De Canela en rama a Canela en polvo

Me acuerdo de él todos los días de mi vida. Apenas llego a la radio, invoco su figura y le pido ayuda. Es que Roberto Canela descubrió lo peor de mí. Viejo de mierda, me sacaste la foto desde el primer día– a veces he llegado a enojarme porque siento que me vigila, que me juzga; que se me va a aparecer por detrás y en una frase seca, grave, desprovista de aparente afecto me dirá: lo hiciste de nuevo. Y es verdad, lo sigo haciendo y, aunque me esfuerce en evitarlo, lo vuelvo a hacer.

Cada vez que estoy al aire en la dirección de un programa de radio La voz de la noticia en Cuba me pena. Debe ser que nunca aprendí la mejor lección que recibí de él y de su experiencia. No, definitivamente no la aprendí.

Había pasado, si acaso, una semana de haber aceptado la dirección artística de Haciendo Radio, cuando Canela me llamó al pasillo. Para dirigir este programa hay que tener paciencia y control– algo parecido dijo, sin que pueda asegurar ahora la exacta textualidad. Con frases parecidas, siempre me alertaba o me confrontaba. Y estoy seguro que lo decía sin ánimo de hacer daño, aunque yo lo tomaba como una bofetada. ¿Tenía razón Roberto Canela? Toda. Descubrió mi genio de guajiro, mi carácter explosivo, la facilidad con que cualquier «malo» me hacía reaccionar y decirle «malo». Aquella transparencia del campesino pinareño que fui (y acaso sigo siendo), dicha en voz alta -sin filtro, sin pensar en consecuencias- en medio de la locura de producción y dirección en vivo, fue detectada por un experto que quizás nunca leyó a Sócrates, pero al que mejor le cabía aquello de «conócete a ti mismo«.

Roberto Canela no fue lo que en el medio llamamos hombre-radio. Fue una gran voz, sí;  un excelente lector, un personaje imbatible en la locución; pero no fue un profesional capaz de hacer cualquier cosa dentro de un estudio. Sabía sus limitaciones y sus talentos como nadie. Evitaba a toda costa exponer sus debilidades, rechazando asumir roles donde no se sentía cómodo; y, por el contrario, disfrutando orgásmicamente aquello que emocionaba al resto. Leer. Convencer.

Con el tiempo he pensado que un hombre que fue severo consigo mismo, que se autoimponía límites, estaba entrenado en detectar límites ajenos. Y los míos, los visualizó tan tempranamente que me hizo pelear contra ellos. Sin resultados, ciertamente; pero el diagnóstico siempre es fundamental. Y si bien mi explosivo y caricaturesco genio en la dirección de equipos me ha acompañado en todos estos años, sé cuándo detenerme y cuándo me corresponde ceder. El susurro fantasmagórico de Canela me obliga.

Haciendo Radio era una maquina demoledora; en realidad, era un lugar para profesionales con autocontrol y «operado de los nervios». Y dirigirlo, llevaba implícito terminar cada mañana con alteraciones fisiológicas producto del estrés que generaba exponerse a la diversidad de caracteres de decenas de periodistas y otros profesionales; todos en vivo. Y agrego, siempre y cuando vibraras con tu trabajo, siempre que estuvieras ahí por pasión y no por cumplir funciones de un cargo de trabajo asignado.

Quién fue Canela

Busco en Ecured con el ánimo de encontrarlo. Imagino que los creadores de la enciclopedia digital cubana ya han tenido algunos años para ir incorporando información pendiente, pero… no. El perfil de Roberto Canela no existe en la categoría de locutores cubanos: “Relación de nombres y trayectorias profesionales de locutores cubanos de todos los tiempos. Aquí están incluidos además de los más consagrados, los profesionales noveles que merecen este espacio por su trabajo diario para la televisión, la radio u otros espacios”. Imposible.

Pero no quiero culpar sólo a un compendio de biografías y resúmenes de tal desconocimiento, las mismas fuentes vivas no pueden decir mucho de él. Sus compañeros de generación fueron muriendo o escapando, de su trabajo poco o nada se escribió en los libros de historia radial, las estrellas fueron olvidadas y los más jóvenes lo conocieron en el declive de su carrera y de su vida, cuando Roberto Canela cumplía sus funciones con total hermetismo. No sé si siempre fue tan celoso de su vida; pero al final del andar, ya era difícil arrancarle cualquier historia.

Si bien murió siendo conocido como La Voz de la Noticia en Cuba, rol que cumplió cada madrugada y mañana, de lunes a sábado, durante más de 17 años, Roberto Canela fue actor, narrador de novelas, narrador deportivo y locutor informativo y, lo que pocos conocen, fundador de la televisión cubana.

Eran los años 40, cuando se estrenó en la radio CMJK La Voz del Camagüeyano, de su provincia natal. Allí fue locutor y parte del cuadro dramático. Para hablar de su ingenio y creatividad, se rememora siempre, por esos lados, cuando le tocó hacer una lectura política, junto a la figura local Deogracia “Nino” Moncada. Trataron de simular un duelo, y recurrieron a algunos recursos dramatúrgicos. Fue tanta la fuerza que Canela colocó en la ocasión que la herramienta de carpintería que tenía en su mano, para lograr efectos sonoros, fue a parar a la frente de su colega, provocándole un alarido que sólo podía ocurrir en la radio de entonces: ¡Cojoyo, compadre, me has mata´o!

A los pocos años de sus inicios, Canela decide probar suerte en la capital y se traslada a La Habana, donde se convierte en locutor de importantes cadenas nacionales de radio. Llegó a ser profesional de planta de la codiciada Unión Radio, convirtiéndose en uno de los protagonistas del estilo moderno de las transmisiones deportivas en la radiodifusión cubana.

En su blog, Carlos Bua cuenta que «hasta 1949 las transmisiones de eventos deportivos consistían en describir el evento y ofrecer anuncios comerciales, que eran incluidos durante la transmisión, pero fue precisamente en la temporada de pelota profesional de ese año que la emisora Unión Radio, inauguró la era del narrador y comentarista”.

Canela formó parte de ese novedoso equipo que renovaba el formato de las emisiones de béisbol en vivo y que incluía al periodista René Molina, en los comentarios; y a Felo Ramírez, en la narración. Cuando en 2017, Felo -convertido en la voz de los Marlins y en un referente de la narración pelotera del continente- falleció en los Estados Unidos, en algunas reseñas apareció el nombre de Canela.

Ecured lo menciona cuando se refiere a la historia de Unión Radio: “En los inicios la programación tuvo inicialmente un marcado carácter informativo y por ello agrupó entre los fundadores a quienes posteriormente serían destacadas personalidades de la radio y del periodismo cubano como Juan Emilio Friguls Ferrer, Evelio Tellería y Juan González Ramos, algunos de los cuales le acompañarían posteriormente en sus disímiles empeños televisivos, entre los locutores estaban Roberto Canela, Adolfo Piñeiro y Díaz del Castillo”.

Los conocedores de los medios de información en Cuba saben de la importancia y el papel que jugó Unión Radio en el mercado de las comunicaciones y de cómo su dueño Gaspar Pumarejo golpeó a los Mestre con la primera transmisión televisiva de Cuba.  Roberto Canela fue parte del equipo fundador de la televisión cubana. El día antes del estreno recibió de manos de Pumarejo una carta que éste entregó a todos los empleados: “Agradezco anticipadamente desde lo más profundo de mi alma, la cooperación que me brinden mañana, día señaladísimo en los anales no sólo de la historia de Unión Radio y Unión Radio Televisión, sino en la historia de Cuba, ya que nos cabe la gloria de haber sido los primeros en incorporar nuestra patria al más moderno invento de nuestra época”. La fallecida publicista y propagandista cubana Mirta Muñiz, parte de aquella arrancada, ratificó en una entrevista con Paquita Armas Fonseca en 2010 que “nombres de actrices como Raquel Revuelta, periodistas como Juan Emilio Friguls, locutores como Roberto Canela () son realmente los verdaderos fundadores de la televisión en Cuba«.

Conoció muy bien la casa de los suegros de Pumarejo, ubicada en Mazón y San Miguel. Como si no, si allí se instaló el primer set del nuevo canal de televisión y participó en las primeras transmisiones en exteriores, desde el Estadio El Cerro.

Con los cambios generados en 1959, Canela se mantuvo en la radio nacional. Primero, en Radio Liberación y después en Radio Rebelde donde acompañó a los oyentes, prácticamente, hasta el momento de su muerte. Tras los años como lector de noticias, en el informativo matinal de su última estación radial, la audiencia se despidió para siempre de él como La voz de la noticia en Cuba.

El Roberto Canela de Haciendo Radio

Parte de lo que he contado sale de la necesidad de reconstruir su legado, sin que me hubiera tocado vivirlo; y otra parte, de confesiones que alguna vez logré. Pero hay un Canela más real para mí, más cercano; ese que me regañaba, que me alertaba; el personaje y la personalidad que tuve la suerte de tener como colega y compañero de equipo.

En la foto, agachado junto a Roberto Canela y otros compañeros del equipo del programa Haciendo Radio (1998).

¿Cuántos muchachos con ganas de comerse el mundo habría visto pasar por su lado?- me pregunto a veces. ¿Cuántos de ellos, sin embargo, se habrán sentido en deuda con él y con la historia de la radio cubana?- la respuesta que tengo me apena.

Fui distante al conocerlo. Era serio, parco, observador; poco expresivo, excepto cuando se enojaba. Su rol, además, era justamente informar seriamente lo que seriamente se podía informar.

Había sólo dos maneras de sacarlo de su compostura, al aire. Una, con las muchachitas. Las muchachitas” le llamábamos a un gingle fundador del programa donde unas vocalistas preguntaban en tono de burla “qué hora dijo” y soltaban las tremendas carcajadas. Al inicio pensé que se había fabricado un personaje. Cuando decía la hora, y le lanzábamos sorpresivamente a “las muchachitas”, se ponía furioso, y decía al aire el primer improperio que se le venía a la mente.

Él mismo me lo confesó en medio de una estresante madrugada del primero de enero -creo- que de 1997. El auto que trasladaba a los conductores principales, y que llegaba poco antes de la partida del programa a las 5 de la madrugada, se había roto. Los conductores no llegarían esa mañana que, por ser Radio Rebelde, no era cualquier mañana para nosotros. Además, la invitada principal al programa sería Vilma Espín, una de las mujeres principales del relato revolucionario cubano, dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas  y esposa de Raúl Castro. Quién llegara a conducir el programa, ante el imprevisto, tendría que asumir la entrevista.

Yo dirigía Haciendo Radio. Miré alrededor, vi que entre todos los que ya estábamos en la emisora, él era el único locutor. Me acerqué y le dije: te toca. Olvídalo, soltó gruñonamente y me dio la espalda. Insistí, pero jamás salió del No. Sí, Roberto Canela se insubordinó; pero muy escuetamente explicó sus razones, que lo no lo haría bien, que no improvisaba porque no le gustaba ni tenía el oficio y que no haría el ridículo. Si bien, no tenía muchas alternativas, valoré su confesión y su humildad. “Hazlo tú, tú puedes hacerlo”, me recomendó entre enojado e indiferente. Y así tuve que hacer, porque el jamás permitió que lo sacara de su rol.

Después de aquella conversación, yo miraba más atentamente su reacción cuando “las muchachitas” lo sorprendían. Y empecé a dudar del personaje. No se enojaba para seguir el juego dramatúrgico. En verdad, no lo disfrutaba, porque lo obligaba a viajar a un formato distendido y de reacción improvisada. Muchos oyentes, sin embargo, comentaban cómo se divertían con la escena radiofónica.

Otra manera de sacarlo de su rutina lectora era con el fragmento de una canción que usábamos también en formato de gingle. “Canela en rama, canela en polvo”, decía la letra del estribillo que aludía a las distintas formas de usar la corteza del árbol del Canelo, pero mientras sonaba la canción uno de los conductores se dedicaba a aclarar que Canela estaba hecho polvo. Y, pensándolo bien, era un pésimo bulling, era una gran crueldal porque no sólo estaba viejo biológicamente, él se sentía viejo. Pero debo decir que siempre las intenciones del equipo fueron sacarle una de sus escasas sonrisas.  

Roberto Canela murió como quiso. Hasta que pudo frente al micrófono. Debo aceptar que todavía hoy – aún habiéndolo dicho hasta el cansancio durante años – me erizo al acordarme de su música característica y decir bien rimbombante “Con ustedes la voz de la noticia en Cuba”.

Los editoriales

Creo que después de la década del 60, el Partido Comunista de Cuba nunca redactó tantos editoriales seguidos como en la primera parte de los 90, cuando hubo que ir contándole a la gente las miserias económicas y humanas que se avecinaban. Para ello, estuvo siempre Roberto Canela.

Aquellos editoriales que hablaban de la escasez de arroz, de los problemas de la zafra azucarera, del inicio del cobro de espectáculos deportivos, de la exclusión de los cigarros del subsidio estatal, junto a las peroratas para intentar que la gente no se derrumbara, se sostuvo en la fuerza, en el acento, en el ritmo, en las transiciones y en la entonación de la voz de la noticia.

Casi todos eran extensos y tediosos editoriales que, una vez aparecidos en Granma, debíamos reproducir íntegramente. Y muchas veces lo hicimos de mala gana. En otras ocasiones, consideramos que eran importantes porque -limpiando la paja- lo que allí se contaban eran cambios importantes para la vida doméstica de los cubanos y evidenciaban la gravedad de la crisis que vivíamos en el llamado Período Espacial.

La lectura de uno de esos textos oficiales podría durar perfectamente 15 minutos y, a veces, mucho más. Canela solía hacerlo en vivo. Le gustaba hacerlo en vivo. Aunque ya supiéramos lo que allí se decía, parte del equipo se paraba frente a él, detrás del vidrio, y seguía su lectura que, muchas veces, terminó en cerrado aplauso de sus compañeros de radio.  Ponía su alma al servicio de la palabra. Después por instrucción oficial, los editoriales debían repetirse en otro horario del programa y lo convencimos para grabarlos, cuando eran muy largos. A veces, grabamos su primera lectura en vivo; en ocasiones, él mismo decidía bajar al piso 2 del ICRT donde teníamos un pequeño estudio de grabación. Llegaba con su “obra” lista, en una vieja cinta magnetofónica.

Desde que lo conocí me maravilló ver cómo ese hombre podía convertir en algo “escuchable” un editorial o una intrascendente nota de papas y caña. Le dedicó toda su vida a la comunicación de los cubanos. En la última parte de su camino, fue utilizado para manipular la opinión pública y supo hacerlo y ganarse el cariño de los oyentes que, más que por las cifras de emulación que le contábamos, se nos hacían amigos por el estilo, por el dinamismo del programa y por las horas en que le acompañábamos.

Siempre encontré algo enigmático en Roberto Canela. Me llamaba la atención que no había historias, ni susurradas ni en voz alta, en torno a su figura. Y eso era muy raro en los pasillos de la radio y televisión criollas.

Por ese tiempo, yo sacaba al aire un nuevo programa de entrevistas: Pretextos para un domingo. Andaba a la siga de protagonistas diferentes que tuvieran cosas novedosas que contar. No había mejor manera para conocer de él, que él mismo. Le propuse entrevistarlo. Para variar, se negó; pero esa vez sí logré convencerlo. Hacía décadas nadie lo entrevistaba. Él decía que no se dejaba entrevistar porque su vida era muy aburrida y no era de los que gozaban figurando. Descubrí que era mentira. Ese día de 1999, poco antes de mi salida de Cuba, Canela habló, casi sin pausas, sobre su vida profesional. Y lo tenía frente a mí para descubrirle cada emoción, en los gestos de su rostro, en las sonrisas que se le escaparon, en los ojos que se pusieron vidriosos.

Estoy orgulloso de esa entrevista que salió sin cortes al aire, y donde supe por primera vez una parte del recurrido profesional que aquí he contado. Aquella entrevista quedó en un cajón de la oficina, en el momento en que abandoné el país. Nadie se preocupó de salvarla. Y los entiendo. En las cintas del Departamento de Prensa de Radio Rebelde, generalmente, había contenido informativo trivial y, en el fondo, la mayoría estábamos conscientes de que casi nada era rescatable. Mi error fue dejar los trabajos sin respaldo. Estoy seguro que no hay otro material en la radio y televisión cubanas donde Roberto Canela cuente, durante 60 minutos, la historia de su vida en los medios de comunicación del país.

Debo confesar también que cuando conduje y dirigí Haciendo Radio me confabulé para mandarlo a descansar a su casa. Operación sin resultado. A Canela se le caía la plancha de dientes leyendo noticias y algunos días era insostenible mantenerlo al aire. Lo acompañé en la muerte de su hijo y en sus dramas pasionales con una mujer joven que quería heredarle la casa. Lo único que pedía cuando salíamos al extranjero, sin embargo, era un pegamento para la plancha dental que le permitiera seguir vivo con esa pasión suya por la radio.

Cada vez que veo un anuncio o una publicidad con productos de este tipo, se me escapa una cariñosa sonrisa y lo recuerdo en las mañanas de esa isla, con ínfulas de continente, que lo creó con la misma indiferencia con que lo sepultó.

Canela murió desdeñado y olvidado. Y creo que no haya dudas, después de haber expuesto lo difícil que se hace reconstruir su paso por la comunicación cubana. Adicionalmente, a diferencia de otras figuras con las que quisimos exculparnos al final de su vida, él no recibió premios ni nombramientos relevantes.

Hubiera querido estar en la muerte de Canela, acompañarlo y hacerle justicia. Estoy seguro que más que un comentadillo obligado de un periodista de redacción, y la lectura de una nota oficial, no se dijo más. No sabían más.