Antonio Moltó: Tan hijo mío como tú

Esta crónica fue escrita en agosto de 2017, tras conocer la noticia de su muerte.

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Antonio Moltó Martorell fue un periodista, nacido en Santiago de Cuba en 1942. Tuvo una larga trayectoria profesional vinculada al Instituto Cubano de Radio y Televisión, y la Unión de Periodistas de Cuba. Fue director del Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Al fallecer, en 2017 era Presidente de la UPEC y había recibido el Premio Nacional de Periodismo José Martí.

Ser revolucionario es bueno. Ser revolucionario es malo. ¿Cuántas vidas se quedan atrapadas en el maniqueísmo que ha protagonizado la vida de los cubanos en el último medio siglo? Y ahora; Moltó fue bueno, Moltó fue malo. Y los que piensan una cosa, y los que piensan otra, se hacen flaco favor porque -en nada- se alejan de nuestra desgracia. Aquella que nos puso a pelear, que hizo dividir a las familias, que provocó el enfrentamiento de los hermanos. Aquella que nadie se ha preocupado de sanar.

Ha muerto el periodista cubano y dirigente gremial Antonio Moltó Martorell. Para quienes enumeran su compromiso con la llamada Revolución Cubana, antes de morir, ya era casi un monumento al que no le cabía una medalla, un diploma o una acción heroica más. «Desde los principios revolucionarios y como protagonista de primera línea en importantes tareas y desafíos de los periodistas y de la prensa cubanos en las últimas décadas, Antonio Moltó no escatimó esfuerzos, incluso a costa de su salud y de su tiempo«, dice el comunicado oficialista emitido por CubaPeriodistas.

Para quienes lo juzgan por su falta de empatía con el periodismo independiente cubano, fue un agente más de aparato represor de la prensa local. «Decidió formar parte del mismo aparato represivo que un día lo jodió. Y desde la UPEC participó y ayudó a ejecutar la persecución de los periodistas independientes y a preservar los mecanismos de censura«, escribió uno de ellos.

Será que a los revolucionarios se les acabó la poesía. O será que en verdad ya no hay revolucionarios sino cadáveres que deambulan como fantasmas sin poder decir ni escribir. Por miedo o por indiferencia. ¿Es esa palabrería, esa enumeración de cargos y logros -enumeración castrada, por cierto- las que merece en realidad el jefe que yo tuve?

Moltó fue otro maestro que me validó como nadie y que confió en mí, a pesar de la juventud y la inexperiencia; el colega que me acompañó en cada una de mis decisiones aunque algunas, como la decisión final, le doliera como a pocos; fue el ser humano que vigiló cada una de mis caídas; el hombre que me alertó del próximo obstáculo, pero que no me lo quitó del camino ni me prohibió recorrerlo; el profesional que me desafió para que cada día fuera mejor y sin mirar al resto porque «no hay paradigmas acá para seguir«; y el padre que me gané, aunque sabemos que a veces algunos hijos salimos ingratos.

Es la primera vez que lo cuento

Hace casi 20 años un confuso incidente policial ocurrido en La Habana, y en el que me involucré para ayudar a terceros, se revirtió contra mí. La Policía cubana, a pesar de la intervención de algunas personas de rango, no logró detener el tema. El caso había pasado a la Fiscalía. Ello implicaba que el ICRT y Radio Rebelde, serían notificados de la situación. Sin dudarlo jamás, hubo dos personas a las que recurrí inmediatamente a contar todo lo sucedido. Uno de ellos fue Antonio Moltó. ¡Te van a destruir! Jamás olvido aquella frase que soltó sin pensarla, pero con la transparencia de quien había vivido más de algún huracán en la radio y televisión cubanas. Hacía meses yo había organizado unas «largas» vacaciones en Santiago de Chile. La decisión, siempre consultada con él, fue adelantar el viaje antes de que el aviso llegara a la radio.

Durante mi primer mes en Chile me llovieron los correos, los mensajes… de compañeros de programa y de emisora indagando acerca de la determinación de volver o no al país, porque nadie sabía de mí. Ninguno de aquellos mensajes fueron de Antonio Montó. Era el único, fuera de mi entorno familiar, que supo que no habría regreso, que la historia de Álvaro de Álvarez en la radio cubana -historia de la cual fue creador y culpable, en gran parte- terminaba para siempre el 26 de junio del año 2000. Sólo me había pedido que no me fuera sin despedirme; me esperaba en su casa de Santos Suárez, la noche antes del vuelo.

Hubo lamentos. Elogios. Pena. Palabras de fuerza. Alertas. Y la confesión de que en Chile vivía su hijo. En realidad era su hijastro, pero esa palabra jamás la mencionó. Sacó de su bolsillo una carta. Afuera estaban los datos y la dirección. «Cualquier cosa que necesites, que te ayude. Yo le explico en esta carta quién tú eres«, me dijo y agregó que podía leerla. No lo hice, sin embargo, hasta que el tedioso y extenso viaje La Habana-Panamá-Santiago agotara todas las alternativas y todas las lágrimas. Aquella carta ratificaba, sin duda alguna, lo que yo había encontrado en él. Aquella confianza que siempre me inspiró se justificaba en la nobleza y humanidad de Moltó. El texto que le dirigía a su hijo, pidiéndole que me ayudara en todo, tenía fragmentos que me emocionaron, pero una frase jamás he podido olvidar: «Ese es tan hijo mío como tú. Ya sabrás qué hacer

El monólogo de la croqueta

1995. Salíamos de la Universidad al deprimido mundo laboral de los medios de comunicación y el mercado. Al llegar a Radio Rebelde, fue el Subdirector Antonio Moltó quien nos recibió. Ese día de septiembre fue cuando lo conocí.  Ana Teresa Badía, periodista activa en los medios oficiales, me recuerda esa jornada cuando Moltó nos dice que sólo había una grabadora en la radio y nos la pasó a ambos. Pero lo que resuena en mis oídos eran las funciones del trabajo periodístico que nos esperaban. Nos incorporaríamos al gran Departamento de Reporteros de la radio, pero… surgió el primer pero. Sólo había dos sectores o áreas de cobertura disponibles para trabajar, cual de las dos me pareció horrible: Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), y Comercio y Gastronomía.

No hubo disputa entre Ana Teresa y yo, porque ella escogió cubrir UJC y ya no me quedaba  dónde seleccionar. Pero, ¿qué hacía y le podría decir a un país donde había hambre, los restaurantes no tenían comida, las cafeterías sacaban un helado o dulce una vez al día…? Comenzaron los problemas. El jefe de reporteros me exigía «4 cajitas» (reportes en cintas magnetofónicas) por cada jornada.  En las primeras dos semanas yo no había logrado grabar ni un reporte de prensa. Nada. Mi posición siempre fue que no me iba a aparecer hablándole a la gente de comida cuando tenían hambre. Moltó escuchó desde su oficina lateral una de aquellas peleas entre Orlando y yo. Nos llamó. Pidió los antecedentes de la disputa y le solicitó al jefe de reporteros que me dejara sólo con él. «Tienes toda la razón, ¿cuánto tiempo necesitas?», me preguntó. Sin saber qué responder, le expliqué que estaba yendo a las reuniones, a las pautas, a donde nos citaban para ir entendiendo la dinámica, saber qué cosas se están haciendo y en qué temas detenerme con un mínimo de credibilidad. «Toma el tiempo que necesites y cualquier problema me avisas. Yo hablaré con Orlando», respondió.

No puedo hoy recordar quién, pero a la salida de la reunión una persona me preguntó cómo me había ido con Antonio Moltó. Le conté y comentó: «Está pensando en ti para otras cosas. Lo conozco», respondió. Dos semanas después de aquella reunión, yo tenía lista mi primera salida al aire en Radio Rebelde como reportero profesional.

El gran y fallecido humorista cubano Carlos Ruiz de la Tejera aceptó ayudarme y grabó especialmente para mí una versión de su conocido Monólogo de la croqueta. La rutina del artista sirvió como leitmotiv para tres reportajes sobre la gastronomía cubana que presenté el mismo día en el matutino Haciendo Radio. Aquellos tres trabajos provocaron un impacto positivo al interior de la radio, otros programas me pidieron repetirlos y me gané la simpatía -y el bono en efectivo que recién se implementaba- del entonces director del programa Humberto González Borduy.

Esa misma semana, Moltó me llamó a una reunión. Había dos periodistas más citados a su oficina. Quería contarnos de un sueño: crear un área de investigación periodística en el informativo de Radio Rebelde y quería que nosotros fuéramos sus fundadores. La persona que me había interpelado a la salida de oficina de Moltó dos semanas atrás, no se había equivocado: tenía planes para mí. Siempre tuvo planes para mí y fue quien me hizo crecer y ocupar los espacios que pensó que yo merecía.

La «traición» de Liseette Cepero

En una crónica titulada El otro César Arredondo conté la historia de cuando una de las grandes voces de la locución cubana y Secretario del Partido Comunista de Cuba nos exigió organizar un mitin de repudio contra Lissette Cepero, compañera de curso, colega en la radio y quien se había quedado durante la cobertura de los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá. En ese entonces dije que había recurrido a una persona para que evitara aquel descalabro.

Escribí entonces: «Corrí en busca de auxilio para nosotros, los jóvenes de entonces. Una persona militante como César, pero menos ortodoxo y que parecía haber aprendido de la historia reciente me apoyó. Y trató de impedir el acto político. Él subió al piso 8, donde la Vicepresidencia del ICRT y al Partido de todo el organismo para que trataran de convencer a César de que su idea no era prudente. Es la primera vez que lo cuento, y por supuesto, por el respeto y el cariño a ese profesional no diré el nombre». Y hoy es la primera vez que lo identifico, esa persona fue Antonio Moltó.

Hay que ayudarla

De reportero a hacer unos pocos reportajes investigativos (o al menos que tuvieron tal pretensión), de ahí a un móvil que me ofreció para recorrer durante 30 días todo el país (en ese viaje nació mi entrañable amistad con Ríspido Arceo, exchofer histórico del móvil de Rebelde) hasta que me convenció y me llevó como Director de Emisión de Haciendo Radio.

Fue dura experiencia, pero estuvo a mi lado como Director Informativo meses hasta que yo me sintiera cómodo. Llegamos a Santiago de Cuba a un encuentro de reporteros inolvidable donde frente a todos -las vacas sagradas de provincia, los buenos, los talentosos, los enamorados de la radio, los regulares, los engreídos, los peligrosos- levantó la voz y validó «al joven Álvaro» como el jefe de aquellos estresantes despertares. Llegamos allí, al Oriente, en un viaje en tren que duró 17 horas y que sirvió para todo, incluso para que yo escribiera una crónica donde retrataba a cada periodista con algo característico. Era un texto que nació del aburrimiento y que después Antonio Moltó quiso que yo leyera ante todos, para que supieran cómo los percibía en medio de la rutina de Haciendo Radio.

Cuando hubo que reemplazar a Félix Fernando Garrido como conductor del programa no lo pensó dos veces: lo haría yo. Fue quizás el desafío más difícil pero el que más amé. Sin embargo, este «llevarme de la mano junto a él» tuvo un momento tenso.

Quien después fuera mi compañera en los despertares de Cuba y a quien sigo queriendo, por encima de todas las diferencias ideológicas que nos separan, Arleen Rodríguez Derivet llegaba de dirigir el periódico Juventud Rebelde a Radio Rebelde. Era un «premio» de esos que el Departamento Ideológico del CC del PCC entrega a sus defenestrados hasta que la rabia pase. Será ella quien cuente las razones -si así lo cree necesario algún día- y no yo. La instrucción era que Arleen fuera ubicada como reportera. «La quieren humillar», me dijo Antonio Moltó en una conversación personal que por primera vez revelo.  «No lo podemos permitir«, y me contó de sus esfuerzos para convencer a Mario Robaina, Director de la emisora y entonces Cuadro del Partido, de que la pusiera a su cargo y no fuera enviada el Departamento de Reporteros. Si ello ocurría, su plan era que fuera mi compañera de conducción y quería saber cuál era mi opinión y si yo estaba de acuerdo. Costó la aprobación, pero lo logró. Sin tener que consultarme nada, el respeto con el que preguntó mi parecer y con el que hablaba del trabajo de una colega injustamente sancionada seguía catapultando a Moltó entre las personas más importantes de mi vida profesional.

Cuando la operación estaba lista para el arribo de Arleen, volvió a hablar conmigo y fui el primero del equipo en saber de su integración. Me quería recomendar que aprovechara la oportunidad, que era una mujer muy profesional, que me podía guiar y alertar en los límites (que yo entonces desconocía o que los traspasaba sin evaluar el riesgo de ello). Sentí, además, que me necesitaba como su aliado en esta estrategia. Si yo me incomodaba o no me gustaba la compañía, quizás hubiera sido razón para hacer valer la imposición inicial del Palacio de la Revolución. Ya otras veces lo he escrito, pasando los ajustes iniciales, Arleen Rodríguez fue una suerte en mi carrera y otra persona que levantó la mano a mi favor las veces que fueron necesarias. Y de aquel equipo del despertar de la isla, salió una verdadera familia que -al menos creo- con sus altos y sus bajos (como toda familia) logró sortear los vientos y huracanes.

Podría seguir

… contando decenas de historias. Desde los pavos y los frincandeles que nos salvaron cuando no teníamos comida para llevar a nuestras casas, en años negros de la crisis económica; hasta cuando comenzó a sentirse enfermo y tuvo que salir del equipo de la madrugada.

Moltó es de esas personas que me conquistaron por la transparencia de sus sueños. Podría recitar mil veces aquello de Fayad Jamis… «con tantos palos que te dio la vida y aún sigues dándole a la vida sueños«. Muchos no lo entienden por eso, a raíz de su muerte algunos se preguntan por qué si sufrió la intolerancia del sistema en primera persona siguió siendo parte de él hasta su muerte. Y lo acusan. Es que Moltó era un soñador con el que puedes no compartir todos sus sueños, pero no dejar de admirarlo.

Moltó siempre creyó que todo lo que tuvo que pagar en su vida militante fue culpa de oportunistas e hijos de punta, pero no de la Revolución. Y quiso morir defendiendo la misma Revolución de la que guardó todos mis secretos, o de los oportunistas e hijos de punta que pululaban o pululan en ella. Y con el paso de los años, y después de haber conocido tantas ratas que se escondieron en mi regreso por las calles de La Habana, preocupadas por evitar que les afectara mi saludo, él y un puñado de amigos siguieron abriendo las puertas de su vida.

Hoy a CubaPeriodistas le ha faltado la valentía para, en su panegírico de estatua, contar también de cuántos cargos tuvo que abandonar o cuántas ideas tuvo que pagar. Incluso, de cómo llegó a ser Presidente de la UPEC (Unión de Periodistas de Cuba), en contra del deseo del mismo defenestrador que ya tenía elegido su Presidenta Ideal y que hace 4 años le auguró la muerte temprana como argumento para que desistiera del nuevo cargo. Hasta el final fue un hombre que dio la pelea contra los hijos de punta y decidió morir defendiendo un sueño, aunque ya no fuera el sueño de todos.