Abuelo y su derecho ganado a vivir en paz

Cinco años después de haber escrito esta crónica, Abuelo salió al encuentro de su negra. (José Álvarez Calazán. 27 de agosto de 1925-31 de enero de 2021) ✝️

La gente intachable, por lo general, resulta ser muy aburrida. No creo que Abuelo haya sido una persona intachable. Y creo también que siempre ha estado consciente de ello. Por eso, tal vez, en lugar de ver la paja en el ojo ajeno, como siempre hacemos los seres humanos, Abuelo prefirió soplarse la suya en solitario y no cuestionar a los otros por sus faltas.

Abuelo en su último cumpleaños (95), 5 meses antes de partir.
Abuelo en su último cumpleaños (95), 5 meses antes de partir.

Si algo tuviera que decir de este viejo, y así trascenderá en mi vida, es que ha sido un ser humano excepcionalmente conciliador que, consciente de que todos tenemos virtudes y defectos, se sentaba a la mesa para unir y no para acrecentar diferencias. Algo que tal vez no todos en la familia supimos, o quisimos, aprender de él. Más de alguna vez, incluso, lo escuché –casi en susurro- lamentarse por algunas de las discordias que le rondaban.

Nunca se lo he preguntado, pero no lo necesito. Estoy seguro de que Abuelo ha querido toda la vida vivir en un entorno de paz y rodeado de personas felices. Cuando hilvano cada escena a su lado, esa es la palabra con la que mi recuerdo se antoja en identificarlo: paz.

El binomio Abuelo-Abuela

Por lo general, y ha sido también mi estilo, uno escribe las cosas, remembranzas y nostalgias cuando las personas que amamos se nos van. Cuando Abuela murió, y comencé a escribir sobre ella, mucho me cuestioné si era el momento adecuado. Estoy seguro cuánto le hubiera gustado leer y escuchar todo lo simbólico, lo afectivo y lo trascendente que ella había dejado en mí. Desde entonces, he comenzado a liberar mis memorias, aprovechando que la gente que uno quiere está, lejos o cerca, aún entre nosotros. Por eso, cuando sigue vigoroso y con las mismas ganas de vivir que le conocí, –y a pocos días de que celebrara su cumpleaños noventa- quiero contar lo importante que ha sido Abuelo para mí.

Junto a mi abuelo José y abuela Aleida. Reencuentro en La Habana, 2009.

Secretos, sonrisas, paseos, consejos, sobrevivencia, incertidumbres y silencios me relacionan con mi abuelo, con ese viejo nonagenario que sigue siendo parte activa de mi vida.

De él, otras veces ya he hablado aunque no lo haya personalizado. Muchas de las cosas que he dicho en estos años en ausencia de Abuela, bien pudieran ahora adquirir el plural, porque cuando pienso en Abuela no puedo pensar nada más que en ella. Abuela y Abuelo no sólo fue un matrimonio que logró vencer cada obstáculo, impuesto por la vida o provocado por ellos mismos, y cumplir la cada vez más escasa promesa de “hasta que la muerte nos separe”. Abuelo y Abuela fueron una misma cosa para mí, un binomio inseparable, una muestra diaria de amor incondicional, de lealtad que no es lo mismo, pero quizás más importante, que la fidelidad.

La vida que no conozco

Cuando yo nací y me convertí en su primer nieto, Abuelo era un trabajador de la industria del azúcar que, entre capataz y especialista en ingenios heredados del capitalismo, forjó su fama en el barrio. En Bayate, entonces provincia de Pinar del Río, todos conocían a José y Aleida. De niño, recuerdo que me contaban historias y me mostraban las casas donde vivieron. El chalet al lado del río, España Republicana, la casona a la entrada de la carretera a El Corojal, la casa de Candelaria y la de El Segundo Bayate donde alcancé a vivir los primeros nueve meses de mi vida.

Recuerdo, de niño, andar de la mano de mi madre cuando saludaba a personas para mí desconocidas y me decía “él es amigo de tu abuelo” o “ella quería mucho a tus abuelos”. Siempre me preguntaban “y tú abuelo qué ha sido de él, por dónde está José, hace tanto tiempo que no viene por acá”. Y yo creo nunca haber disimulado el orgullo que sentía de tener un abuelo al que casi todos parecían conocer.

Pero antes que esos escenarios, Abuelo siempre hablaba de Matanzas, la provincia de donde llegaron y del pueblo de Amarillas, donde creo que se enamoró de Abuela.

Este diciembre, entre las muchas satisfacciones que siempre da un viaje a donde los tuyos, casi como un regalo (llegó a ser un verdadero regalo) acompañé a mi padre en un viaje por carretera al centro del país. Por primera vez, supe dónde estuvo enclavada la casa en la que Abuela vivió su adolescencia y donde Abuelo la conquistó. Papá me mostró, incluso, la línea del tren a donde ellos se escapaban a noviar. Así empecé a construir el mapa que no conocía, la vida que escuchaba en historias pero que no viví. Y la nostalgia fue tanta, como si yo hubiera estado en cada uno de esos momentos, en cada uno de esos caminos, y como si esos lugares también me pertenecieran.

Las historias de infancia

Hace algunos meses, con uno de mis cambios de casa –algo heredado sin dudas de Abuelo y Abuela- encontré dentro de un libro una fotografía que les robé hace muchos años. Ya está color sepia, y desgastada, como siempre vemos las fotografías de los padres pero como pocas veces llegamos a imaginar las nuestras. Fue en el Parque de La Fraternidad, al lado del capitolio. Un pedazo de pañuelo de Abuela ya no se ve y hay una mancha en el pantalón de Abuelo. Entre los dos, largo y flaco y con 10 o 12 años estoy yo. Al lado, más pequeño, mi primo Yusnelito, con quien compartimos tantas vacaciones de verano en La Habana de los abuelos. El día de la foto, habíamos ido al Museo de Ciencias. Fue una de los pocos paseos que recuerdo de los cuatro juntos, excepto los viajes al Cotorro para ver a la familia. Y creo que me robé aquella foto no tanto por quedarme con el recuerdo del paseo, sino por la admiración que me provocaban de niño los fotógrafos callejeros de la antigua Habana, cuando un señor metía su cabeza en una caja con un trapo negro que, ya para entonces, era una técnica anticuada.

Como esta, hay muchas historias y pasajes que, a veces desordenados o con un orden antojadizo, acomodo –como retratos en una gaveta, para que no se me estropeen, se manchen o desordenen.

La jaba de viandas: Un niño se ríe de cosas que para los adultos no suelen ser tan simpáticas. Y si yo tuviera que recordar la escena con la que más me he reído junto a mi abuelo, y que ahora puedo sospechar que para él fue una gran vergüenza, sin dudas tendría que contar el regreso un sábado o domingo del mercado agropecuario de La Palma. Aquel sitio ochentero proveía a los habaneros de los municipios de Arroyo Naranjo y 10 de Octubre de frutas, viandas y vegetales producidos por los campesinos.

Acompañé a Abuelo a La Palma. De allí salían casi siempre los ingredientes de los mejores ajiacos de mi vida, los que hacía Abuela los fines de semana de vacaciones. Nunca he podido olvidar el comino entero y los plátanos tostones como parte del condimento. Sin ahora poderlo asegurar, ese día Abuela tendría que haber ordenado compra de viandas para su ajiaco. Una gran jaba cubana, hecha de saco de nylon, era el recipiente. En el mercado lo llenamos de todo lo que Abuelo encontró necesario y salimos a la calzada para tomar la guagua de regreso. En esos años, aún se podía tomar una guagua y encontrar asientos disponibles. Nos fuimos al fondo. Allí nos sentamos y abuelo puso entre sus piernas la gran jaba llena de productos del agro. En un frenazo, la inercia hizo de las suyas y limones, yucas y malangas comenzaron a rodar por el piso de la guagua. Abuelo en cuatro patas se metía debajo de los asientos tratando de recoger toda la compra. Yo no podré olvidar jamás el ataque de risas que me provocaba aquella escena, al punto de que jamás se me ha borrado.

El avión que se fue a la laguna: Alguna vez, pensando en Abuela escribí lo emocionante que era para un niño campesino como yo, verlos bajar de una ruta de Artemisa con un cake o un juguete en la mano. Entre las cosas que una vez me trajeron de regalo, estaba un avión hecho de placas de rayos X que los merolicos vendían en la Terminal de El Lido. El avión tenía un hilo para moverlo y provocar que las hélices se activaran con la fuerza del viento. Yo, emocionado seguramente comencé a jugar y un mal movimiento me provocó una herida en unos de los párpados. El cargo de conciencia o la culpabilidad de ellos debió ser tanta que, mientras yo lloraba, el avión desapareció.

Tal vez el pretexto no lo inventó él. Pero la única cara que recuerdo diciéndome que el avión se asustó y se fue a la laguna es la de Abuelo. Recuerdo tres cosas de ese día, el avión hecho con placas moradas, la historia con la que lo hicieron desaparecer y la sonrisa de abuelo cuando me explicaba por qué no habría más avión. La laguna estaba al lado de mi casa y nos separaba de la familia de los Caraveos.

La mente en blanco: Un fin de semana –tras la muerte de mi padrastro en un accidente de tránsito- los dos viajaron para acompañar a mi madre que, por segunda vez y a muy poco andar de su matrimonio, quedaba sola y en ambas ocasiones con un hijo chico. Yo tendría 12 años, acaso. Abuelo se acostó plácidamente en una cama y, cuando mi madre fue a llevarle -en cosa de segundos- un vaso de leche, ya roncaba. Abuela dijo que él se acostaba y se quedaba dormido al tiro. Aquello me quedó tan pegado que yo quise aprender cómo dormir tan rápido. Y aunque sea difícil de creer, cuando tengo trastornos del sueño y alguna preocupación no me deja dormir, yo pienso en Abuelo y lo envidio. Con los años concluí con certeza que eso es algo que puede hacer alguien que se va a la cama tranquilo consigo mismo. Y tal vez por eso Abuelo –como pocos- podía dormir tan fácilmente sin preocupaciones.

Del azúcar a la gastronomía

Abuelo disfrutando su vejez en Miami, donde se estableció en 1994, junto a Abuela; tras la reconciliación con los hermanos que abandonaron el país en las olas migratorias de 1961 y 1980.

Con la mudanza de Bayate a la calle Salud, en Centro Habana, Abuelo comenzó su carrera gastronómica, de la que en otras ocasiones también he hablado. Agradezco que haya sepultado su pasado azucarero y me haya hecho descubrir las cartas y los menús que en el terraplén donde viví nunca existieron. Y, por sobre todo, que me haya hecho descubrir los frijolitos chinos, sin los cuales un arroz frito jamás hubiera quedado igual.

Si el plato de comida con el que identifico a mi abuela es el ajiaco, no hay definitivamente otro para mi abuelo que no sea el arroz frito. Y eso quizás se lo debe al cambio de casa y de pueblo.

Aquel placer que de niño me creó sentado en los asientos verdes de vinil del How Yueng, en la calle Infanta, nunca me ha abandonado. Cada vez que me daba alguna pataleta para comer arroz frito, y no podían o no querían llevarme al restaurante en horario de trabajo, Abuelo lo cocinaba con sus propias manos, el sábado en la casa de la Calzada del 10 de Octubre. Sin embargo, la experiencia de estar en un restaurante habanero, para un provinciano como yo, y encontrarse con famosos de la televisión era algo supremo. Muy cerca de Infanta y San Lázaro estaban los estudios de Mazón y San Miguel y al local donde trabajaba mi abuelo llegaban muchos actores a comer o tomarse unas cervezas.

De corredor de permutas a vendedor de libros

La crisis económica que el sistema disfrazó con el antológico nombre de Período Especial comenzó a hacer de las suyas. Trabajar en un restaurante comenzaba a ser dantesco. ¿Qué hacer en un restaurante sin comida y sin clientes? Entonces, tuvo que convertirse en emprendedor. Y sin importar los años, tuvo la fuerza para convertir La Habana toda en su centro de trabajo y en sus clientes a todos aquellos que quisieran cambiar de casa. Todos. Incluso para aquellos cambios de casa “más complicados”.

Mi abuelo ejerció un trabajo no reconocido oficialmente en la Cuba de entonces. O sea, un oficio ilegal. Se hizo Corredor de Permutas. Fue la vía de escape que encontró para sobrevivir en una ciudad en la que se descubrió, de repente, sin ver el fruto de tantos años de trabajo; y para proveer lo necesario en su casa.

Jamás podré olvidar las eternas caminatas por La Habana, acompañando al viejo. A él le debo conocer tantos sitios de la ciudad. Cuando mis compañeros de Universidad preguntaban por alguna dirección, yo casi siempre sabía dónde estaba y cómo llegar, a pesar de venir de Pinar del Río. Horas enteras bajo el sol habanero y al ritmo del caminar de Abuelo: ese era el motivo de tanto saber andar La Habana.

De cómo un día el local de las reuniones del CDR, en 10 de Octubre con Luz Oeste, se convirtió en su librería personal, no tengo idea. Sólo sé que el mismo sitio donde la vieja Mercedes realizaba las reuniones con los vecinos dejó de ser de la comunidad. Junto con la desaparición de las reuniones (la gente andaba preocupada de su subsistencia y no de la guardia del comité), aparecieron cientos de libros y un viejo negro y cojo que se convirtió en el socio de abuelo.

Con el lento Ferrer, mi abuelo se hizo librero. Me imagino que junto a sus recorridos y sus negociados de permutas más de alguna vez le habrá tocado como pago la biblioteca de algún habanero desesperado. Tiene que haber sido así, aunque nunca pregunte sobre los orígenes ni los proveedores de aquel negocio.

Allí encontré libros maravillosos que yo le compraba a Ferrer para que abuelo no me los diera gratis. A aquel portal de la Calzada de 10 de Octubre llegaron parte de los libros que alguna vez pertenecieron al escritor cubano Enrique Serpa, miembro del famoso Grupo Minorista sobre el que por esos días quizás hablábamos en las clases de Cultura Cubana. Yo no sé si habré compartido con mi abuelo mi descubrimiento, pero ¿los libros de Enrique Serpa a dos o tres pesos cubanos? Un timbre negro y en letra cursiva así lo confirmaban. ¿Algún heredero de Serpa los habría vendido? ¿Alguien necesitado los habría llevado hasta allí sin saber su valor? Cualquier respuesta era probable. Yo traté de llevar conmigo la mayor cantidad de esos libros. Y comencé a averiguar mucho más sobre la historia de Serpa y hasta casualidades encontré en aquella historia. Serpa – como mi abuelo – había nacido en Matanzas, ejerció muchos oficios y estuvo vinculado al trabajo de los ingenios y la caña de azúcar.

Pudiera seguir contando cosas de abuelo, pero todas están vívidas en mí y –sé- no se van a borrar jamás. El shampoo o preparado que usaba para ocultar las canas y que dejaba las fundas blancas manchadas para trabajo de mi abuela, el primer viaje a los Estados Unidos y la repartición de la primera pacotilla familiar; los recibimientos en el aeropuerto de La Habana a donde llegaba forrado de ropa y con 3 o 4 sombreros –uno dentro del otro- para poder entrar más cosas para su familia; el día que nos salvó de una estafa de juego en Lacret; los murmullos en cada amanecer donde leía la biblia junto a abuela; los ejercicios que hacía antes de meterse al baño matinal; y su rechazo constante a que una voz estuviera más alta que la otra, preocupado siempre por la armonía.

Abuelo y abuela (a la izquierda) durante un reencuentro familiar en La Habana, 2009.

Lo que debemos hacer en el tiempo que queda

Abuelo, y eso sí lo sé, calló sus propias molestias, sospechas y decepciones políticas por respetar la militancia de sus hijos. Por autoridad, por jerarquía, por código familiar hubiera podido imponer su visión y limpiarse el culo con cientos de panfletos en un país escaso de papel sanitario. Pero no lo hizo porque pensó en la felicidad del otro. Y eso para él era más importante.

Abuelo aceptó perder, y nunca se lamentó cuando para evitar conflictos con terceros tuvo que perder una silla o una cama. Pensó en el descanso de quien la iba a recibir y no en su pérdida material de un mueble.

Abuelo miró con tristeza a veces el modo inestable de vivir de otros, quizás los aconsejó para que lo pensaran o hicieran distinto, pero no los ofendió, no les dio vuelta a la espalda, no se restó nunca del espacio de su familia. Y fue parte de los cambios de la gente que quería, si esos cambios los hacían felices. A él le hubiera encantado que sus seres queridos hubieran sido –quizás- diferente a lo que fueron o hicieron en muchas experiencias de vida, pero no impuso lo que él quería.

A todos sin embargo, alguna vez no ha faltado esa grandeza. Todos generalmente pensamos en lo que queremos y en lo que nos molesta, alejados de total empatía con “el otro”.

El mejor regalo para mi abuelo, en su cumpleaños 90, 91, 92, 93… no será una torta de cumpleaños, ni una foto, ni un beso, ni un cántico. El mejor regalo que podemos darle, y estamos a tiempo en los años que le faltan por vivir, no es el regalo que cada uno quisiera hacerle sino el que a él le gustaría y que hoy -aunque quizás no quiera pedirlo (porque nunca lo recuerdo pidiendo algo para él)- está esperando.

Sería muy digno, sería enaltecedor para todos. Verlo sonreír con lo que él quiere. No tratar de que sonría con lo que cada uno quiere.

Es sumarse, no restarse. Es estar presentes en sus espacios. Juntos. Y no compararse. Este no es un mensaje para uno u otro. Es un mensaje para todos. Porque todos somos distintos. Porque no podemos pedirle al otro que sea como queremos. Con ese pequeño cambio de actitud, cuando le llegue el momento, mi abuelo se irá feliz al lugar donde se encontrará con Abuela, para volver con amor infinito a decirle “Negra, te quiero”. Después buscará los momentos para escaparse y visitar a alguna otra vieja, pero siempre volverá donde la suya. ¿Cierto, Abuelo?

Y nuevamente La Habana y el amor

No es cosa de la edad. Son regalos o mezquindades de los sitios que creamos, de los lugares que habitamos. Desde que la juventud se burló de aquella sensación de eternidad con la que vivimos los veintes años, con aquella grata e indiferente idea de que éramos tan dueños del tiempo como de nosotros mismos, pensaba yo que el amor era cosa de las edades, del tiempo temprano, de estrenos de los órganos vitales, de la curiosidad convertida en pasiones de 24 horas. Pero no, cada vez que llego a esta ciudad, mis teorías y yo entramos en crisis.

La Habana me desmiente. Y hasta me halaga, mostrando que, a pesar de las décadas el amor aún aparece, incluso, oculto en la necesidad, en la burla de la mentira, en las tarifas para los nuevo sueños, en el desnudo de Los Nuevos. Aun con el riesgo de convertirme en un insensato, en esta ciudad nacen y mueren las energías, en cada palabra dicha y repetida, en medio de cada noche incierta, en el desafío del año menos vivido. El amor sigue estando en el mismo lugar donde lo descubrí, en el mismo sitio donde sobreviven mis historias y mis afectos, aunque los protagonistas ya no estén, aunque yo entre y salga como si no estuviera.

Todos los años digo cosas parecidas y no me canso. La Habana es el escenario, el único el escenario donde hasta en la mejor actuación se puede descubrir la sinceridad de un abrazo, el ruego de una mirada, la desesperación de una lágrima. Y recordar los amores todos y volver a vivirlos todos.

La Habana hoy te hace desconfiar de un «te quiero» antes de que te lo digan; sin embargo, es el único lugar donde a pesar de las edades, los gustos y disgustos, el amor me pone de pie.

En 3 tiempos: a 15 años de aterrizar en el sur del mundo

Texto escrito en junio de 2015, al cumplir década y media de haber emigrado a Chile. Pocos meses después, me iría a vivir 3 años a Valparaíso.

Financial district in Santiago, Chile

TRABAJAR: He sido locutor, redactor, reportero, editor, director. He sido periodista y profesor. He descubierto el marketing y las comunicaciones corporativas y empíricamente me hice casi experto. He dado clases de temas que tenía que aprender y aprendí temas que nunca recibí en clases. Fui relator de cursos para empresas y tuve mi propia empresa. Pasé por medios de comunicación, por el mercado más rudo, por la consultoría, por la organización de eventos, por la academia, y por lo social. Tuve tiempo para el prójimo y para la beneficencia. Me probé a mí mismo, vencí mis limitaciones y alcancé los desafíos. Fui mucho más de lo que pensé ser y el entorno siempre me hizo creer lo que no sabía de mí y de mis propias capacidades.

AMAR: A veces sí, la mayor parte del tiempo no. Estuvo y se fue. Aparecía y no estaba a gusto. Tuve largos resentimientos con él hasta que definitivamente tuve que reaprenderlo, resignificarlo. Aunque eso no significara aceptarlo. El amor lejos no era el mismo que el amor aprendido. Y conocí de los límites, de las estrategias, de las formas, de la administración de las palabras y de los afectos. Pocas veces, sin embargo, la teoría apareció espontánea en la práctica y la forma original se escapaba y asustaba. Amé pocas veces, creo; pero intensamente, estoy seguro. Perdí grandes amores por no verlos, por no entenderlos. Perdí miles de lágrimas por equivocarme en desamores. Y al final, viví pero no aprendí a amar de otra forma, a hacerlo distinto para que el tiempo dejara de ser una rueda.

VIVIR: Santiago ha sido el hogar, sus calles el pretexto, y sus parques el descanso. En la Alameda comenzó el recorrido hace 15 años. Amplia avenida sin historia, sin significados, llena de comentarios ajenos, de cuentos de amigos, de historia de vencidos y vencedores. Viví por primera vez, las primeras semanas, en el piso 21 de la Torre 1, en la Remodelación San Borja desde donde la ciudad quedaba, abajo, a los pies, enmudecida de tanto ruido, vestida de exceso de smog. Después, la vida se vivía en cualquier lado y ninguno era mejor que el otro ni peor que el anterior. Santa Victoria, Bandera, Ayllavilú, María Luisa Santander, Bilbao, San Ignacio, José Miguel de La Barra, Portugal, Merced, Mackiver, Almirante Barroso, Ismael Valdés Vergara, Santo Domingo, Santa María y Arturo Prat. Entrando y saliendo, subiendo y bajando. Ahí, en sus edificios y sus casas, está la historia de década y media, a medio vivir y a dos veces soñar.

10 años en Chile, ¿y he sido feliz?

Texto escrito en junio de 2010, al cumplir la primera década de inmigrante en Chile.

Uno no emigra para buscar la felicidad. Sería un objetivo demasiado ingenuo. Cuando salimos de nuestros países lo hacemos, por lo general, ya adultos con capacidad como para analizar y, finalmente, tomar una decisión tan drástica como cambiarse de casa, de vecindad, de ciudad, de sociedad, de cultura, de clima, de sistema económico… Cuando emigramos ya hemos vivido, nos hemos caído varias veces y vuelto a levantar; ya hemos aprendido que la felicidad no es un estado perenne y, por tanto, no nos vamos para encontrárnosla en otro lugar dispuesta a recibirnos y acompañarnos eternamente.

Nos vamos para ayudar a nuestras familias y para ayudarnos nosotros mismos a hacer menos cíclico, lo más estable posible, ese estado momentáneo. O para alargarlo cuando se nos aparezca una sonrisa, una personas que nos la provoque, una ciudad que nos evoque, un libro prohibido que nos libere, una canción que nos ate, un político que nos haga cambiar la mirada, un pan que nos alcance, un pantalón que no haya que mendigar, una enfermedad que curar, un dolor que superar, una militancia que no sea impuesta, una opinión que sea escuchada, un debate que sea autorizado, un sueño que nos ayude a ir tranquilos a la cama y despertar con la convicción de que depende de nosotros y que las vallas que tengamos que saltar son las que nos hemos impuesto y no aquellas decretadas por quienes, equivocada o utópicamente, nos arrendaron la felicidad.

De cómo cualquier cosa te recuerda la familia y la ciudad

Anoche estuve en un bar de Santiago. Don Rodrigo se llama y está incluido en las listas de las llamadas picadas de la capital chilena. Es el sitio a donde siempre voy para tomarme un Pisco Sour, de los más sabrosos y de los más baratos (CH. $1.260 ahora/ hace unos meses sólo por $ 990). También por cercanía, a sólo dos cuadras de mi departamento en el Barrio de Bellas Artes, tan moda por estos días.

Sin embargo, ni el típico trago chileno, ni las rebosantes empanadas de queso, ni las crujientes papas fritas de su menú son motivo para este recuento. El sitio me remonta en cada visita a esos lugares de décadas atrás. Don Rodrigo no tiene la estética vanguardista del hormigón y del ladrillo a medio terminar, ni los papeles murales que publicitan en Vivienda y Decoración. El lugar conserva el encanto de sus maderas caobas, de sus vidrios cubriendo columnas cuadradas y de la tela para acolchonar paredes.

Los mozos que atienden están entrados en años. Pertenecen, tal vez, a la escuela gastronómica de los 50. Llevan humita al cuello como parte del impecable uniforme blanco y negro, que al tocar la madrugada ya muestra los síntomas del exceso de humo (local para fumadores) y las arrugas en las largas mangas de tanta bandeja en brazos de 90 grados.

La música viene de la mano de boleros y canciones cebollas con pianista – intérprete en vivo. El señor de unos 70 años ha querido modernizarse y a veces desentona cuando salta del teclado tradicional al de un sintetizador que ha agregado. Más que algún salto por el cambio de sonido y de algunas carcajadas de quienes disfrutan el lugar no causa mayor problema. Al final se agradece tenerlo ahí, en directo, cantándonos como si fuéramos enamorados, aunque en realidad sean muy pocas las parejas que se ven.

El bar es colmado por jóvenes de distintas tendencias, vestimentas y gustos. Ese contraste con lo tradicional del lugar y su estética le dan un toque aún más interesante. El de la esquina pide un martini, un grupo de amigos ríen y toman cerveza importada, otros piden unas “chelas” de casa y yo repito con Pisco Sour.

Mientras observo la vista se pierde y un amigo me reclama: ¿y tú en qué mundo andas? Reacciono, pero ya uno se ha acostumbrado a encontrar en el lugar ajeno del país adoptivo un rincón para acomodar las nostalgias del país donde nacimos. Estaba pensando en aquel local de comida china de la calle Infanta, en Centro Habana, donde mi abuelo hizo carrera gastronómica y, ya bastante viejo, mantenía impecable esa hospitalidad para atender a los comensales que iban por preferencia al restaurante How Yuen.

Allí de niño conocí las servilletas que nunca existieron en la mesa de familia. Aprendí a comer con diversidad de cubiertos. Hice mis pataletas por más raciones de arroz frito. Allí conocí clientes fijos de mi abuelo, algunos famosos ya muertos, de los que se enorgullecía atender. Recuerdo particularmente a Carlos Paulín y Orlando Casín.

En ese sitio de La Habana disfruté el andar constante de mi abuelo, entre la cocina y el salón, con sonrisa siempre en los labios, a pesar del cansancio que pueden producir 30 años de servicio. Anoche recordé también ese otro How Yuen, el que quedó a la vuelta de los peores años vividos en la década del 90. Cuando salía de la Universidad o del ICRT, caminaba por Infanta y entraba allí a comprar unas mentitas, por 5 pesos, y me sentaba a tomar una Tucola, mientras me miraba en los vidrios de antaño y recordaba esos asientos, en parejas de frente, forrados en vinil verde. Era añoranza por aquel sitio de la infancia.

Anoche fue extraño, el bar Don Rodrigo me despertó el recuerdo de ese pequeño restaurante donde mi abuelo citaba a su amante y donde mi abuela lo descubrió una tarde en la que me llevó a comer. Años después entendí aquel caminar apresurado, bajando por la calle San Lázaro, de la mano de mi abuela, quien no dijo una palabra ante mi pregunta de por qué nos íbamos sin comer arroz frito.

Tú y mi ciudad se desploman

En una ciudad que pierde y recobra sus pasos
con la misma facilidad con que un caminante
se pierde y se redescubre,
aparecen y se desaparecen sus amantes.

Habana pródiga en deseos.
Ciudad Ruina convertida en eterna promesa.
País Cadáver a la espera de sus inminentes derrumbes.
Arquitectónicos y sentimentales.
Habana, sin embargo, dispuesta a reinventarse y sorprender.

Habana sorpresa.
Ciudad regalo.
País ajeno.
De tan nuestro convertido en ajeno.
Habana viva.

¿Cómo puede vivir una Habana que fallece cada día?
¿Cómo es capaz una Ciudad en Ruina prometer cemento y cal (
Con una mano de cemento y cal yo me recompongo
es cosa sólo de la poeta) si los cimientos ya no resisten?
¿Cómo puede un País regalar su gente al mejor postor o a la mejor moneda?
¿Cómo puede vivir La Habana entre marcas falsificadas e inventos de
cabeza, corazón y estómago.

Esta Habana es tan inexplicable como este poema mismo
Esta Ciudad se alumbra sin luces en las noches,
se resguarda de la próxima lluvia en paraderos sin techos.
se despide cada día por aire y por mar
se llora desde la distancia, se odia desde sus entrañas
se quiere desde cualquier parte y a cualquier hora.
Nunca indiferente. Siempre incierta. A pesar de que los años se mueren y ella sigue en pie. Idéntica.

¿Cómo sentir placer de andar las calles de una ciudad que recita los discursos que ya se olvidaron,
que canta las canciones que ya no venden
que prohibe canciones, que autoriza canciones
después de todo un país que canta tiene esperanza
que selecciona presidentes, que santifica presidentes, que no elige presidente
que oculta escritores, que publica escritores, que selecciona fragmentos de lo que publican escritores
que establece límites, dentro – fuera, sin decir cuál es el límite
que prohibe monedas, que liberaliza monedas, que fabrica monedas, que impone gravamen para monedas
que compra y no vende; que se exporta pero no se vende, que se transfiere
?

¿Cómo sentir placer en redescubrir los recorridos de una ciudad inmóvil?
(Debe ser que las guaguas de La Habana me llevan todos los días a los sitios a donde nunca llega el Metro de Santiago.
Citarse uno mismo es una autoreferencia innecesaria,
pero justificada cuando se trata de relaciones entre autoreferentes)

Yo y mi Ciudad.
Mi Ciudad y Yo.
Tú, mi Ciudad y Yo.
Yo, mi Ciudad y Tú.
Yo y Tú.
Tú.
T
u
´.
.
.

Alguien hará algo para evitar el desplome.

Postdata
(Y es un poema de amor. El autor – Yo – nunca tuvo intención de escribir un texto político y antiacadémico.

Show versus Realidad o mi Abuela versus la Comunicación de Masas

A la memoria de Hilaria Zamora

No ha terminado el reality show. Los restos de mi abuela aún deben estar intactos a la espera de escuchar las lágrimas de aquel niño que corría a sus brazos, esperanzado en salvarse del castigo de una madre adolescente. Es la hora de volver a llorar junto a su abuela maltratada, todo el tiempo, por el verbo duro del abuelo que los bichos se comieron aún viviendo.

Sin embargo, las lágrimas se escondieron ante la noticia distante del fallecimiento. Y las lágrimas no se exigen, no se obligan. No se exprimen como esponja llena de recuerdos, de amores agradecidos y de cariños eternos.

En la hora en que la supuesta normalidad espera escuchar los sollozos del niño crecido, ajeno, ido, lejano, indiferente… las lágrimas se secan antes de ser lágrimas, los ojos apenas se humedecen a escondidas y el pecho se contrae ante la indiferencia del espectáculo que algunos esperan desnudar en público.

¿Cómo no llorar por última vez junto a la abuela que le dio su pan, sin importar el hambre propia; que le calzó los pies, a pesar de andar semidescalza por una vida que la premió con unos eternos pares de zapatos roídos?

El teléfono espera el timbre para un llanto familiar con pasaportes sin visas. Pero tampoco hay lágrimas.

Mi abuela murió en un hospital provinciano. Cuentan que quizás fue la reacción por un medicamento mal suministrado por profesionales de orgullo, en una isla que se fabrica orgullos por doquier, quizás para ocultar sus penas. En una isla donde las penas y los orgullos se administran como el pan y el hambre.

Y aún no me logro explicar por qué ese niño se ha convertido en un viejo ingrato, incapaz de llorar para drogar la desgracia, cuando el show de televisión da su próxima sorpresa. Y ese niño, de repente y sin exigencias, se descubre sólo, adulto, enfermo, bañando con lágrimas el rostro de una vida expuesta a través de un montaje visual. ¿Cómo soy capaz de llorar por el nuevo eliminado de la competencia? Y siento vergüenza de mí mismo por un instante.

Escucho mis propios sollozos, provocados por la mentira escrita en un programa que juran verdad. Y me vuelvo a acordar de mi abuela… y las lágrimas vuelven a desaparecer.

Extraña manera esta de sentir una pena infinita por la ausencia eterna de mi sufrida abuela que encontró en su familia la única razón para inventarse cada día, a pesar de miserias y faltas.

Y debe ser que la pena infinita por la vida borrada de quien te entregó su propia vida se hace imposible, de tan infinita, mostrarse en una pocas lágrimas indefensas que, ante el más mínimo e indetectable viento, son capaces de desaparecer. Las lágrimas son una pocas gotas de agua que corren y se secan en las mejillas. Y el dolor… el dolor es cualquier cosa menos eso.

Mutación religiosa

A todos mis cubanos, de aquí y de allá. Del mar y de la tierra. Con una simple inyección hubiéramos podido volar sin ahogarnos.

Como comiendo comida
Como comiendo inventos
Invento la comida que como
Y como mi propia suerte.

Un injerto en cruce de pez nació
en las oficinas centrales de la nación,
la economía ordenó carnes con espinas
y liberar el pescado porque
¡quién ha visto una isla con menués sin pescados!
La dirección económica liberó animales con branqueas;
las branqueas se trastocaron en bronquios
la respiración natural del agua mutó a la tierra
y la cadena alimenticia entró en riesgo universal.

Como comiendo comida
Como comiendo inventos
Invento la comida que como
Y como mi propia suerte.

La dirección de científicos alimentó cerebros,
cerebros capaces de inventar comidas para las almas
porque en estos tiempos estómagos y almas se confunden
porque en estos tiempos el caballo, la vacuno, el ovejo,…
son convites exclusivos para personas exclusivas.
Pero…
una gran confusión comenzó en las horas de recreo
y los cerebros alimentadores equivocaron el cálculo.
Alarmante juego genético, inyección para modificar a de enes,
Mapas genéticos para inventar bestias exclusivas
para bestias ordinarias.

Un biólogo marino alertó de la hazaña convertida en en riesgo
El pez que debía dar comida
Vive comiendo comida:
el pollo del patio,
la rana del charco,
la rata lectospiróstica,
la largartija que camina por el tronco.

El ser cubano
El ser humano tiene temor de descubrirse devorado
por la boca y los bigotes del pez que debía ser gato
y se convirtió en Claria
robando bigotes,
robando alimentos,
robando hábitats,
robando sistemas locomotores,
robando sistemas respiratorios;
y neutralizando sistemas nerviosos.

Un pueblo sin nervios se convierte en un pueblo feliz
porque a fin de cuentas el pescado volvió
El pescado liberó la comida y lo demás será problema de la geografía,
o de la biologìa o de quien le importe el ecosistema.
Por acá y por ahora solo importa el Eco del Sistema.

Como comiendo comida
Como comiendo inventos
Invento la comida que como
Y como mi propia suerte.

Desde otra parte, el mundo con estupor sueña los panoramas
Y la palma real reemplaza sus insectos,
la mariposa aparece corcomida en la oreja de Celia Sánchez,
el arma suicida de Haydeé Santamaría atraganta el cuerpo del pez-reptil
la plaga come los pies a los asesinos del Che,
una abuela es devorada con una olla a presión en su mano;
una parejita, solo una parejita, se escapa a las calles de Caracas,
para compartir con nuestros hermanos la suerte de La Habana.


El tocororo muere olvidado en las reservas científicas.
Las prioridades exigen reemplazos.
Si podemor hacer nadar y caminar para què contentarnos con una sola función.

La sierra ya no sirve, dio los frutos y parió el camino al poder.
En definitiva, cultivar comida para comer en una sierra
siempre ha sido muy costoso,
como costoso fueron los centrales y sus zafras de los 7 millones,
los sistemas de riego Microjet y el plátano aumentado,
la vaca enana para liberar la producción familiar de leche,
el recuerdo de Pijirigua que prohibió al cantor;
El poema mal escrito que encarceló al autor.
La canción susurrada que cercó el patio del trovador.

Ahora importan las llanuras y sus lagos, sus ríos y aguas dulces.
¿Agua dulce?
Y el demonio se empeña en la sal
Y los mares y océanos se recogen
Qué importa el hoyo en la capa de ozono,
el derretimiento de los glaciares
la construcción de hidroeléctricas en parques naturales,
la explotación de yacimientos bajo los hielos milenarios,
la contaminación de las aguas,
el smog sobre nuestras ciudades,
Los autos catalíticos;
Si un nuevo monstruo ha nacido.
Ajeno a las bolsas mundiales,
a los índices bursátiles,
a los interés de los capitales,
a la infamia de los empresarios,
a los horrores del neoliberalismo.
Ajeno a todo, un nuevo monstruo ha nacido

Descreído hasta la muerte
Confesado sólo en moteles de mala muerte
Persignado ante la liberación del condón
Ofensivo ante los violadores de Cristo
Enemigo de la suntuosidad y del silencio de las iglesias
Ferviente admirador de quienes apuestan por repetir la muerte
en los prostíbulos del infierno,
Me descubro pasmadamente inerte
ante la cruz de un cardenal sancionado, de un papa antipático,
de un cura pedófilo, de un monaguillo homosexual,
de una hostia en la fiesta del sacramento.
De rodillas.
Y pido la intervención divina.
Y juro creer en todo lo políticamente correcto.
A cambio sólo le pido, SEÑOR,
Elimine, por favor, el pez inventado, modificado, comido, vendido, liberado, revendido en bolsa negra.
Cantaré todos sus cantos.
Rezaré todos sus rezos.
Compraré todos sus libros.
Escucharé todos sus discursos.
De rodillas se lo pido, SEÑOR, haga desaparecer a Claria.
Si sus facultades ya no alcanzan para tanto.
De rodillas se lo pido, SEÑOR, produzca un nuevo diluvio
Y no permita que NOË salve a la bestia.

Como comiendo comida
Como comiendo inventos
Invento la comida que como
Y como mi propia suerte.