días era insostenible mantenerlo al aire. Lo acompañé en la muerte de su hijo y en sus dramas pasionales con una mujer joven que quería heredarle la casa. Lo único que pedía cuando salíamos al extranjero, sin embargo, era un pegamento para la plancha dental que le permitiera seguir vivo con esa pasión suya por la radio.

Cada vez que veo un anuncio o una publicidad con productos de este tipo, se me escapa una cariñosa sonrisa y lo recuerdo en las mañanas de esa isla, con ínfulas de continente, que lo creó con la misma indiferencia con que lo sepultó.

Canela murió desdeñado y olvidado. Y creo que no haya dudas, después de haber expuesto lo difícil que se hace reconstruir su paso por la comunicación cubana. Adicionalmente, a diferencia de otras figuras con las que quisimos exculparnos al final de su vida, él no recibió premios ni nombramientos relevantes.

Hubiera querido estar en la muerte de Canela, acompañarlo y hacerle justicia. Estoy seguro que más que un comentadillo obligado de un periodista de redacción, y la lectura de una nota oficial, no se dijo más. No sabían más.

A 20 años del adiós

(27 de junio de 2000 -27 de junio de 2020)

Algunos me recomendaron que no lo hiciera, que tenía una carrera prometedora y que era muy temprano para partir. En mi familia, varios me pidieron que lo pensara bien y mi madre –nunca olvido el momento en que, sentados en los sillones del portal y a punto de caer la tarde, le conté de la decisión final- quedó inmóvil como con los ojos fijos pero perdidos, hasta que frunció el ceño y se mordió los labios. Y, por supuesto, no faltaron los que te dieron una palmada en el hombro y, cual filósofos del sufrir doméstico y la clarividencia popular, te dijeron: haces muy bien, de este país hay que irse.

Fue una lucha inicial conmigo mismo. ¿Estaría haciendo lo correcto? ¿Me arrepentía tarde de la decisión y perdería lo que entonces yo considera una gran ganancia? ¿Qué dirían de mí?, siempre la maldición de sentirse juzgado por derechos que te pertenecen.

La despedida fue larga, porque no hay nada peor que decirse adiós a uno mismo. Y eso es emigrar, desprenderse de lo que eres sin saber en quién te convertirás, pero con la certeza de que estás cambiando de piel, y para siempre. Que incluso, si alguna vez decides retornar, regresará a casa una persona diferente a la que partió.

Nunca volverás a ser aquel tú. Tendrás que dejarte ir para encontrarte. Olvidarás dar las gracias, y definitivamente, por lo que no pediste. Morigerarás el valor del agradecimiento para potenciar tu propio yo, el  Superhéroe convertido en uno mismo. Aquilatarás el verdadero valor de las derrotas y de los éxitos, aprenderás del sabor de las caídas y de las fiestas, al levantarte. Entenderás que nadie podrá traspasar tu propia frontera porque dejaste de tener fronteras. Fueron las tareas que impuso este camino que hubo que recorrer; a veces, a toda velocidad ; a ratos, precavidamente vigilante.

Hace 20 años que dejé de ser, sólo el feliz hijo de Magali, para parirme a mí mismo. No hay parto más doloroso. No habrá, jamás, mejor llanto que aquel que te llevó a entender la vida.

Antonio Moltó: Tan hijo mío como tú

Esta crónica fue escrita en agosto de 2017, tras conocer la noticia de su muerte.

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Antonio Moltó Martorell fue un periodista, nacido en Santiago de Cuba en 1942. Tuvo una larga trayectoria profesional vinculada al Instituto Cubano de Radio y Televisión, y la Unión de Periodistas de Cuba. Fue director del Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Al fallecer, en 2017 era Presidente de la UPEC y había recibido el Premio Nacional de Periodismo José Martí.

Ser revolucionario es bueno. Ser revolucionario es malo. ¿Cuántas vidas se quedan atrapadas en el maniqueísmo que ha protagonizado la vida de los cubanos en el último medio siglo? Y ahora; Moltó fue bueno, Moltó fue malo. Y los que piensan una cosa, y los que piensan otra, se hacen flaco favor porque -en nada- se alejan de nuestra desgracia. Aquella que nos puso a pelear, que hizo dividir a las familias, que provocó el enfrentamiento de los hermanos. Aquella que nadie se ha preocupado de sanar.

Ha muerto el periodista cubano y dirigente gremial Antonio Moltó Martorell. Para quienes enumeran su compromiso con la llamada Revolución Cubana, antes de morir, ya era casi un monumento al que no le cabía una medalla, un diploma o una acción heroica más. «Desde los principios revolucionarios y como protagonista de primera línea en importantes tareas y desafíos de los periodistas y de la prensa cubanos en las últimas décadas, Antonio Moltó no escatimó esfuerzos, incluso a costa de su salud y de su tiempo«, dice el comunicado oficialista emitido por CubaPeriodistas.

Para quienes lo juzgan por su falta de empatía con el periodismo independiente cubano, fue un agente más de aparato represor de la prensa local. «Decidió formar parte del mismo aparato represivo que un día lo jodió. Y desde la UPEC participó y ayudó a ejecutar la persecución de los periodistas independientes y a preservar los mecanismos de censura«, escribió uno de ellos.

Será que a los revolucionarios se les acabó la poesía. O será que en verdad ya no hay revolucionarios sino cadáveres que deambulan como fantasmas sin poder decir ni escribir. Por miedo o por indiferencia. ¿Es esa palabrería, esa enumeración de cargos y logros -enumeración castrada, por cierto- las que merece en realidad el jefe que yo tuve?

Moltó fue otro maestro que me validó como nadie y que confió en mí, a pesar de la juventud y la inexperiencia; el colega que me acompañó en cada una de mis decisiones aunque algunas, como la decisión final, le doliera como a pocos; fue el ser humano que vigiló cada una de mis caídas; el hombre que me alertó del próximo obstáculo, pero que no me lo quitó del camino ni me prohibió recorrerlo; el profesional que me desafió para que cada día fuera mejor y sin mirar al resto porque «no hay paradigmas acá para seguir«; y el padre que me gané, aunque sabemos que a veces algunos hijos salimos ingratos.

Es la primera vez que lo cuento

Hace casi 20 años un confuso incidente policial ocurrido en La Habana, y en el que me involucré para ayudar a terceros, se revirtió contra mí. La Policía cubana, a pesar de la intervención de algunas personas de rango, no logró detener el tema. El caso había pasado a la Fiscalía. Ello implicaba que el ICRT y Radio Rebelde, serían notificados de la situación. Sin dudarlo jamás, hubo dos personas a las que recurrí inmediatamente a contar todo lo sucedido. Uno de ellos fue Antonio Moltó. ¡Te van a destruir! Jamás olvido aquella frase que soltó sin pensarla, pero con la transparencia de quien había vivido más de algún huracán en la radio y televisión cubanas. Hacía meses yo había organizado unas «largas» vacaciones en Santiago de Chile. La decisión, siempre consultada con él, fue adelantar el viaje antes de que el aviso llegara a la radio.

Durante mi primer mes en Chile me llovieron los correos, los mensajes… de compañeros de programa y de emisora indagando acerca de la determinación de volver o no al país, porque nadie sabía de mí. Ninguno de aquellos mensajes fueron de Antonio Montó. Era el único, fuera de mi entorno familiar, que supo que no habría regreso, que la historia de Álvaro de Álvarez en la radio cubana -historia de la cual fue creador y culpable, en gran parte- terminaba para siempre el 26 de junio del año 2000. Sólo me había pedido que no me fuera sin despedirme; me esperaba en su casa de Santos Suárez, la noche antes del vuelo.

Hubo lamentos. Elogios. Pena. Palabras de fuerza. Alertas. Y la confesión de que en Chile vivía su hijo. En realidad era su hijastro, pero esa palabra jamás la mencionó. Sacó de su bolsillo una carta. Afuera estaban los datos y la dirección. «Cualquier cosa que necesites, que te ayude. Yo le explico en esta carta quién tú eres«, me dijo y agregó que podía leerla. No lo hice, sin embargo, hasta que el tedioso y extenso viaje La Habana-Panamá-Santiago agotara todas las alternativas y todas las lágrimas. Aquella carta ratificaba, sin duda alguna, lo que yo había encontrado en él. Aquella confianza que siempre me inspiró se justificaba en la nobleza y humanidad de Moltó. El texto que le dirigía a su hijo, pidiéndole que me ayudara en todo, tenía fragmentos que me emocionaron, pero una frase jamás he podido olvidar: «Ese es tan hijo mío como tú. Ya sabrás qué hacer

El monólogo de la croqueta

1995. Salíamos de la Universidad al deprimido mundo laboral de los medios de comunicación y el mercado. Al llegar a Radio Rebelde, fue el Subdirector Antonio Moltó quien nos recibió. Ese día de septiembre fue cuando lo conocí.  Ana Teresa Badía, periodista activa en los medios oficiales, me recuerda esa jornada cuando Moltó nos dice que sólo había una grabadora en la radio y nos la pasó a ambos. Pero lo que resuena en mis oídos eran las funciones del trabajo periodístico que nos esperaban. Nos incorporaríamos al gran Departamento de Reporteros de la radio, pero… surgió el primer pero. Sólo había dos sectores o áreas de cobertura disponibles para trabajar, cual de las dos me pareció horrible: Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), y Comercio y Gastronomía.

No hubo disputa entre Ana Teresa y yo, porque ella escogió cubrir UJC y ya no me quedaba  dónde seleccionar. Pero, ¿qué hacía y le podría decir a un país donde había hambre, los restaurantes no tenían comida, las cafeterías sacaban un helado o dulce una vez al día…? Comenzaron los problemas. El jefe de reporteros me exigía «4 cajitas» (reportes en cintas magnetofónicas) por cada jornada.  En las primeras dos semanas yo no había logrado grabar ni un reporte de prensa. Nada. Mi posición siempre fue que no me iba a aparecer hablándole a la gente de comida cuando tenían hambre. Moltó escuchó desde su oficina lateral una de aquellas peleas entre Orlando y yo. Nos llamó. Pidió los antecedentes de la disputa y le solicitó al jefe de reporteros que me dejara sólo con él. «Tienes toda la razón, ¿cuánto tiempo necesitas?», me preguntó. Sin saber qué responder, le expliqué que estaba yendo a las reuniones, a las pautas, a donde nos citaban para ir entendiendo la dinámica, saber qué cosas se están haciendo y en qué temas detenerme con un mínimo de credibilidad. «Toma el tiempo que necesites y cualquier problema me avisas. Yo hablaré con Orlando», respondió.

No puedo hoy recordar quién, pero a la salida de la reunión una persona me preguntó cómo me había ido con Antonio Moltó. Le conté y comentó: «Está pensando en ti para otras cosas. Lo conozco», respondió. Dos semanas después de aquella reunión, yo tenía lista mi primera salida al aire en Radio Rebelde como reportero profesional.

El gran y fallecido humorista cubano Carlos Ruiz de la Tejera aceptó ayudarme y grabó especialmente para mí una versión de su conocido Monólogo de la croqueta. La rutina del artista sirvió como leitmotiv para tres reportajes sobre la gastronomía cubana que presenté el mismo día en el matutino Haciendo Radio. Aquellos tres trabajos provocaron un impacto positivo al interior de la radio, otros programas me pidieron repetirlos y me gané la simpatía -y el bono en efectivo que recién se implementaba- del entonces director del programa Humberto González Borduy.

Esa misma semana, Moltó me llamó a una reunión. Había dos periodistas más citados a su oficina. Quería contarnos de un sueño: crear un área de investigación periodística en el informativo de Radio Rebelde y quería que nosotros fuéramos sus fundadores. La persona que me había interpelado a la salida de oficina de Moltó dos semanas atrás, no se había equivocado: tenía planes para mí. Siempre tuvo planes para mí y fue quien me hizo crecer y ocupar los espacios que pensó que yo merecía.

La «traición» de Liseette Cepero

En una crónica titulada El otro César Arredondo conté la historia de cuando una de las grandes voces de la locución cubana y Secretario del Partido Comunista de Cuba nos exigió organizar un mitin de repudio contra Lissette Cepero, compañera de curso, colega en la radio y quien se había quedado durante la cobertura de los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá. En ese entonces dije que había recurrido a una persona para que evitara aquel descalabro.

Escribí entonces: «Corrí en busca de auxilio para nosotros, los jóvenes de entonces. Una persona militante como César, pero menos ortodoxo y que parecía haber aprendido de la historia reciente me apoyó. Y trató de impedir el acto político. Él subió al piso 8, donde la Vicepresidencia del ICRT y al Partido de todo el organismo para que trataran de convencer a César de que su idea no era prudente. Es la primera vez que lo cuento, y por supuesto, por el respeto y el cariño a ese profesional no diré el nombre». Y hoy es la primera vez que lo identifico, esa persona fue Antonio Moltó.

Hay que ayudarla

De reportero a hacer unos pocos reportajes investigativos (o al menos que tuvieron tal pretensión), de ahí a un móvil que me ofreció para recorrer durante 30 días todo el país (en ese viaje nació mi entrañable amistad con Ríspido Arceo, exchofer histórico del móvil de Rebelde) hasta que me convenció y me llevó como Director de Emisión de Haciendo Radio.

Fue dura experiencia, pero estuvo a mi lado como Director Informativo meses hasta que yo me sintiera cómodo. Llegamos a Santiago de Cuba a un encuentro de reporteros inolvidable donde frente a todos -las vacas sagradas de provincia, los buenos, los talentosos, los enamorados de la radio, los regulares, los engreídos, los peligrosos- levantó la voz y validó «al joven Álvaro» como el jefe de aquellos estresantes despertares. Llegamos allí, al Oriente, en un viaje en tren que duró 17 horas y que sirvió para todo, incluso para que yo escribiera una crónica donde retrataba a cada periodista con algo característico. Era un texto que nació del aburrimiento y que después Antonio Moltó quiso que yo leyera ante todos, para que supieran cómo los percibía en medio de la rutina de Haciendo Radio.

Cuando hubo que reemplazar a Félix Fernando Garrido como conductor del programa no lo pensó dos veces: lo haría yo. Fue quizás el desafío más difícil pero el que más amé. Sin embargo, este «llevarme de la mano junto a él» tuvo un momento tenso.

Quien después fuera mi compañera en los despertares de Cuba y a quien sigo queriendo, por encima de todas las diferencias ideológicas que nos separan, Arleen Rodríguez Derivet llegaba de dirigir el periódico Juventud Rebelde a Radio Rebelde. Era un «premio» de esos que el Departamento Ideológico del CC del PCC entrega a sus defenestrados hasta que la rabia pase. Será ella quien cuente las razones -si así lo cree necesario algún día- y no yo. La instrucción era que Arleen fuera ubicada como reportera. «La quieren humillar», me dijo Antonio Moltó en una conversación personal que por primera vez revelo.  «No lo podemos permitir«, y me contó de sus esfuerzos para convencer a Mario Robaina, Director de la emisora y entonces Cuadro del Partido, de que la pusiera a su cargo y no fuera enviada el Departamento de Reporteros. Si ello ocurría, su plan era que fuera mi compañera de conducción y quería saber cuál era mi opinión y si yo estaba de acuerdo. Costó la aprobación, pero lo logró. Sin tener que consultarme nada, el respeto con el que preguntó mi parecer y con el que hablaba del trabajo de una colega injustamente sancionada seguía catapultando a Moltó entre las personas más importantes de mi vida profesional.

Cuando la operación estaba lista para el arribo de Arleen, volvió a hablar conmigo y fui el primero del equipo en saber de su integración. Me quería recomendar que aprovechara la oportunidad, que era una mujer muy profesional, que me podía guiar y alertar en los límites (que yo entonces desconocía o que los traspasaba sin evaluar el riesgo de ello). Sentí, además, que me necesitaba como su aliado en esta estrategia. Si yo me incomodaba o no me gustaba la compañía, quizás hubiera sido razón para hacer valer la imposición inicial del Palacio de la Revolución. Ya otras veces lo he escrito, pasando los ajustes iniciales, Arleen Rodríguez fue una suerte en mi carrera y otra persona que levantó la mano a mi favor las veces que fueron necesarias. Y de aquel equipo del despertar de la isla, salió una verdadera familia que -al menos creo- con sus altos y sus bajos (como toda familia) logró sortear los vientos y huracanes.

Podría seguir

… contando decenas de historias. Desde los pavos y los frincandeles que nos salvaron cuando no teníamos comida para llevar a nuestras casas, en años negros de la crisis económica; hasta cuando comenzó a sentirse enfermo y tuvo que salir del equipo de la madrugada.

Moltó es de esas personas que me conquistaron por la transparencia de sus sueños. Podría recitar mil veces aquello de Fayad Jamis… «con tantos palos que te dio la vida y aún sigues dándole a la vida sueños«. Muchos no lo entienden por eso, a raíz de su muerte algunos se preguntan por qué si sufrió la intolerancia del sistema en primera persona siguió siendo parte de él hasta su muerte. Y lo acusan. Es que Moltó era un soñador con el que puedes no compartir todos sus sueños, pero no dejar de admirarlo.

Moltó siempre creyó que todo lo que tuvo que pagar en su vida militante fue culpa de oportunistas e hijos de punta, pero no de la Revolución. Y quiso morir defendiendo la misma Revolución de la que guardó todos mis secretos, o de los oportunistas e hijos de punta que pululaban o pululan en ella. Y con el paso de los años, y después de haber conocido tantas ratas que se escondieron en mi regreso por las calles de La Habana, preocupadas por evitar que les afectara mi saludo, él y un puñado de amigos siguieron abriendo las puertas de su vida.

Hoy a CubaPeriodistas le ha faltado la valentía para, en su panegírico de estatua, contar también de cuántos cargos tuvo que abandonar o cuántas ideas tuvo que pagar. Incluso, de cómo llegó a ser Presidente de la UPEC (Unión de Periodistas de Cuba), en contra del deseo del mismo defenestrador que ya tenía elegido su Presidenta Ideal y que hace 4 años le auguró la muerte temprana como argumento para que desistiera del nuevo cargo. Hasta el final fue un hombre que dio la pelea contra los hijos de punta y decidió morir defendiendo un sueño, aunque ya no fuera el sueño de todos.

Franco fue Así

Texto escrito el 5 de agoto de 2015 (Publicado inicialmente como nota en Facebook)
Francisco Rafael Carbón, nació el 4 de octubre de 1935, en Banes, Holguín. Falleció en La Habana, Cuba, el 13 de julio de 2014. Fue uno de los más reconocidos locutores de la radio cubana. dejando su historia frente en los micrófonos de emisoras como Radio Reloj, Radio Liberación y Radio Rebelde, donde quedó catapultado para siempre como la voz de la revista cultural Así.

Dicen que en sus últimos años, Franco cambió. Dicen que los jóvenes de su muerte al parecer no tuvieron el mismo privilegio que los jóvenes de mi generación, para quienes la voz de Así fue maestro, compañero, colega y amigo.

Acostumbrado a lecturas equivocadas (no es la primera vez que lo digo o escribo) en un país de lecturas autorizadas, puedo sospechar que hubo poca capacidad y empatía para entender algunas reacciones no esperadas de la siempre ponderada gloria de la locución cubana.  

Machista, amante de la belleza femenina, extremadamente humano, de risa fácil entre quienes le simpatizaban, bueno para la talla y con un chiste a flor de labios, comprometido con sus pasiones, ponderado, tranquilo a diferencia del ritmo ágil y veloz con el que los cubanos lo identificaron para siempre, cariñoso con quienes le rodeaban…así lo recuerdo.  

Franco Carbón perteneció a una escuela audiovisual que no pudo traicionar. Y cuyos ciertos valores humanos, formales y técnicos le acompañaron toda la vida. Franco vivió y murió convencido –como aprendió en el capitalismo – que los programas eran lo que eran sus voces y rostros. Sabía que la audiencia se construye a través de los vínculos, el verbo, la simpatía… de sus conductores. Y que ellos decidían cuándo un programa moría, aunque esa decisión fuera en sentido contrario a la determinación de un funcionario o directivo del medio.   No lo digo porque tenga yo la capacidad de leer a los muertos. Lo digo porque lo conversamos muchas veces.

Era año 1996, cuando Antonio Moltó me convenció para ser el director artístico de la maquinaria periodística más oficialista de Cuba, Haciendo Radio. Entonces, tuve jornadas vespertinas enteras, sentado a su lado; me colaba en la cabina de transmisiones de Radio Rebelde durante la emisión del programa Así y mientras los oyentes escuchaban música, yo recibía las opiniones y consejos de un viejo hombre entrenado en y para la radio. Había que hacer un programa nuevo aunque no nos dejaran cambiarle el nombre; fue su recomendación. Y coincidimos de que había asumido yo una difícil tarea: rescatar todo un tramo horario identificado con el tono, el ritmo y la novedad del uruguayo Jorge Ibarra y con la sonrisa de Gladys Goizueta.  

No cualquier periodista o locutor podría lograrlo y con uno de los que tendría a cargo, frente al micrófono, la tarea comenzaba muy pesada y cuesta arriba. Entonces, recibí la primera gran lección de Franco Carbón, los programas de radio y televisión deben nacer y morir con su conductor.  

La cultura de la defenestración en primera persona

Estoy convencido de que las cosas que pudo hacer en sus estertores, mi querido maestro, no fueron contra Pedrito. Fue una pelea consigo mismo, con su forma de ver y leer el medio de comunicación por el que vivió; fue una pelea contra una decisión que para él tuvo que ser fuerte, tuvo que ser devastadora, aunque la lógica y la anatomía la exigieran.   No quiero ni saber la forma en la que se hizo esa transición, en la que se le informó que saldría del programa que había construido su imagen y su historial en décadas  a lo largo del país; la forma en la que un funcionario cualquiera desprovisto de sentimiento, amor por la radio, indiferencia ante la historia de vida, ajeno a los esfuerzos y malos momentos a los que tuvo que sobreponerse… le informó.

Quizás con la publicación de esta nota, alguien pueda desmentirme y exponga con claridad los hechos tal y como fueron. Yo hablo de sospechas, a partir del conocimiento que tuve de Franco y de los funcionarios que toman decisiones en los medios de comunicación.   El irrespeto a la trayectoria, el desdén y la indiferencia con la que tratamos a nuestras glorias debe haber golpeado a Franco en su punto más sensible, y aunque debía de haber estado preparado, después de haber visto escenas parecidas tantas veces, nunca es lo mismo cuando lo ves como cuando te toca.

Llegado su momento,  Franco no lo soportó y se fue a la tumba con la sensación de que Cuba (no sólo la radio) lo había declarado inservible y se debe hacer sentido como un guiñapo.   Puedo adivinar su pena; y quizás esa pena lo llevó a decir y hacer cosas que no eran en las que teníamos que haber prestado más atención. Lo importante acá es entender que Franco Carbón se convirtió en la nueva víctima de la cultura de la defenestración.  

Él, mi maestro  

Me resisto a hacer otra lectura del maestro que tuve. Me resisto a dejarlo ir con la idea de que nos quedamos vivos pensando que él fue un hijo de puta con las nuevas generaciones. Franco Carbón nos enseñó a hablar y a leer frente al micrófono a cientos de jóvenes a lo largo de sus años de vida activa en la radio cubana. ¿Cómo podría estar quieto en su tumba con el conventilleo que quedó en los pasillos del edificio de los Mestre?  

Para nadie es un secreto que la radio y televisión están llenos de jóvenes que no saben hablar, pronunciar o usar el aparato respiratorio correctamente mientras se está frente al micrófono. Los periodistas jóvenes que llegaban a Radio Rebelde pasaban siempre por sus clases, clases que hacía gratuitamente, con su amor de tener una radio mejor, pensando en la gente y en sus mismos colegas.  

Lo recuerdo, después de las siete de las tarde, bajando las escaleras al piso 3 del ICRT donde un grupo de reporteros y  periodistas recién egresados lo esperábamos, tras terminar su programa diario. Eran los años en que la pasión valía tanto como el dinero y nada nos importaba salir de noche del lugar donde trabajábamos porque hacíamos lo que nos gustaba. Y allí de noche, jóvenes y él pasábamos una o dos horas juntos.   Yo personalmente descubrí el diafragma como órgano fonatorio en sus clases, donde casi nos ponía a cantar.

Décadas después no olvido sus recomendaciones antes de salir al aire, sus pedidos para que no tomaremos agua fría ni helados antes de trabajar. Le agradezco no haber perdido la voz. A pesar de que ya tenía experiencia frente al micrófono, cuando llegue a Radio Rebelde tomé conciencia de que no sabía hablar. Y esa conciencia fue gracias al diagnóstico de mi maestro Carbón.  

Un año más tarde cuando, de director artístico pasé a ser el conductor de Haciendo Radio, la voz dio su primera alerta. Cuatro horas continuas de noticias era abusivo para un sistema fonatorio mal usado. Quedé afónico a los pocos meses de estar como conductor de noticias y Franco compartió su fonoaudióloga conmigo. Me llevó al Calixto García a conocerla. Gracias a él y a su foniatra pude pasar años frente al micrófono sin perder mis cuerdas vocales, forjadas al calor de las guardarrayas, los cañaverales, los corrales de cochinos y una jauría de primos que hablábamos gritando.  

Él, el maestro. Yo, su director  

A pesar de que nuestra relación, con el paso del tiempo, iba creciendo seguíamos siendo colegas y compañeros de radio. La primera ocasión, sin embargo, que tuve que dirigirlo fue un día de mucha tensión para mí. Creo que la confianza y el cariño que construimos nunca reemplazaron el respeto y la admiración que le tuve. Y así tiene que haber sido, como para que no haya olvidado jamás el primer programa especial que, por un ciclón que azotaría el centro de Cuba, tuvo durante seis horas a Franco Carbón como el locutor y a mí como el director.  

Con ese mismo respeto, nos juntamos un rato antes y le confesé que estaba asustado. Rió  y me dijo “todo saldrá bien”. No me prestó mucha atención y tuve que repetirle que estaba “cagado” del susto. Me dio, entonces, sus recomendaciones de tiempo y forma para darle las instrucciones al aire. En el caso de Franco, había un tema desconocido para la mayoría del pueblo cubano, que hacía más difícil dirigirlo. Franco no veía, por tanto no leía. Era hacer un programa información con un  hombre ciego al micrófono. O sea, no se le podía pasar ningún texto escrito. Todo dependía de la agilidad del director que tenía que decirle todo al oído.

Eso, que se sobre pusiera a eso, que lo convirtiera en su gran ventaja competitiva, que su trabajo fuera de los mejores sin que los oyentes supieran su enfermedad lo hizo un gran hombre de radio. Franco trabajó radio durante décadas con un lazarillo al oído. Todo se le dictaba, y su ritmo y tono al aire nunca lo delataron.   Fue un hombre que daba retroalimentación positiva, cuando alguien -fuera joven o no- lo merecía.

Después de aquellas seis horas, estresantes horas, salió de la cabina y me dio una palmada en el hombro. Muy, muy bien. Te felicito – me dijo ante el resto del equipo satisfecho con la dirección de aquella cobertura especial. Una vez en el pasillo me volvió a hacer sus comentarios, de forma más privada, y yo me emocioné con las palabras que dijo. Como si fuera hoy, recuerdo: “Nunca nadie del área de prensa lo había hecho tan bien. Eres el mejor periodista director que he tenido. Todo salió perfecto. Así que piensa en evaluarte como director”.

Se refería a las categorías profesionales que existen en el medio y que te permiten acceder a determinadas remuneraciones según el nivel que un Comité de Evaluación te otorgue.   Después vinieron otras jornadas y coberturas donde me tocó dirigirlo. Y aunque nunca dejé de estar nervioso, tenía la confianza de que todo saldría bien y de que cada uno estaría preocupado de que el otro lo hiciera bien. Ya tenía la experiencia de saber cómo tratarlo en una transmisión.  

Cuando el respeto es mutuo, las relaciones fluyen. La gente se cuida, se alerta, se ayuda. Y sin que yo estuviera metido en su casa (sólo una vez lo acompañé porque no lo podían ir a buscar a la radio y lo llevé de la mano), en momentos importantes él estaba para mí y yo para él.  

También me ayudó cuando quise inventar un programa de domingo de factura propia en Radio Cadena Habana. Fue mi primer invitado. El programa se llamó Digan lo que Digan y el gran desafío mío era hacer un programa de participación en una radio donde estaba prohibido sacar llamadas telefónicas al aire en vivo. Usé un sistema diferido que parecía que las llamadas estaban en vivo pero, en verdad, la grabábamos unos minutos antes y, en vivo, yo simulaba la llamada y la introducía hasta el saludo. Era un programa de radio a dos estudios y tanto yo, el conductor y director, como el invitado corríamos de un lugar a otro durante dos horas.

Hasta hace un tiempo supe que el programa aún estaba vivo (no murió con la ida de su conductor tampoco) y los que lo hacían estaban ajenos a estas historias que nos hicieron parir proyectos creativos para burlar la censura y las directrices del Partido Comunista.

Franco estuvo en la génesis de ese proyecto y fue el primero al que puse a correr, a pesar de su ceguera.   Fue increíble ese capítulo. La gente tenía que llamar para hablar con Carbón y en el concurso ganaba el que mejor imitara su presentación de Así. “Así es Así, justo a tu gusto, el sonido cultural de Rebelde. Ágil, sagaz, informativo. Así ni resta ni divide, suma y multiplica, la matemática en Así”. Lo vi emocionarse, reír escandalosamente con las cosas que decían los auditores. Y me quedé con un fuerte abrazo de cierre que nos emocionó a ambos.

Franco, como mismo le pasó a Roberto Canela, murió en la indiferencia, a pesar de su Premio Nacional de Radio, su Micrófono de la Radio Cubana y la Distinción por la Cultura Nacional; comenzando por sus pares, los mismos que critican el desdén de un modelo que no les reconoce sus aportes y sus esfuerzos suficientemente, creen que unas cuantas medallas por decreto y unos cuantos diplomas inservibles lo reemplazan todo. Los pares, sin embargo, no hacen nada en el día a día para abrazar o emocionar a sus compañeros, y convencerlos de que son a veces glorias y grandes profesionales.  

Recuerdo esa invitación que le hice a inaugurar un nuevo espacio radial como el regalo de un joven a su maestro, como la manera de decirle: “caramba, no soy sólo yo o un grupo de gente la que te quiere. Tienes un país a tu pies y no eres consciente de ello, los cubanos te aman, conocen tu trabajo, te imitan, te respetan…”. Somos un país tan tacaño en elogios, tenemos una cultura tan conventillera en los ámbitos profesionales que pareciera que cuesta mucho decirle a un colega o a un compañero que es GRANDE.  

Nunca –al menos mientras le conocí- fue engreído ni abusivo,  ni miró por encima del hombro a sus pares. Fue tan humilde que conmigo retrocedió en los tiempos, cuando él y muchos otros no eran las grandes figuras que todos conocimos. Me contó de sus diferencias con el Colegio de Locutores, de lo difícil de sus primeras evaluaciones, incluso de cómo él y otros estuvieron a punto en algunas ocasiones de ser devaluados. Con ello, daba una lección: podemos perfeccionarnos, podemos aprender y podemos llegar a donde queremos llegar si tenemos paciencia y si nos esforzamos.  

Yo renuncio a la idea de que Franco Carbón, con lo que nos entregó –con lo que me entregó personalmente quizás sin que se haya ido totalmente consciente de ello- y con lo que le entregó al país y a su gente, quede en la memoria como un viejo testarudo que ponía traspiés a los jóvenes para que no salieran adelante.

Mentira. No lo acepto porque no pudo haber sido así. Yo lo recordaré como lo que fue, una gloria de la locución cubana, curtido en la vieja escuela y en las Grandes Ligas y del que tuve la suerte de ser alumno, compañero, colega, director y amigo. Aquella misma gloria de Cuba a la que tocábamos el trasero, en la radio, y nos quedábamos quietos para que no supiera quién había sido. Pocas cosas como esta le molestaban tanto.  

Los remolinos que dejamos atrás

Texto escrito en junio de 2017, al cumplir 17 años de la salida de Cuba.

Fue un 28 de junio del año 2000. El año de las promesas, de los cambios, de la grandeza, de las nuevas generaciones, de los programas de radio que cantaban al mañana… todo eso se hacía presente pero en realidad era un despeñadero. Falsas promesas, pesadillas extendidas, libretos cansados. Fue entonces que decidí liberar mi propio alfabeto sin importarme el de otros.

Hace 17 años salí de Cuba.

Siempre uno piensa en los propios remolinos, los de la cabeza, los de la barriga (guata); pero, ay, los remolinos que provocamos en los otros. Hoy pienso en cómo nuestras decisiones siguen afectando a quienes dejamos atrás. Apenas amaneció, abrí el correo; ahí estaba el mensaje de cada año: «Manito, hoy cumples un nuevo aniversario».

Y nuevamente La Habana y el amor

No es cosa de la edad. Son regalos o mezquindades de los sitios que creamos, de los lugares que habitamos. Desde que la juventud se burló de aquella sensación de eternidad con la que vivimos los veintes años, con aquella grata e indiferente idea de que éramos tan dueños del tiempo como de nosotros mismos, pensaba yo que el amor era cosa de las edades, del tiempo temprano, de estrenos de los órganos vitales, de la curiosidad convertida en pasiones de 24 horas. Pero no, cada vez que llego a esta ciudad, mis teorías y yo entramos en crisis.

La Habana me desmiente. Y hasta me halaga, mostrando que, a pesar de las décadas el amor aún aparece, incluso, oculto en la necesidad, en la burla de la mentira, en las tarifas para los nuevo sueños, en el desnudo de Los Nuevos. Aun con el riesgo de convertirme en un insensato, en esta ciudad nacen y mueren las energías, en cada palabra dicha y repetida, en medio de cada noche incierta, en el desafío del año menos vivido. El amor sigue estando en el mismo lugar donde lo descubrí, en el mismo sitio donde sobreviven mis historias y mis afectos, aunque los protagonistas ya no estén, aunque yo entre y salga como si no estuviera.

Todos los años digo cosas parecidas y no me canso. La Habana es el escenario, el único el escenario donde hasta en la mejor actuación se puede descubrir la sinceridad de un abrazo, el ruego de una mirada, la desesperación de una lágrima. Y recordar los amores todos y volver a vivirlos todos.

La Habana hoy te hace desconfiar de un «te quiero» antes de que te lo digan; sin embargo, es el único lugar donde a pesar de las edades, los gustos y disgustos, el amor me pone de pie.