A 20 años del adiós

(27 de junio de 2000 -27 de junio de 2020)

Algunos me recomendaron que no lo hiciera, que tenía una carrera prometedora y que era muy temprano para partir. En mi familia, varios me pidieron que lo pensara bien y mi madre –nunca olvido el momento en que, sentados en los sillones del portal y a punto de caer la tarde, le conté de la decisión final- quedó inmóvil como con los ojos fijos pero perdidos, hasta que frunció el ceño y se mordió los labios. Y, por supuesto, no faltaron los que te dieron una palmada en el hombro y, cual filósofos del sufrir doméstico y la clarividencia popular, te dijeron: haces muy bien, de este país hay que irse.

Fue una lucha inicial conmigo mismo. ¿Estaría haciendo lo correcto? ¿Me arrepentía tarde de la decisión y perdería lo que entonces yo considera una gran ganancia? ¿Qué dirían de mí?, siempre la maldición de sentirse juzgado por derechos que te pertenecen.

La despedida fue larga, porque no hay nada peor que decirse adiós a uno mismo. Y eso es emigrar, desprenderse de lo que eres sin saber en quién te convertirás, pero con la certeza de que estás cambiando de piel, y para siempre. Que incluso, si alguna vez decides retornar, regresará a casa una persona diferente a la que partió.

Nunca volverás a ser aquel tú. Tendrás que dejarte ir para encontrarte. Olvidarás dar las gracias, y definitivamente, por lo que no pediste. Morigerarás el valor del agradecimiento para potenciar tu propio yo, el  Superhéroe convertido en uno mismo. Aquilatarás el verdadero valor de las derrotas y de los éxitos, aprenderás del sabor de las caídas y de las fiestas, al levantarte. Entenderás que nadie podrá traspasar tu propia frontera porque dejaste de tener fronteras. Fueron las tareas que impuso este camino que hubo que recorrer; a veces, a toda velocidad ; a ratos, precavidamente vigilante.

Hace 20 años que dejé de ser, sólo el feliz hijo de Magali, para parirme a mí mismo. No hay parto más doloroso. No habrá, jamás, mejor llanto que aquel que te llevó a entender la vida.

Antonio Moltó: Tan hijo mío como tú

Esta crónica fue escrita en agosto de 2017, tras conocer la noticia de su muerte.

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Antonio Moltó Martorell fue un periodista, nacido en Santiago de Cuba en 1942. Tuvo una larga trayectoria profesional vinculada al Instituto Cubano de Radio y Televisión, y la Unión de Periodistas de Cuba. Fue director del Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Al fallecer, en 2017 era Presidente de la UPEC y había recibido el Premio Nacional de Periodismo José Martí.

Ser revolucionario es bueno. Ser revolucionario es malo. ¿Cuántas vidas se quedan atrapadas en el maniqueísmo que ha protagonizado la vida de los cubanos en el último medio siglo? Y ahora; Moltó fue bueno, Moltó fue malo. Y los que piensan una cosa, y los que piensan otra, se hacen flaco favor porque -en nada- se alejan de nuestra desgracia. Aquella que nos puso a pelear, que hizo dividir a las familias, que provocó el enfrentamiento de los hermanos. Aquella que nadie se ha preocupado de sanar.

Ha muerto el periodista cubano y dirigente gremial Antonio Moltó Martorell. Para quienes enumeran su compromiso con la llamada Revolución Cubana, antes de morir, ya era casi un monumento al que no le cabía una medalla, un diploma o una acción heroica más. «Desde los principios revolucionarios y como protagonista de primera línea en importantes tareas y desafíos de los periodistas y de la prensa cubanos en las últimas décadas, Antonio Moltó no escatimó esfuerzos, incluso a costa de su salud y de su tiempo«, dice el comunicado oficialista emitido por CubaPeriodistas.

Para quienes lo juzgan por su falta de empatía con el periodismo independiente cubano, fue un agente más de aparato represor de la prensa local. «Decidió formar parte del mismo aparato represivo que un día lo jodió. Y desde la UPEC participó y ayudó a ejecutar la persecución de los periodistas independientes y a preservar los mecanismos de censura«, escribió uno de ellos.

Será que a los revolucionarios se les acabó la poesía. O será que en verdad ya no hay revolucionarios sino cadáveres que deambulan como fantasmas sin poder decir ni escribir. Por miedo o por indiferencia. ¿Es esa palabrería, esa enumeración de cargos y logros -enumeración castrada, por cierto- las que merece en realidad el jefe que yo tuve?

Moltó fue otro maestro que me validó como nadie y que confió en mí, a pesar de la juventud y la inexperiencia; el colega que me acompañó en cada una de mis decisiones aunque algunas, como la decisión final, le doliera como a pocos; fue el ser humano que vigiló cada una de mis caídas; el hombre que me alertó del próximo obstáculo, pero que no me lo quitó del camino ni me prohibió recorrerlo; el profesional que me desafió para que cada día fuera mejor y sin mirar al resto porque «no hay paradigmas acá para seguir«; y el padre que me gané, aunque sabemos que a veces algunos hijos salimos ingratos.

Es la primera vez que lo cuento

Hace casi 20 años un confuso incidente policial ocurrido en La Habana, y en el que me involucré para ayudar a terceros, se revirtió contra mí. La Policía cubana, a pesar de la intervención de algunas personas de rango, no logró detener el tema. El caso había pasado a la Fiscalía. Ello implicaba que el ICRT y Radio Rebelde, serían notificados de la situación. Sin dudarlo jamás, hubo dos personas a las que recurrí inmediatamente a contar todo lo sucedido. Uno de ellos fue Antonio Moltó. ¡Te van a destruir! Jamás olvido aquella frase que soltó sin pensarla, pero con la transparencia de quien había vivido más de algún huracán en la radio y televisión cubanas. Hacía meses yo había organizado unas «largas» vacaciones en Santiago de Chile. La decisión, siempre consultada con él, fue adelantar el viaje antes de que el aviso llegara a la radio.

Durante mi primer mes en Chile me llovieron los correos, los mensajes… de compañeros de programa y de emisora indagando acerca de la determinación de volver o no al país, porque nadie sabía de mí. Ninguno de aquellos mensajes fueron de Antonio Montó. Era el único, fuera de mi entorno familiar, que supo que no habría regreso, que la historia de Álvaro de Álvarez en la radio cubana -historia de la cual fue creador y culpable, en gran parte- terminaba para siempre el 26 de junio del año 2000. Sólo me había pedido que no me fuera sin despedirme; me esperaba en su casa de Santos Suárez, la noche antes del vuelo.

Hubo lamentos. Elogios. Pena. Palabras de fuerza. Alertas. Y la confesión de que en Chile vivía su hijo. En realidad era su hijastro, pero esa palabra jamás la mencionó. Sacó de su bolsillo una carta. Afuera estaban los datos y la dirección. «Cualquier cosa que necesites, que te ayude. Yo le explico en esta carta quién tú eres«, me dijo y agregó que podía leerla. No lo hice, sin embargo, hasta que el tedioso y extenso viaje La Habana-Panamá-Santiago agotara todas las alternativas y todas las lágrimas. Aquella carta ratificaba, sin duda alguna, lo que yo había encontrado en él. Aquella confianza que siempre me inspiró se justificaba en la nobleza y humanidad de Moltó. El texto que le dirigía a su hijo, pidiéndole que me ayudara en todo, tenía fragmentos que me emocionaron, pero una frase jamás he podido olvidar: «Ese es tan hijo mío como tú. Ya sabrás qué hacer

El monólogo de la croqueta

1995. Salíamos de la Universidad al deprimido mundo laboral de los medios de comunicación y el mercado. Al llegar a Radio Rebelde, fue el Subdirector Antonio Moltó quien nos recibió. Ese día de septiembre fue cuando lo conocí.  Ana Teresa Badía, periodista activa en los medios oficiales, me recuerda esa jornada cuando Moltó nos dice que sólo había una grabadora en la radio y nos la pasó a ambos. Pero lo que resuena en mis oídos eran las funciones del trabajo periodístico que nos esperaban. Nos incorporaríamos al gran Departamento de Reporteros de la radio, pero… surgió el primer pero. Sólo había dos sectores o áreas de cobertura disponibles para trabajar, cual de las dos me pareció horrible: Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), y Comercio y Gastronomía.

No hubo disputa entre Ana Teresa y yo, porque ella escogió cubrir UJC y ya no me quedaba  dónde seleccionar. Pero, ¿qué hacía y le podría decir a un país donde había hambre, los restaurantes no tenían comida, las cafeterías sacaban un helado o dulce una vez al día…? Comenzaron los problemas. El jefe de reporteros me exigía «4 cajitas» (reportes en cintas magnetofónicas) por cada jornada.  En las primeras dos semanas yo no había logrado grabar ni un reporte de prensa. Nada. Mi posición siempre fue que no me iba a aparecer hablándole a la gente de comida cuando tenían hambre. Moltó escuchó desde su oficina lateral una de aquellas peleas entre Orlando y yo. Nos llamó. Pidió los antecedentes de la disputa y le solicitó al jefe de reporteros que me dejara sólo con él. «Tienes toda la razón, ¿cuánto tiempo necesitas?», me preguntó. Sin saber qué responder, le expliqué que estaba yendo a las reuniones, a las pautas, a donde nos citaban para ir entendiendo la dinámica, saber qué cosas se están haciendo y en qué temas detenerme con un mínimo de credibilidad. «Toma el tiempo que necesites y cualquier problema me avisas. Yo hablaré con Orlando», respondió.

No puedo hoy recordar quién, pero a la salida de la reunión una persona me preguntó cómo me había ido con Antonio Moltó. Le conté y comentó: «Está pensando en ti para otras cosas. Lo conozco», respondió. Dos semanas después de aquella reunión, yo tenía lista mi primera salida al aire en Radio Rebelde como reportero profesional.

El gran y fallecido humorista cubano Carlos Ruiz de la Tejera aceptó ayudarme y grabó especialmente para mí una versión de su conocido Monólogo de la croqueta. La rutina del artista sirvió como leitmotiv para tres reportajes sobre la gastronomía cubana que presenté el mismo día en el matutino Haciendo Radio. Aquellos tres trabajos provocaron un impacto positivo al interior de la radio, otros programas me pidieron repetirlos y me gané la simpatía -y el bono en efectivo que recién se implementaba- del entonces director del programa Humberto González Borduy.

Esa misma semana, Moltó me llamó a una reunión. Había dos periodistas más citados a su oficina. Quería contarnos de un sueño: crear un área de investigación periodística en el informativo de Radio Rebelde y quería que nosotros fuéramos sus fundadores. La persona que me había interpelado a la salida de oficina de Moltó dos semanas atrás, no se había equivocado: tenía planes para mí. Siempre tuvo planes para mí y fue quien me hizo crecer y ocupar los espacios que pensó que yo merecía.

La «traición» de Liseette Cepero

En una crónica titulada El otro César Arredondo conté la historia de cuando una de las grandes voces de la locución cubana y Secretario del Partido Comunista de Cuba nos exigió organizar un mitin de repudio contra Lissette Cepero, compañera de curso, colega en la radio y quien se había quedado durante la cobertura de los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá. En ese entonces dije que había recurrido a una persona para que evitara aquel descalabro.

Escribí entonces: «Corrí en busca de auxilio para nosotros, los jóvenes de entonces. Una persona militante como César, pero menos ortodoxo y que parecía haber aprendido de la historia reciente me apoyó. Y trató de impedir el acto político. Él subió al piso 8, donde la Vicepresidencia del ICRT y al Partido de todo el organismo para que trataran de convencer a César de que su idea no era prudente. Es la primera vez que lo cuento, y por supuesto, por el respeto y el cariño a ese profesional no diré el nombre». Y hoy es la primera vez que lo identifico, esa persona fue Antonio Moltó.

Hay que ayudarla

De reportero a hacer unos pocos reportajes investigativos (o al menos que tuvieron tal pretensión), de ahí a un móvil que me ofreció para recorrer durante 30 días todo el país (en ese viaje nació mi entrañable amistad con Ríspido Arceo, exchofer histórico del móvil de Rebelde) hasta que me convenció y me llevó como Director de Emisión de Haciendo Radio.

Fue dura experiencia, pero estuvo a mi lado como Director Informativo meses hasta que yo me sintiera cómodo. Llegamos a Santiago de Cuba a un encuentro de reporteros inolvidable donde frente a todos -las vacas sagradas de provincia, los buenos, los talentosos, los enamorados de la radio, los regulares, los engreídos, los peligrosos- levantó la voz y validó «al joven Álvaro» como el jefe de aquellos estresantes despertares. Llegamos allí, al Oriente, en un viaje en tren que duró 17 horas y que sirvió para todo, incluso para que yo escribiera una crónica donde retrataba a cada periodista con algo característico. Era un texto que nació del aburrimiento y que después Antonio Moltó quiso que yo leyera ante todos, para que supieran cómo los percibía en medio de la rutina de Haciendo Radio.

Cuando hubo que reemplazar a Félix Fernando Garrido como conductor del programa no lo pensó dos veces: lo haría yo. Fue quizás el desafío más difícil pero el que más amé. Sin embargo, este «llevarme de la mano junto a él» tuvo un momento tenso.

Quien después fuera mi compañera en los despertares de Cuba y a quien sigo queriendo, por encima de todas las diferencias ideológicas que nos separan, Arleen Rodríguez Derivet llegaba de dirigir el periódico Juventud Rebelde a Radio Rebelde. Era un «premio» de esos que el Departamento Ideológico del CC del PCC entrega a sus defenestrados hasta que la rabia pase. Será ella quien cuente las razones -si así lo cree necesario algún día- y no yo. La instrucción era que Arleen fuera ubicada como reportera. «La quieren humillar», me dijo Antonio Moltó en una conversación personal que por primera vez revelo.  «No lo podemos permitir«, y me contó de sus esfuerzos para convencer a Mario Robaina, Director de la emisora y entonces Cuadro del Partido, de que la pusiera a su cargo y no fuera enviada el Departamento de Reporteros. Si ello ocurría, su plan era que fuera mi compañera de conducción y quería saber cuál era mi opinión y si yo estaba de acuerdo. Costó la aprobación, pero lo logró. Sin tener que consultarme nada, el respeto con el que preguntó mi parecer y con el que hablaba del trabajo de una colega injustamente sancionada seguía catapultando a Moltó entre las personas más importantes de mi vida profesional.

Cuando la operación estaba lista para el arribo de Arleen, volvió a hablar conmigo y fui el primero del equipo en saber de su integración. Me quería recomendar que aprovechara la oportunidad, que era una mujer muy profesional, que me podía guiar y alertar en los límites (que yo entonces desconocía o que los traspasaba sin evaluar el riesgo de ello). Sentí, además, que me necesitaba como su aliado en esta estrategia. Si yo me incomodaba o no me gustaba la compañía, quizás hubiera sido razón para hacer valer la imposición inicial del Palacio de la Revolución. Ya otras veces lo he escrito, pasando los ajustes iniciales, Arleen Rodríguez fue una suerte en mi carrera y otra persona que levantó la mano a mi favor las veces que fueron necesarias. Y de aquel equipo del despertar de la isla, salió una verdadera familia que -al menos creo- con sus altos y sus bajos (como toda familia) logró sortear los vientos y huracanes.

Podría seguir

… contando decenas de historias. Desde los pavos y los frincandeles que nos salvaron cuando no teníamos comida para llevar a nuestras casas, en años negros de la crisis económica; hasta cuando comenzó a sentirse enfermo y tuvo que salir del equipo de la madrugada.

Moltó es de esas personas que me conquistaron por la transparencia de sus sueños. Podría recitar mil veces aquello de Fayad Jamis… «con tantos palos que te dio la vida y aún sigues dándole a la vida sueños«. Muchos no lo entienden por eso, a raíz de su muerte algunos se preguntan por qué si sufrió la intolerancia del sistema en primera persona siguió siendo parte de él hasta su muerte. Y lo acusan. Es que Moltó era un soñador con el que puedes no compartir todos sus sueños, pero no dejar de admirarlo.

Moltó siempre creyó que todo lo que tuvo que pagar en su vida militante fue culpa de oportunistas e hijos de punta, pero no de la Revolución. Y quiso morir defendiendo la misma Revolución de la que guardó todos mis secretos, o de los oportunistas e hijos de punta que pululaban o pululan en ella. Y con el paso de los años, y después de haber conocido tantas ratas que se escondieron en mi regreso por las calles de La Habana, preocupadas por evitar que les afectara mi saludo, él y un puñado de amigos siguieron abriendo las puertas de su vida.

Hoy a CubaPeriodistas le ha faltado la valentía para, en su panegírico de estatua, contar también de cuántos cargos tuvo que abandonar o cuántas ideas tuvo que pagar. Incluso, de cómo llegó a ser Presidente de la UPEC (Unión de Periodistas de Cuba), en contra del deseo del mismo defenestrador que ya tenía elegido su Presidenta Ideal y que hace 4 años le auguró la muerte temprana como argumento para que desistiera del nuevo cargo. Hasta el final fue un hombre que dio la pelea contra los hijos de punta y decidió morir defendiendo un sueño, aunque ya no fuera el sueño de todos.

Franco fue Así

Texto escrito el 5 de agoto de 2015 (Publicado inicialmente como nota en Facebook)
Francisco Rafael Carbón, nació el 4 de octubre de 1935, en Banes, Holguín. Falleció en La Habana, Cuba, el 13 de julio de 2014. Fue uno de los más reconocidos locutores de la radio cubana. dejando su historia frente en los micrófonos de emisoras como Radio Reloj, Radio Liberación y Radio Rebelde, donde quedó catapultado para siempre como la voz de la revista cultural Así.

Dicen que en sus últimos años, Franco cambió. Dicen que los jóvenes de su muerte al parecer no tuvieron el mismo privilegio que los jóvenes de mi generación, para quienes la voz de Así fue maestro, compañero, colega y amigo.

Acostumbrado a lecturas equivocadas (no es la primera vez que lo digo o escribo) en un país de lecturas autorizadas, puedo sospechar que hubo poca capacidad y empatía para entender algunas reacciones no esperadas de la siempre ponderada gloria de la locución cubana.  

Machista, amante de la belleza femenina, extremadamente humano, de risa fácil entre quienes le simpatizaban, bueno para la talla y con un chiste a flor de labios, comprometido con sus pasiones, ponderado, tranquilo a diferencia del ritmo ágil y veloz con el que los cubanos lo identificaron para siempre, cariñoso con quienes le rodeaban…así lo recuerdo.  

Franco Carbón perteneció a una escuela audiovisual que no pudo traicionar. Y cuyos ciertos valores humanos, formales y técnicos le acompañaron toda la vida. Franco vivió y murió convencido –como aprendió en el capitalismo – que los programas eran lo que eran sus voces y rostros. Sabía que la audiencia se construye a través de los vínculos, el verbo, la simpatía… de sus conductores. Y que ellos decidían cuándo un programa moría, aunque esa decisión fuera en sentido contrario a la determinación de un funcionario o directivo del medio.   No lo digo porque tenga yo la capacidad de leer a los muertos. Lo digo porque lo conversamos muchas veces.

Era año 1996, cuando Antonio Moltó me convenció para ser el director artístico de la maquinaria periodística más oficialista de Cuba, Haciendo Radio. Entonces, tuve jornadas vespertinas enteras, sentado a su lado; me colaba en la cabina de transmisiones de Radio Rebelde durante la emisión del programa Así y mientras los oyentes escuchaban música, yo recibía las opiniones y consejos de un viejo hombre entrenado en y para la radio. Había que hacer un programa nuevo aunque no nos dejaran cambiarle el nombre; fue su recomendación. Y coincidimos de que había asumido yo una difícil tarea: rescatar todo un tramo horario identificado con el tono, el ritmo y la novedad del uruguayo Jorge Ibarra y con la sonrisa de Gladys Goizueta.  

No cualquier periodista o locutor podría lograrlo y con uno de los que tendría a cargo, frente al micrófono, la tarea comenzaba muy pesada y cuesta arriba. Entonces, recibí la primera gran lección de Franco Carbón, los programas de radio y televisión deben nacer y morir con su conductor.  

La cultura de la defenestración en primera persona

Estoy convencido de que las cosas que pudo hacer en sus estertores, mi querido maestro, no fueron contra Pedrito. Fue una pelea consigo mismo, con su forma de ver y leer el medio de comunicación por el que vivió; fue una pelea contra una decisión que para él tuvo que ser fuerte, tuvo que ser devastadora, aunque la lógica y la anatomía la exigieran.   No quiero ni saber la forma en la que se hizo esa transición, en la que se le informó que saldría del programa que había construido su imagen y su historial en décadas  a lo largo del país; la forma en la que un funcionario cualquiera desprovisto de sentimiento, amor por la radio, indiferencia ante la historia de vida, ajeno a los esfuerzos y malos momentos a los que tuvo que sobreponerse… le informó.

Quizás con la publicación de esta nota, alguien pueda desmentirme y exponga con claridad los hechos tal y como fueron. Yo hablo de sospechas, a partir del conocimiento que tuve de Franco y de los funcionarios que toman decisiones en los medios de comunicación.   El irrespeto a la trayectoria, el desdén y la indiferencia con la que tratamos a nuestras glorias debe haber golpeado a Franco en su punto más sensible, y aunque debía de haber estado preparado, después de haber visto escenas parecidas tantas veces, nunca es lo mismo cuando lo ves como cuando te toca.

Llegado su momento,  Franco no lo soportó y se fue a la tumba con la sensación de que Cuba (no sólo la radio) lo había declarado inservible y se debe hacer sentido como un guiñapo.   Puedo adivinar su pena; y quizás esa pena lo llevó a decir y hacer cosas que no eran en las que teníamos que haber prestado más atención. Lo importante acá es entender que Franco Carbón se convirtió en la nueva víctima de la cultura de la defenestración.  

Él, mi maestro  

Me resisto a hacer otra lectura del maestro que tuve. Me resisto a dejarlo ir con la idea de que nos quedamos vivos pensando que él fue un hijo de puta con las nuevas generaciones. Franco Carbón nos enseñó a hablar y a leer frente al micrófono a cientos de jóvenes a lo largo de sus años de vida activa en la radio cubana. ¿Cómo podría estar quieto en su tumba con el conventilleo que quedó en los pasillos del edificio de los Mestre?  

Para nadie es un secreto que la radio y televisión están llenos de jóvenes que no saben hablar, pronunciar o usar el aparato respiratorio correctamente mientras se está frente al micrófono. Los periodistas jóvenes que llegaban a Radio Rebelde pasaban siempre por sus clases, clases que hacía gratuitamente, con su amor de tener una radio mejor, pensando en la gente y en sus mismos colegas.  

Lo recuerdo, después de las siete de las tarde, bajando las escaleras al piso 3 del ICRT donde un grupo de reporteros y  periodistas recién egresados lo esperábamos, tras terminar su programa diario. Eran los años en que la pasión valía tanto como el dinero y nada nos importaba salir de noche del lugar donde trabajábamos porque hacíamos lo que nos gustaba. Y allí de noche, jóvenes y él pasábamos una o dos horas juntos.   Yo personalmente descubrí el diafragma como órgano fonatorio en sus clases, donde casi nos ponía a cantar.

Décadas después no olvido sus recomendaciones antes de salir al aire, sus pedidos para que no tomaremos agua fría ni helados antes de trabajar. Le agradezco no haber perdido la voz. A pesar de que ya tenía experiencia frente al micrófono, cuando llegue a Radio Rebelde tomé conciencia de que no sabía hablar. Y esa conciencia fue gracias al diagnóstico de mi maestro Carbón.  

Un año más tarde cuando, de director artístico pasé a ser el conductor de Haciendo Radio, la voz dio su primera alerta. Cuatro horas continuas de noticias era abusivo para un sistema fonatorio mal usado. Quedé afónico a los pocos meses de estar como conductor de noticias y Franco compartió su fonoaudióloga conmigo. Me llevó al Calixto García a conocerla. Gracias a él y a su foniatra pude pasar años frente al micrófono sin perder mis cuerdas vocales, forjadas al calor de las guardarrayas, los cañaverales, los corrales de cochinos y una jauría de primos que hablábamos gritando.  

Él, el maestro. Yo, su director  

A pesar de que nuestra relación, con el paso del tiempo, iba creciendo seguíamos siendo colegas y compañeros de radio. La primera ocasión, sin embargo, que tuve que dirigirlo fue un día de mucha tensión para mí. Creo que la confianza y el cariño que construimos nunca reemplazaron el respeto y la admiración que le tuve. Y así tiene que haber sido, como para que no haya olvidado jamás el primer programa especial que, por un ciclón que azotaría el centro de Cuba, tuvo durante seis horas a Franco Carbón como el locutor y a mí como el director.  

Con ese mismo respeto, nos juntamos un rato antes y le confesé que estaba asustado. Rió  y me dijo “todo saldrá bien”. No me prestó mucha atención y tuve que repetirle que estaba “cagado” del susto. Me dio, entonces, sus recomendaciones de tiempo y forma para darle las instrucciones al aire. En el caso de Franco, había un tema desconocido para la mayoría del pueblo cubano, que hacía más difícil dirigirlo. Franco no veía, por tanto no leía. Era hacer un programa información con un  hombre ciego al micrófono. O sea, no se le podía pasar ningún texto escrito. Todo dependía de la agilidad del director que tenía que decirle todo al oído.

Eso, que se sobre pusiera a eso, que lo convirtiera en su gran ventaja competitiva, que su trabajo fuera de los mejores sin que los oyentes supieran su enfermedad lo hizo un gran hombre de radio. Franco trabajó radio durante décadas con un lazarillo al oído. Todo se le dictaba, y su ritmo y tono al aire nunca lo delataron.   Fue un hombre que daba retroalimentación positiva, cuando alguien -fuera joven o no- lo merecía.

Después de aquellas seis horas, estresantes horas, salió de la cabina y me dio una palmada en el hombro. Muy, muy bien. Te felicito – me dijo ante el resto del equipo satisfecho con la dirección de aquella cobertura especial. Una vez en el pasillo me volvió a hacer sus comentarios, de forma más privada, y yo me emocioné con las palabras que dijo. Como si fuera hoy, recuerdo: “Nunca nadie del área de prensa lo había hecho tan bien. Eres el mejor periodista director que he tenido. Todo salió perfecto. Así que piensa en evaluarte como director”.

Se refería a las categorías profesionales que existen en el medio y que te permiten acceder a determinadas remuneraciones según el nivel que un Comité de Evaluación te otorgue.   Después vinieron otras jornadas y coberturas donde me tocó dirigirlo. Y aunque nunca dejé de estar nervioso, tenía la confianza de que todo saldría bien y de que cada uno estaría preocupado de que el otro lo hiciera bien. Ya tenía la experiencia de saber cómo tratarlo en una transmisión.  

Cuando el respeto es mutuo, las relaciones fluyen. La gente se cuida, se alerta, se ayuda. Y sin que yo estuviera metido en su casa (sólo una vez lo acompañé porque no lo podían ir a buscar a la radio y lo llevé de la mano), en momentos importantes él estaba para mí y yo para él.  

También me ayudó cuando quise inventar un programa de domingo de factura propia en Radio Cadena Habana. Fue mi primer invitado. El programa se llamó Digan lo que Digan y el gran desafío mío era hacer un programa de participación en una radio donde estaba prohibido sacar llamadas telefónicas al aire en vivo. Usé un sistema diferido que parecía que las llamadas estaban en vivo pero, en verdad, la grabábamos unos minutos antes y, en vivo, yo simulaba la llamada y la introducía hasta el saludo. Era un programa de radio a dos estudios y tanto yo, el conductor y director, como el invitado corríamos de un lugar a otro durante dos horas.

Hasta hace un tiempo supe que el programa aún estaba vivo (no murió con la ida de su conductor tampoco) y los que lo hacían estaban ajenos a estas historias que nos hicieron parir proyectos creativos para burlar la censura y las directrices del Partido Comunista.

Franco estuvo en la génesis de ese proyecto y fue el primero al que puse a correr, a pesar de su ceguera.   Fue increíble ese capítulo. La gente tenía que llamar para hablar con Carbón y en el concurso ganaba el que mejor imitara su presentación de Así. “Así es Así, justo a tu gusto, el sonido cultural de Rebelde. Ágil, sagaz, informativo. Así ni resta ni divide, suma y multiplica, la matemática en Así”. Lo vi emocionarse, reír escandalosamente con las cosas que decían los auditores. Y me quedé con un fuerte abrazo de cierre que nos emocionó a ambos.

Franco, como mismo le pasó a Roberto Canela, murió en la indiferencia, a pesar de su Premio Nacional de Radio, su Micrófono de la Radio Cubana y la Distinción por la Cultura Nacional; comenzando por sus pares, los mismos que critican el desdén de un modelo que no les reconoce sus aportes y sus esfuerzos suficientemente, creen que unas cuantas medallas por decreto y unos cuantos diplomas inservibles lo reemplazan todo. Los pares, sin embargo, no hacen nada en el día a día para abrazar o emocionar a sus compañeros, y convencerlos de que son a veces glorias y grandes profesionales.  

Recuerdo esa invitación que le hice a inaugurar un nuevo espacio radial como el regalo de un joven a su maestro, como la manera de decirle: “caramba, no soy sólo yo o un grupo de gente la que te quiere. Tienes un país a tu pies y no eres consciente de ello, los cubanos te aman, conocen tu trabajo, te imitan, te respetan…”. Somos un país tan tacaño en elogios, tenemos una cultura tan conventillera en los ámbitos profesionales que pareciera que cuesta mucho decirle a un colega o a un compañero que es GRANDE.  

Nunca –al menos mientras le conocí- fue engreído ni abusivo,  ni miró por encima del hombro a sus pares. Fue tan humilde que conmigo retrocedió en los tiempos, cuando él y muchos otros no eran las grandes figuras que todos conocimos. Me contó de sus diferencias con el Colegio de Locutores, de lo difícil de sus primeras evaluaciones, incluso de cómo él y otros estuvieron a punto en algunas ocasiones de ser devaluados. Con ello, daba una lección: podemos perfeccionarnos, podemos aprender y podemos llegar a donde queremos llegar si tenemos paciencia y si nos esforzamos.  

Yo renuncio a la idea de que Franco Carbón, con lo que nos entregó –con lo que me entregó personalmente quizás sin que se haya ido totalmente consciente de ello- y con lo que le entregó al país y a su gente, quede en la memoria como un viejo testarudo que ponía traspiés a los jóvenes para que no salieran adelante.

Mentira. No lo acepto porque no pudo haber sido así. Yo lo recordaré como lo que fue, una gloria de la locución cubana, curtido en la vieja escuela y en las Grandes Ligas y del que tuve la suerte de ser alumno, compañero, colega, director y amigo. Aquella misma gloria de Cuba a la que tocábamos el trasero, en la radio, y nos quedábamos quietos para que no supiera quién había sido. Pocas cosas como esta le molestaban tanto.